Recortes: El director
Estupendo libro que pone de manifiesto la mecánica del poder para defenderse asímisma donde finalmente ha conseguido avasallar a la prensa.
Degradación del periodismo en España:
El poder había dejado de temer a la prensa y ahora era la prensa la que temía al poder.
La forma en la que rapidez y cantidad se estaban imponiendo al rigor en el periodismo habían hecho que se perdieran reglas de primero de facultad, como la comprobación de una información por varias fuentes o la obligación de recabar la versión de los afectados.
Los estudios de mercado eran deprimentes, porque demostraban que a muchos lectores de prensa no les importaba la calidad de la información o su rigor, sino que el diario reforzara sus creencias y posiciones.
Parte de la cadena de mediocridad nacional que empezaba en la escuela, donde el pensamiento crítico era visto con recelo y la popularidad se ganaba a empujones en el patio; continuaba en la oficina, donde las promociones se reservaban a los sumisos y el exceso de iniciativa se veía como una amenaza; seguía en las redacciones de los medios, donde una casta privilegiada se había hecho fuerte a costa de pisar el entusiasmo de periodistas con más talento; gangrenaba las instituciones, donde miles de cargos eran repartidos por militancia, sin tener en cuenta el mérito; y seguía hasta el último peldaño de la escalera, donde un presidente acosado por la corrupción podía aspirar a la reelección, confiado en que unos cuantos millones de españoles le votarían con la lealtad ciega de los seguidores de un equipo de fútbol.
«El triunfo de los mediocres», que llevaba años circulando por internet atribuido al humorista gráfico Forges.
Resumen del problema crónico de la prensa española: Partidos políticos que debían defender el Estado de Derecho se aprovechaban de él, los medios escogíamos el bando equivocado. Durante décadas ofrecimos a la monarquía inmunidad informativa y adulación, enviando a sus miembros de moral más endeble la señal de que nunca serían censurados. Vivimos en connivencia con bancos y tiburones inmobiliarios, sin denunciar sus excesos porque su publicidad engordaba nuestras cuentas de resultados. Nos sometimos a Los Acuerdos, sin oponer ninguna resistencia o promocionándolos. Y alineamos nuestros intereses con los de los partidos políticos y gobiernos, a cambio de dinero institucional, licencias de televisión o favores. La prensa, atrincherada en ideologías irrenunciables y fiel a una verdad que encajara en ellas, había malgastado sus mejores días en batallas mediáticas y luchas de egos, mientras guardaba silencio sobre sus propias deshonras.
Lo que en países con larga tradición de libertad de prensa resultaba inaceptable pasaba por normal en el nuestro. A nadie le extrañaba que la imagen del rigor en los telediarios, Matías Prats, fuera desde hacía años el rostro publicitario de la aseguradora de un gran banco. Que el líder de la radio, Carlos Herrera, se fuera de excursión a la Eurocopa de Polonia, junto con algunos de los informadores más conocidos del país, en un avión fletado por la multinacional Iberdrola.
Las agencias de noticias, tradicionalmente más escrupulosas, oficializaron el periodismo de pago con la creación del Servicio Bajo Demanda: por un módico precio, empresarios, corporaciones o instituciones garantizaban la cobertura periodística de sus eventos.
La muralla que debía separar la propaganda de la información, la nota de prensa de la noticia y la publicidad del periodismo se había desmoronado. Comprarse un periodista no era posible en España, pero como dice el dicho afgano sobre la corrupción: del alquiler se podía hablar.
