Saturday, 29 April 2017

Salvaje

Revienta el cerrojo de un culatazo, prepara la escopeta, rápidamente cruza la puerta y de un vistazo cubre la estancia. Parece que no hay nadie. A su derecha un mueble y sobre él unos recuerdos cubiertos de polvo que le advierten de que esa casa no es la suya. Una taza pintada a mano reza 'felicidades mamá'. La agarra con indiferencia para a continuación estrellarla al otro lado de la estancia. Con expresión divertida extiende el brazo y arroja el resto de objetos violentamente contra el suelo. No parece molestarle extremado alborozo, puede deberse a la parcial sordera que le acompaña desde hace varios años, o simplemente a que su instinto de supervivencia no funciona como en el resto de los mortales. Cómo ha llegado hasta tan lejos, suele preguntarse. Él piensa que es un castigo, justamente él, que le ríe las gracias a la muerte, sigue ahí fuera un día tras otro, en la soledad de este mundo terrible, de este mundo enemigo. Él, que se ha llevado a tantos, que tantas vidas ha segado, no parece que pueda descansar tranquilo, Qué injusticia, él también lo piensa. A veces se plantea lo fácil que sería acelerar la moto y acabarlo todo. Pero sabe que no lo hará,  no es su estilo, aún le quedan cartuchos de escopeta. Adentrándose más en la casa, la habitación se amplía notablemente en una acogedora sala de estar a la derecha separado de una pequeña pero bien organizada cocina a mano izquierda por un tabique a media altura que hace las veces de barra interrumpida por un sencillo pero elegante arco que comunica las dos estancias. Debería centrarse en buscar comida, principalmente latas de conserva, comida deshidratada o algo del estilo que suele encontrarse en los armarios sobre la encimera. Pero él no lo hace, hoy como ayer y como siempre no es un día que le interese sobrevivir. Al igual que los indios de Jerónimo, se alimenta a base de tierra. Obviamente no es posible, no que no la haya comido, sino alimentarse exclusivamente  de ella. Él está más interesado en los muebles de salón. Hambre hace meses que no tiene, pero la sed, esa no la pueda disimular. Sin delicadeza alguna, va abriendo todos los armarios hasta que dando una patada a la mesa café da por finalizada su búsqueda. Vaya mierda de casa. Se dice. Entonces su atención se centra en un espejo de estilo marroquí colgado en frente de él. Hacía tiempo que no observaba su rotro. Tan desfigurado. Con una sonrisa macabra se muestra sus encías desdentadas y su piel tan arrugada. Para ser de los últimos que quedamos en este museo, soy un asco de pieza. Ríe su enfermiza calavera. Invitado por el sofá de diseño, decide acomodarse un rato. Deja el arma sobre la mesa volcada y mira reflexivo el marco del espejo. El salvaje parece acordarse de aquel mundo que hubo antes. Cuando todos los dientes completaban su mandíbula y cuando uno se preocupaba por el espejo que encajaría mejor en el salón. Un individuo de dos diferentes especies. Y sin embargo un chacal será siempre un chacal. Parece melancólico. Dónde está la poesía y la arquitectura. Aquellos compases y las preciosas pinceladas. Tararea por unos instantes el preludio de Bach. Dónde fueron a parar. La ley de la jungla se los comió de un bocado. El espejo le recuerda la decepcionante respuesta a la pregunta que siempre le rondó la cabeza. 'Esto es lo que de verdad somos'. 'Sin maquillaje'. Curiosa forma de hablar esta la de nuestro vaquero. Sin despeinarse acaba de reducir años de trabajosa civilización a una analogía tan superficial. Los godos han cruzado el Danubio y avanzan directos hacia Roma. Ha caído el imperio. Ya no hay muros de Adriano ni nadie que los levante. Y él se encargará personalmente de ello. Es la curiosa manera en que ha decidido dar justificación a su penosa existencia. Otro en su lugar, posiblemente infectado por el germen que debidamente desarrollado acabaría en un renovado intento de levantar algo más digno que guaridas, en crear algo propio que sólo la raza humana puede crear, procuraría reagrupar a un cada vez mayor número de gente, emplazar una nueva aldea donde a base de especialización pudiera crearse de nuevo una sociedad donde el ser humano sea capaz de satisfacer necesidades y aspiraciones más elaboradas que aquellas de los animales. Ese otro, en su lugar, tendería la mano y una cajetilla de tabaco. Él, sin embargo, apuntó su escopeta y gastó otro cartucho. Él considera que se acabaron las oportunidades. Desperezándose, marcha hacia la salida, desde donde se escucha el infernal ruido del motor mal mantenido de su moto. Ni apagarlo si quiera le preocupa.