Friday, 24 June 2016

Europa

Con la ventana y puertas abiertas, la corriente de aire ondea la Union Jack que conservo en mi cuarto. Es un recuerdo de mi beca Erasmus, obviamente no la tengo por mi amor al Reino Unido. No es que le profese odio de ningún tipo, al contrario, admiro sus distinguidas personalidades en los diversos campos de ciencias y humanidades, no se le puede negar su aportación insustituible a la modernización del mundo que habitamos y sería un error reducir este país con su larga historia y protagonismo a el término país de piratas. Sin embargo, tampoco puedo negar mi profundo resentimiento y extenuación de haber tenido que vivir hasta ahora con la idea en mi cabeza de una Europa que se levanta a diario con el miedo de que la señora Gran Bretaña se despierte de mal humor y amenace con irse a menos de que se le revisen los previlegios. Nunca dispuesta a ceder soberanía, a competir con la misma moneda. Por ese lado, bien, portazo, tanto de mi habitación como del Reino Unido. Al menos de ahora en adelante ya dejamos las cosas claras. No queréis ser Europa, pues no lo seáis. A la mierda.

Habiéndose expresado mi parte visceral, procuro serenarme y comenzamos de nuevo la historia.

Lo he hablado muchas veces con mis amigos, me lo he preguntado muchas veces, por qué tengo esa sensación de que el mal va ganando al bien. Hoy veinticuatro de Junio del dos mil dieciséis, hora de Pekín, he conocido que los resultados al referendum británico de mantenerse o salir de la Unión Europea han sido favorables a la desvinculación de este proyecto común. Yo he sido de una generación que creció bajo sueños prometedores, o a mí me lo parecían. Nacido sólo seis años después de la adhesión de España a la Unión Europea y once años antes de la invención de la moneda única, una unión de verdad, como sólo podía entender cuando era un crío, parecia inevitable a la vez que obvia. Cuando tuve conocimiento del esperanto, hubieron las veces donde soñaba que así como estudiábamos inglés, posiblemente mis hijos o nietos aprenderían este idioma de cohesión cuando fueran al colegio. La culpa de todo esto, a parte de mi inocencia, también la ha tenido el espectacular desarrollo que ha sufrido el mundo tecnológicamente en las últimas décadas. Me era imposible imaginar que si el hombre era capaz de, en tan sólo setenta años, pasar de alzar el vuelo tres metros a llegar a la luna, no seríamos capaces de evitar el hambre en el mundo y acabar con las guerras. Ahora, algo más crecidito, tengo bastante claro que poco tiene que ver el progreso en la ciencia con el progreso de una sociedad. En el primer caso, uno coloca un ladrillo encima de otro. En el segundo, primero se quita el ladrillo y luego ya se pone el otro, si se pone. Dos mil años de historia y para qué, si se siguen cometiendo los mismos errores. Los europeos debemos de ser gilipollas, porque parece que con dos guerras mundiales que sufrimos ayer, todavía no nos ha quedado claro que o bien superamos nuestras diferencias o bien nos extinguimos a ostias. La diferencia ahora es que, en estos tiempos convulsos y vertiginosos, hay nuevos niños en el patio del colegio. Ya no sólo somos Tim, Pierre, Gertrude y los otros cuatro, ahora también están Yin, Yan y Mohammed. Y resulta que Yin tiene un país como cien de los tuyos y Mohammed tiene mucho petróleo. ¿Y tú Tim? ¿Qué juguete te has traído al colegio? ¿Racismo y nacionalismo británico porque Great Britain is the very best, otherwise wouldn't be Great? Pues ala, castigado a la esquina y allí te pudras, pero no porque te lo mando yo, sino porque es lo que te va a pasar. Lo triste es que Tim se ha castigado él solito. Demos gracias que no nos arrastre al resto, pero bueno, en este caso Tim, que siempre ha sido buen marinero, de estos de muchos pendientes, loro al hombro y hasta pata de palo y parche en el ojo, un buen pirata vaya, seguro que se las arregla para mantenerse a flote. Intento evitar empapar el texto con la bilis que me corroe, pues subjetiviza completamente el tema, pero soy incapaz, no siento nada de compasión cuando veo que alguien destruye tan gratuitamente, cerrando las puertas a mi sueños de niño, algo que se ha tardado tanto en construir. Una idea que no entraba en la cabeza de tres generaciones anteriores a la nuestra. Europa unida. No debe haber muchas mejores causas que merezca la pena defender. Sufro de tremenda pena e impotencia, cuando veo a todos estos oportunistas hablar de descohesión maquillándola de mil maneras para que parezca progreso, para que parezca una buena idea. Se lo perdonaría si fuese igual de fácil construir que destruir, pero no lo es. Y esta gente que promueve la ruptura, olvidándose de lo fácil que es hacer apología del odio, morirán, como moriremos todos, pero el desastre de mundo que dejarán a sus espaldas será un nuevo marco de desconfianzas y un foco de renovadas tensiones que llevará de nuevo décadas y un puñado de buenas decisiones, que no abundan, para deshacer este mal. Y por eso, volviendo al inicio del párrafo, sufro de esta tamaña depresión, donde veo que día tras día, las buenas intenciones y los buenos proyectos son dejados brutalmente de lado por una agónica avarica y ciego egoísmo, que no sólo tienen las patas muy cortas, si no que se hunden como ladrillos.