Ejemplos de la decadencia de la prensa española: Alfonso Rojo, que cuando me marché de corresponsal era el reportero estrella del país y adjunto al director —el único al que se aumentaba el cuerpo de la firma en sus crónicas—, hacía ahora periodismo de confidenciales y actuaba como uno de los grandes provocadores de las tertulias, donde era llamado como parte de la cuota del Gobierno. Nunca defraudaba: había sido expulsado de un plató de la Sexta tras decirle a la futura alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, que estaba «muy gordita para el hambre que se pasa» en el país. Eduardo Inda, con el que había cubierto mi primera noticia en la sección de local veinte años antes, y que durante algún tiempo hizo tándem de investigación con Woodward, terminaría creando un diario sensacionalista y organizando trifulcas con «podemitas» en radios y televisiones. Tomás Roncero, uno de nuestros célebres cronistas de la sección de Deportes, protagonizaba ahora programas televisivos a los que acudía disfrazado de hooligan, lloraba en directo ante las victorias del Real Madrid y disparaba las audiencias teatralizando sus intervenciones hasta convertirlas en escenas de telenovela.[...] Quizá fuera el lado más triste de la decadencia del oficio: la manera en la que había llevado a buenos periodistas a olvidarse de lo que habían sido. [...] De los periodistas se esperaba ahora que entretuvieran, no que informaran. [...] Paco Marhuenda, erigido en la gran estrella de lo que los mexicanos llaman la comentocracia. El expolítico del Partido Popular dirigía La Razón y había firmado algunas de las portadas legendarias del Nuevo Periodismo español. Una de ellas revelaba una encuesta que daba como ganador en unas hipotéticas elecciones generales al exministro franquista Manuel Fraga, que llevaba cinco años muerto. [...] en las redacciones había empezado a escucharse la frase que había llevado a la indigencia intelectual a la televisión generalista: «Damos al público lo que quiere».
Resumen de lo anterior: El periodismo espectáculo y de trabuco, los sobresueldos, los periodistas anuncio, las prebendas institucionalizadas o la rendición frente al poder de la prensa tradicional, atrapada entre Los Acuerdos y la búsqueda de audiencias menos exigentes, habían llevado al oficio a su momento más bajo en democracia.
La principal organización del gremio, la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), organizó poco después (del despido de Javier Jiménez) un ciclo de conferencias con el patrocinio de la banca y el lema Volver al periodismo, clave del futuro de la profesión. Entre los invitados a aportar su visión estaban El Cardenal (el presidente del Mundo en España y artífice del despido de Javier Jiménez) y Carmen Martínez Castro: el directivo que había trabajado incansablemente por limitar la libertad en sus medios y la secretaria de Estado de comunicación que despedía a tertulianos críticos y enviaba mensajes incendiarios a los directores.
Los tres grandes grupos periodísticos de España y su degradación:
Los tres grandes grupos de prensa del país, PRISA, Unidad Editorial y Vocento, se encontraban en serios apuros económicos y habían pasado a depender, más que nunca, de la publicidad institucional que el Gobierno distribuía a capricho, la concesión de licencias de radio y televisión digital, cuya última partida iba a entregarse en vísperas de las elecciones, y los pactos con las grandes empresas del país. El establishment se sentía más vulnerable de lo que había estado en décadas y había encontrado en los ejecutivos de los medios a los aliados necesarios para sumarse a la causa de su protección.
los Tres Tenores: Juan Luis Cebrián (El País), Pedro Jota Ramírez (Diario 16 y El Mundo) y Luis María Anson (ABC y La Razón), todos ellos buenos periodistas que terminarían malográndose en los pasillos del poder.
Jota era el más periodista e imprudente de los tres, Cebrián el más calculador e interesado y Anson el más tendencioso y aristócrata. El fundador de La Razón y exdirector del ABC había tenido en el segundo de esos diarios el despacho más grande que haya acogido nunca a un director. Incluía una salida privada que le permitía entrar y salir sin ser visto y un semáforo en la entrada para indicar su disponibilidad. Si estaba en rojo no recibía llamadas ni visitas, en ámbar solo llamadas y en verde ambas.
Los Acuerdos (blanqueos de imagen de las grandes empresas a cambio de financiación:
Jota había ordenado que todas las referencias a El Corte Inglés, uno de los mayores anunciantes de la prensa del país, que había mantenido su inversión incluso en los peores años de crisis, fueran eliminadas del artículo. [...] en las redacciones se había interiorizado que empresas como Telefónica, el Banco Santander o el Corte Inglés eran intocables. Los Dircom del IBEX habían adquirido un gran poder sobre los medios, distribuyendo sus presupuestos en función de la influencia que atribuían a cada uno y castigando a los díscolos.
Mediaset, una gran lacra del periodismo: Paolo Vasile, el consejero delegado de Mediaset, que incluía los canales de televisión Telecinco y Cuatro, había dado instrucciones de que en los informativos no aparecieran noticias positivas de empresas que no pusieran publicidad, según me contaron varios de sus periodistas. Vasile, que tenía buen ojo para atraer audiencias, no estaba interesado en la información porque le daba muchos quebraderos de cabeza y poco dinero en comparación con los realities y los programas del corazón. Tenía la ventaja de que tampoco fingía lo contrario: no le tembló el pulso al cargarse CNN+ tras comprársela a PRISA y sustituir la programación por 24 horas diarias de Gran Hermano.
Consejo Empresarial de Competitividad (tapadera del poder en la sombra de los grandes empresarios del IBEX): El más poderoso entre los presidentes del IBEX era César Alierta. Había construido un formidable entramado de poder e influencia utilizando Telefónica, una de las grandes empresas del país, como su cortijo personal. Se podía caminar por los pasillos de las plantas nobles de su sede y ver en las puertas de los despachos los carteles con los nombres de sus colocados: exministros tanto del PP como del PSOE (Trinidad Jiménez o Eduardo Zaplana), familiares de dirigentes políticos (Iván Rosa Vallejo, marido de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría), cercanos a la realeza como el ex jefe de la Casa Real Fernando Almansa e incluso la realeza directamente. El cuñado del Rey, Iñaki Urdangarin, fue enviado por Alierta a Washington con un generoso sueldo en cuanto empezó a tener problemas con la justicia.[...] Alierta había organizado, además, una asociación de grandes empresarios que, bajo el inofensivo nombre de Consejo Empresarial de la Competitividad, había sido concebida en 2011 como un poder fáctico en la sombra. Entre sus impulsores estaban, aparte del presidente de Telefónica, el entonces presidente del Banco Santander, Emilio Botín; el hombre fuerte de La Caixa, Isidro Fainé; el presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán, o el del BBVA, Francisco González.
Caída libre de El País con Cebrían durante el gobierno del PP:
que Juan Luis Cebrián, el presidente de PRISA, sumara El País a la lista de vencidos. La muerte del fundador del grupo, Jesús de Polanco, había dejado la empresa en manos de Cebrián en 2007, en vísperas de la Gran Recesión. La cosa prometía porque el nuevo jefe era periodista, había sido el primer director del diario y lo había convertido en medio de referencia del mundo hispanohablante. Sin duda cuando se viera en la encrucijada de tener que escoger entre poder y verdad, dinero y periodismo, sus intereses o los del periódico, optaría por lo segundo. Eligió lo primero. Cebrián presidió durante la siguiente década un hundimiento sin precedentes de una gran empresa de comunicación europea. PRISA sufrió una caída del 99 % de su valor en bolsa y la generación de una deuda impagable le llevó a poner la empresa en manos de multinacionales como Telefónica, grandes bancos como Santander o HSBC y fondos de inversión extranjeros de Qatar y Estados Unidos. La operación para salvar la compañía fue apadrinada por la vicepresidenta Santamaría, hizo a Cebrián inmensamente rico — en un año con pérdidas de 450 millones de euros se embolsó 12 millones— e incluyó en su letra pequeña la increíble transformación del principal diario progresista del país en un medio afín a un Gobierno conservador, donde Santamaría pasó a ser La Intocable.
Papeles de Panamá:
Papeles de Bárcenas:
Las informaciones sobre la trama, recogidas en Los Papeles de Bárcenas, habrían costado el puesto al presidente en cualquier otro lugar. En España habían acelerado la caída de los directores que las habían publicado: Javier Moreno en El País, en la que sería la última investigación importante que el periódico publicaría bajo el mando de Cebrián, y Pedro Jota en El Mundo.
Confirma que los cuatro presidentes del PP, incluido el presidente Rajoy, conocían la existencia de una caja B en el partido. El dinero procedía de mordidas pagadas por empresarios: financiaba sus campañas y los sobresueldos a los líderes.
Bárcenas era un hombre culto y viajado que había recorrido Asia, una coincidencia que nos hizo conectar enseguida. Convenía verle sin su mujer, que controlaba la cantidad de vino que bebía y la temeridad de sus revelaciones. La precisión con la que empezó a desvelar cifras, números y localizaciones, sin necesidad de mirar una nota, la forma en la que ingresos y partidas cuadraban, el detalle en el manejo de los datos, hacían inverosímil que pudiera estar mintiendo. Los empresarios del país compraron durante décadas la voluntad y los favores de los políticos del Partido Popular a cambio de licencias, concesiones y concursos públicos. El dinero obtenido se utilizaba para pagar extras a los dirigentes de la formación, financiar campañas o ganarse el favor de periodistas. El extesorero me contó cómo entregaron «30 millones de pesetas en un maletín» al más célebre locutor de la radio española en vísperas de las elecciones del 96 a cambio de una cobertura amable durante la campaña.