Antes de dar por terminadas las líneas de hoy, me gustaría hacer especial mención a algunas de las voces que han aclamado el resultado del referendum, en particular a Le Penn, Trump, al de Holanda y  a toda esa buena gente de ultraderecha con sus argumentos siempre reconfortantes. Especialmente me ha trascendido el ímpetu con el que toda esta gente ha ensalzado la libertad alcanzada y tan merecida por Gran Bretaña, como si estuviésemos hablando de la liberación de Polonia en la Alemania Nazi. Básicamente me encanta cómo se animan los unos a los otros, a destruir este nuestro mapa Europeo, para cuando luego todos tengan su villa particular, así como antes aclamaban la libertad de sus vecinos, pasarán a pasársela por el forro. Condenados hijos de puta.


Mi profundo pesar, he de reconocer, no viene porque el Reino Unido se vaya. En realidad, nunca estuvieron del todo. Es el símbolo que esto trae consigo lo que me preocupa. El precedente, la muestra de que Europa se puede caer a pedazos. Quisiera expresar mis deseos y esperanzas de que todo esto se revierta. Que toda esta crisis de una tregua y renueve la frescuera de un proyecto integrador. Es una desgracia que al final, una idea superior, como es conseguir un continente bajo una misma bandera, esté subyugado a razones económicas, que van y vienen. Ojalá la gente no siga siendo tan ciega de creer que separados nos irá mejor que juntos. Nunca fue así en los miles de años que llevamos, no va a ser así ahora.

Podría escribir mucho más, es tal el romanticismo que siento por este mi pequeño continente. Para mí Europa es una idea que siempre me atrapó desde pequeño, al fin y al cabo, para bien o para mal, Europa ha sido el motor y gran escultor, a base de sangre, del mundo en el que estamos. La idea de una Europa renovada, unida, con gran experiencia en lo que no se debe hacer, que luchaba finalmente por un proyecto tolerante, progresista, visionario, es la que siempre me ha acompañado. Como ave fénix, resurgió de sus cenizas tras la segunda guerra mundial, hito que marcó su punto más bajo e inició una tendencia que apuntaba alto, más alto que nunca. Y ahora desde fuera y, muy lamentablemente, desde dentro la quieren joder. Ojalá el sentido común, la cohesión y entendimiento venzan a las oleadas del miedo y desconfianza. Ojalá nunca me tenga que acordar de los aplausos que acompañaron al Brexit.

Quisiera también expresar que no soy ajeno a que la decisión de partición no es propia de cada británico, siendo de hecho un 48% de los votantes los que abogaban por la permanencia. Sería tema de otra entrada hablar de cómo de justo es que una diferencia de apenas un 2 % marque una cambio tan drástico en el rumbo de un país. Y otro tema a tratar sería cuándo se actualizará la democracia para cerciorarse de que cada uno de los votantes tenemos una mínima preparación para tomar según que decisiones. Porque sinceramente, si al final todos nos volvemos estúpidos, que parece que vamos por ese camino, una dictadura de estúpidos es bastante descorazonadora.