El reparto posterior de sobresueldos había sido ingeniado para que nadie de la cúpula se quedara sin su parte, la mejor garantía de que todos guardarían el secreto. —¿Nadie dijo no a los sobres? —pregunté a Bárcenas. —Mira —me dijo cuando el vino había desinhibido sus últimas reservas sobre mí—. En mi vida solo he conocido un político completamente honesto y ese fue Manuel Fraga. Todos cobraban su parte. —¿El presidente Rajoy? — Álvaro Lapuerta [ex tesorero nacional del partido] tenía un amigo que viajaba a Cuba y siempre le traía dos cajas de puros.
Comisario Villarejo:
Como tantos otros periodistas, tenía entre sus principales gargantas profundas a Las Cloacas del Estado y la policía patriótica, el cuerpo paralelo creado por el ministro del Interior para destruir adversarios y avanzar la genda del Gobierno. Uno de los grandes filtradores dentro del hampa policial era el comisario José Manuel Villarejo. La primera vez que escuché su nombre fue al poco de llegar a la dirección. Dos de nuestros reporteros me contaron que había sido, desde hacía al menos dos décadas, una de las principales fuentes de El Mundo y facilitador de la mayor parte de nuestras exclusivas.
Entre los clientes que en algún momento habían contratado los servicios del comisario estaban los tres principales bancos del país, Santander, Caixabank y BBVA, las grandes empresas energéticas, Repsol e Iberdrola, herederos de grandes fortunas como Susana García Cereceda, que había encargado el espionaje de su hermana Yolanda en su batalla por el patrimonio del clan de La Finca, o el empresario sevillano Juan Muñoz, marido de la estrella televisiva Ana Rosa Quintana.
El rey Felipe VI:
Nada iba a poner más a prueba la determinación reformista de Felipe VI que la imputación de su hermana Cristina por delito fiscal y de su cuñado Urdangarin por corrupción en el caso Nóos. El Rey trató de convencerla, sin éxito, de que renunciara a sus derechos sucesorios y su negativa le forzó a escoger entre familia y Corona. Había sido educado para elegir siempre lo segundo, así que rompió con su hermana, la persona de la familia que más quería junto a su madre, y revocó su título de duquesa de Palma.
Bután, un país que los dos conocíamos y que yo había visitado por primera vez a finales de los años 90 para cubrir el 25 aniversario de la ascensión de Jigme Singye Wangchuck. El monarca del pequeño reino del Himalaya celebraba la ocasión abriendo el país al mundo, permitiendo la llegada de internet y levantando la prohibición que impedía a sus súbditos ver la televisión. Cuando regresé, siete años después, aquella apertura había transformado su sociedad: series como Los Vigilantes de la Playa, con sus modelos en bikini y sus romances instantáneos, habían acabado con la preferencia de los butaneses por las mujeres gruesas, los jóvenes habían aprendido que la marihuana se podía fumar —hasta entonces se utilizaba para abrir el apetito de los cerdos—, y la capital, que en mi primer viaje no tenía un solo semáforo, sufría sus primeros atascos. Se habían abierto varios tugurios donde los adolescentes bailaban rap con gorras puestas del revés y las chicas cambiaban el traje tradicional por minifaldas que llevaban ocultas en sus bolsos. Pero el verdadero cambio, que hacía que los butaneses se me echaran a llorar cada vez que les preguntaba por él, era la decisión del Rey de terminar con la monarquía absoluta, dar paso a una democracia y abdicar en su hijo con el argumento más republicano que jamás haya esgrimido un monarca: «Si el pueblo fuera afortunado, en el futuro podría tener en el trono a una persona dedicada y capaz. Por otra parte, el heredero podría ser una persona de habilidades mediocres e incluso un incapaz».
Felipe VI no parecía ser ninguna de esas cosas y por amigos que lo habían conocido tenía la impresión de que era un buen tipo, sin duda mucho más preparado que cualquiera de los políticos con los que había tratado hasta entonces. Hablaba idiomas, estaba viajado, podía pilotar un caza o conversar sobre literatura, debatir sobre geopolítica y cuadrar un presupuesto.
Al hablar del gesto del Wangchuck de Bután, y su renuncia voluntaria al trono, me dijo que también él podía imaginar una vida lejos de palacios, besamanos interminables y actos oficiales: —Esto es una democracia y, si algún día una mayoría no me quiere, no tendré problema ninguno en marcharme y dedicarme a otra cosa. Y por la forma en la que lo dijo, no solo me pareció que lo pensaba de veras, sino que probablemente lo había deseado en alguno de sus días grises. Tenía la impresión de que, a pesar de los privilegios y las atenciones, aquel palacio distaba de ser el lugar más feliz del mundo para el Rey y mucho menos para doña Letizia, que no había crecido en ese ambiente encorsetado y tenía dificultades para adaptarse al sopor de la función pública.
Historia del periodismo:
El primer periódico de la historia fue creado por Johann Carolus, hijo de un sacerdote de Estrasburgo, en 1605. Carolus llamó a su invento Relation aller Fürnemmen und gedenckwürdigen Historien: Colección de todas las noticias distinguidas y conmemorables. Tenía una única columna y se imprimía semanalmente. La idea se extendió por Europa, donde los primeros folletos buscaban captar la atención de los lectores con noticias de «crímenes, violaciones, incestos, monstruos, catástrofes naturales, fenómenos celestes, fantasmas y diabluras de todo tipo», según el historiador Maurice Lever. Ni el gusto de los lectores ni la disposición de los editores a satisfacerlos habían cambiado mucho. El éxito de aquellas gacetas hizo que aumentaran las publicaciones, las tiradas y el número de páginas por ejemplar. Los periódicos empezaron a competir por contar las noticias antes y mejor que la competencia. En 1854 el director de The Times, John Delan, creó la figura del corresponsal enviando a uno de sus reporteros a la Guerra de Crimea, desde donde William Russell dio a los británicos la mala noticia de que su imperio no era invencible. «A las 11:35 no quedaba un solo soldado británico, excepto los muertos y los moribundos, ante los sangrientos cañones moscovitas», escribió. Las primeras fotografías fueron añadidas a los diarios a finales del siglo xix y poco después la publicidad empezó a costear los gastos de las redacciones, que dejaron de depender solo de la venta al número. Mejoraron las cuentas de resultados, se incorporaron nuevas secciones, se compitió por atraer a los mejores reporteros y columnistas, se invirtió en investigación y se ganó influencia: con el tiempo incluso tumbarían presidentes como Richard Nixon. Los ordenadores reemplazaron a las máquinas de escribir. El color, al blanco y negro. Y el envío electrónico de las crónicas a los despachos al dictado que malgastaban el tiempo de Las Secres. Pero el periódico, en esencia, seguía fabricándose como la Colección de todas las noticias distinguidas y conmemorables de Johann Carolus. Recabar información, imprimirla en papel y distribuirla físicamente a los lectores fue durante siglos un negocio estable, ajeno a las transformaciones sociales o las innovaciones que obligaban a otros sectores a renovarse. La profesión vivía al abrigo de sus confortables tradiciones y sus periodistas no tenían la necesidad de actualizarse o aprender nuevas habilidades. Y, entonces, todo cambió.
Otros:
Una crónica no debe tener opinión,
Nunca había entendido que el cambio climático, la pobreza, la inmigración o la desigualdad fueran desechadas como preocupaciones de izquierdas. O que la defensa de la Constitución, ahora amenazada por el desafío del independentismo catalán, la promoción del emprendimiento o la exigencia de una educación de calidad fueran de derechas.
Línea editorial: la empresa podía decidir la línea editorial del diario a través de su Consejo Editorial, pero mientras yo fuera el director las noticias serían valoradas por estrictos criterios periodísticos. La separación radical de la opinión y la información era un concepto que chirriaba en la prensa nacional, que las mezclaba sin rubor.
Cláusula de conciencia: el primer director de un gran periódico que se acogía a la cláusula de conciencia de la Constitución que protege a los periodistas frente a los intentos de doblegar sus principios deontológicos.
Corazón Aquino: Fue Presidenta de Filipinas
paso de Kryber entre talibanes
Bezos, que había aportado financiación al Post sin entrometerse en su periodismo o llamar una sola vez al director para dar indicaciones, porque según decía sería como entrar en un avión, meterse en la cabina y decirle al piloto: «Muévete a un lado, déjame a mí».
el deseo natural de la condición humana de agradar al poder.