A modo de colofón, me gustaría añadir que si cambiamos las palabras Gran Bretaña por Cataluña y Europa por España, con algún que otro retoque en alguna línea, este texto seguirá siendo, desgraciadamente, igual de válido cuando llegue el momento.

Tuesday, 14 June 2016

Fin de semana en Yangcheng

Ya son tres las semanas que han pasado desde aquella experiencia, no he tenido ocasión de comentarla antes y maldigo la hora pues cada día que pasa, y ya son muchos, el vívido recuerdo se va desvaneciendo. Es una de estas cosas que, que yo sepa, sólo pasan en China. Viaje de fin de semana, ¿a dónde? Pues a dónde va a ser, a un sitio impronunciable que por mucho que te empeñes en recordar el nombre sólo será para volver a intentar memorizarlo más tarde y, por supuesto, a tomar por el ojal, pero eso es así siempre. China no la hicieron pequeña.

Debo parar la historia. Acaba de pasar una anécdota curiosa. He tenido que dejar unos minutos el teclado, mi novia y yo acabamos de dejarlo, justo ahora, entre risas. La misma con la que hice el viaje que aquí describo. Dado que fue ella la que me metió en el viaje y es una chica de la que he aprendido mucho, veía imprescindible hacer este inciso. Lo cierto es que ambos lo veíamos venir, por eso es entre risas. Cosas así no pasan todos los días, viva el sentido del humor.

Prosigo. Para no ser tan malvados con China y arrojarle un poco de luz, que ahora será desconocida pero pronto dejará de serlo, la ciudad a la que fuimos se llamaba Yangcheng 阳城, en la provincia de Shanxi. De unos trescientos mil habitantes, para China una ciudad pequeña, digamos pueblo. Dos horas en tren y tres horas de autobús. Tan lejos no estaba, es que me encanta quejarme. Bueno y qué pasa con el viaje, tanta expectativa y de momento sólo sabemos el nombre, que por cierto no nos suena de nada. Ni os sonará. Si he tenido que ponerme a buscar en las fotos del billete cómo diablos se llamaba el sitio. El sitio, bonito, bonito tampoco se le puede decir. Es cierto que tenía un casco histórico bien conservado, con su muralla y distintas dependencias, precioso, pero saliendo de aquí el resto de la ciudad era bastante omitible. Y por ser omitible la voy a omitir. Al grano. El viaje era gratis, el transporte, el alojamiento y las tres comidas diarias. La razón, según me pude enterar, era porque se pretendía promover el turismo por la región y qué mejor manera, alguien debió pensar, que llevar a extranjeros a zonas donde nunca nadie había visto uno. Y era tal cual. Aparte de un tour organizado por diverentos atractivos turísticos de la zona, el evento principal de esta esperpéntica aventura era un hiking de siete o veinte kilómetros, a elegir. Y es aquí donde me llevé la mayor impresión. Veinte kilómetros, veinte kilómetros completos con gente asombrados de ver a un laowai. Todo un ejército de voluntarios, imagino, distribuidos en espacios de unos veinte metros durante el largo trayecto, con el agua preparada y su botiquín de primeros auxilios. Y dentro de este asombroso despliegue, lo que más me llamaba la atención eran sus caras, sus reacciones. Como si fuéramos famosos, nos decíamos estupefactos. No era la primera vez que veíamos esta actitud de adulación en China, pero esta vez, fue demasiado. Eran las caras de los ancianos, lo que más me inquietaba. Una vez en Pekín, andando solo, se me acercó un joven chino y me preguntó si podría hacerme una foto con su padre. Éste, de avanzada edad, enjuto, con profundas arrugas, igual que su expresión. De Mongolia Interior, me dijo que venía. Me dijo el hijo, el padre obviamente no hablaba media palabra de inglés. Ni falta que le hacía, ni le debió de hacer. En una vida llena de escasezes, de cambios, de guerras, civiles y ajenas. Violenta y combulsa ha sido la historia reciente de China. Y allí de donde venía, el frío implacable del invierno y el horroroso calor seco del verano, no le facilitaría el transcurrir del día. Porque en según que lugares los días no se viven, se sobreviven. En eso pensaba yo cuando me instaban a hacerme la foto. Por supuesto, contesté, con vergüenza. Avergonzado de que la personificación de la dureza de esta vida quiera hacerse una foto conmigo, o con cualquier otro occidental, que sólo he participado en batallas que me dieron ganadas. Este recuerdo se me venía a la mente con cada paso que daba en aquel recorrido organizado, y pronto se quedó enterrado entre nuevas y profundas sensaciones que iba absorbiendo. Cuando observabas que te veía llegar, rápidamente tocaba el hombro de la persona descuidada que tenía a su lado, te señalaba con el dedo y quedaba estupefacto, ambos quedaban. Les sonreías y te devolvían las sonrisas más sinceras que un ser humano puede desenmascarar. Te aplaudían, en coro. Te animaban a continuar, jiayou, gritaban. Alguno chapurreaba alguna palabra del inglés, come on, llegaban a decir. Sobretodo los hijos pequeños, hallo, añadían a veces. Y fotos y fotos y fotos. Y después la meta. Y la entrevista. Y más fotos. Inmersos en un mar de gente, donde la policía a veces había de intervenir para crear espacio. Fue aquí donde se me acerco un chico que ya había visto antes, animando cerca de la meta. Padecía de una enfermedad intuyo cerebral que le afectaba gravemente a la movilidad y a la pronunciación. Me agarró fuerte del brazo y me indicó por signos de hacerse una foto. Intenté transmitirle mi agradecimiento como pude. Eso intenté con todos y cada uno. Increíblemente conmovedor.
Desde entonces he reflexionado mucho sobre este tipo de adoración hacia lo occidental que se profesa aquí en China, tan diferente y opuesta al trato que se le dirige a todo lo oriental desde occidente.
Ambas actitudes del todo inmerecidas. Pensaba mucho cuando pasaba entre los aplausos, entre las sonrisas, si estas personas podrían ser las mismas que en Arabia Saudí se reúnen en la plaza para lapidar a una mujer. Al final todos somos seres humanos. Al final es la falta de criterio. Como se suele decir 'de la palmada en la espalda a la patada en el culo sólo hay un palmo'.
Pero me parecería muy injusto que después de aquel fin de semana donde todos y cada uno de los chinos con los que me crucé fueron de lo más encantadores, acabara mi historia achacando falta de criterio a su actitud. Me es mucho más reconfortante pensar, y a la buena honra de la gente de Shanxi, que la buena naturaleza ha logrado triunfar en aquella región poco conocida de China. Ojalá nuestra presencia allí no les haya dejado indiferentes, mejores personas no creo, pero al menos haberles divertido. En cuanto a mí, es una hermosa experiencia que me acompañará siempre.

Sunday, 5 June 2016

Hasta nuestro próximo encuentro

Recién llegado del aeropuerto, cansado, con muchos pensamientos en la cabeza que, aunque pesen poco, me hunden en el asiento. La habitación hecha un desastre, mochilas y bolsas cubren la cama y suelo y los libros de chino y electromagnetismo desbordan la mesa y este mes que comienza, Ha sido una semana intensa, de mirar de nuevo a Pekín cara a cara. La razón: Jose y veintidós años de caminos conjuntos, de amigos que son hermanos. Mismo colegio durante doce años, mismo instituto durante dos y mismo es el mismo número de calles que nos separan. Bueno, ya no. Ahora son casi once mil kilómetros entre ambos, entre Pekín y Detroit. Mismo es el vuelo que ahora mismo lleva al amigo de vuelta, de vuelta a nuestros nuevos senderos, nuestras nuevas vidas que tan diferentes son de lo que acostumbraban a ser. Ocho días que han servido para relativizar distancias y tiempos, para refrescar memorias y airear ideas. Bajo un nuevo marco, China, totalmente distinto a lo que solía ser, la esencia es la misma, diferente la persepectiva, iguales los ojos. 
Por lo que nos queda por aprender y por nuestro próximo encuentro. Gracias por esta visita.