De regreso a los mandos. Qué lástima tener que elegir las
palabras para expresar lo que fluye por la cabeza, qué rápidos son los
pensamientos y qué criminal me resulta reflejarlos en el teclado. Todo parece
tener un sentido brutal y según procuro transcribirlo, el resultado son
absurdeces mal escritas. Qué poco ritmo y armonía en estas palabras, qué poca
belleza. Ay, la belleza. La decadencia. Encontrarlas y registrarlas es el
trabajo de mis ojos. Empecé el documento a la una y veintisiete minutos, ya han
pasado otros cuatro. Me ha parecido conveniente reflejarlo, porque siempre que
veo en el reloj digital la una y veinti... busco el y veintitrés. El uno, dos y
tres seguidos. Siempre me ha resultado graciosa esa hora. Como las diez y
veintidós, pe eme claro. Que son los cuatro patitos. Cuando regresaba a casa de
la universidad en tercero de carrera, que me quedaba a esperar a mi por aquel
entonces novia Irene, que ella tenía el turno de tarde y muy tarde y yo de
mañana y tarde, siempre coincidía que en el autobús daban las diez y veintidós.
En ese reloj de dígitos rojos tan frío, que arrojaba la poca luz que alumbraba
en nuestro autobús de zombis curreles. El autobús que salía a las diez en punto
de avenida América. Porque el 224a era un autobús muy caprichoso. Salía muy
poco. En comparación con el 224. Pero ese me venía mal. 224, además, era el
número de mi expediente durante la carrera. Cuando publicaban las notas en los
tablones, siempre rápido buscando el 224. Un número que me acompañó durante
cuatro años y además me llevaba dos veces al día. Es bonito. No era el 117 del
jefe maestro, pero es bonito.
Y a qué viene todo esto. Venir, no viene. Se va. Como todo.
Aunque a veces algunas cosas vuelven. Y de eso si viene el tema de hoy. Este
año es dos mil diecinueve. Y aunque mentalmente esté convencido de que estoy a
treinta de agosto, el reloj me dice que no, que ya es treinta y uno. Casi
septiembre. Y en septiembre, hace diez años, empezaba la carrera. Empezaba a
coger el 224a. Es complejo, muy complejo escribir. Son muchas cosas, dónde
acotar, qué reflejar. Yo solo quería mencionar a aquella chica, de la que va el
texto de hoy. De Sandra. Es un bonito nombre. Es complicado escribir sin
transformar todo lo que aglomero en la cabeza en un cursilada adolescente de
mierda. Es un amor. No fue un amor. Desde luego yo perdí la cabeza por ella. Y
ella no la perdió por mí. Era una chica, que en no compartiendo prácticamente
nada con ella, quería compartirlo todo con ella. Dos años compartimos curso,
los dos años de bachillerato. Y jamás me levantó el mínimo sentimiento. Fue
precisamente en ese verano de transición, el verano del dos mil nueve, el
verano de hace diez años, donde sufrí una brutal atracción por ella, que a día
de hoy sigo sin explicarme y a día de hoy todavía noto los efectos. No creo que
siga enamorado de ella, es imposible. Durante mucho tiempo intenté quitármela
de mi cabeza, superarlo. A mis amigos les tenía aburridos. Hasta había dibujado
un gráfico que reflejaba la evolución de mis sentimientos hacia ella con el
tiempo. Incluso me eché novia. Sin embargo, cruzarme con ella, hablar con ella,
siempre me sacudía el alma. Han sido seis años, justo antes de irme de Erasmus,
el tiempo que no he vuelto a hablar con ella, ni para felicitarnos los
cumpleaños. Y debió ser por unas fechas parecidas a estas. Quedé con ella, no
me acuerdo la excusa, pero la razón era para desahogarme, decirle todo lo que
había sentido. Pensé que al puro estilo kamikaze, podría al fin superarlo y
pasar página. Ambos teníamos pareja, fue una situación absurda y violenta. Por
mi comportamiento, ella se olió la tostada y no fue necesario usar muchas
palabras. Fue una despedida cortés, pero agridulce. Ambos sabíamos que todo
acababa de cambiar. Primero sentí tristeza, se abría una barrera entre nosotros
y apenas pude hacerle entender mínimamente la locura que me había provocado
cuatro años antes, y que, por aquel entonces, seguía sufriendo de vez en
cuando. Más tarde lo agradecí. Fue una de las transiciones sentimentales más
extraña que jamás haya vivido. Conduciendo de vuelta a casa, arreció una
tormenta de verano que le puso tono y sonido a mis emociones. Una lluvia
desconsolada. Una lluvia desconsolada que no encontró barrera en las ventanas
abiertas de la buhardilla de casa. Una lluvia desconsolada que no encontró
barrera en el suelo y las escaleras. Una lluvia desconsolada que entró de lleno
en mi espina y en mi memoria. Una lluvia desconsolada que junto mis emociones
también desconsoladas encontraron barrera en Edu, mi otro hermano. Y de repente
todo fue mágico y maravilloso. Todo cobraba sentido. Mi locura, lo perdía,
quedaba cura. Por fin era una carga que podía dejar atrás. Un maravilloso mundo
se abría, sin más pesos en mi conciencia.
Y así ha sido. Entonces, ¿por qué ponerse escribir esto a la
una y media de la mañana? Porque, ay amigo, la memoria es caprichosa. El subconsciente
es caprichoso. Y mientes más que el diablo pequeño ser. En realidad el texto
llega varias horas tarde. Fue esta mañana, cuando durmiendo, unos sueños
rebeldes han vuelto a asaltar mis defensas. Y no digo han vuelto con el sentido
de que regresan ciertas imágenes (sentimientos, invenciones o sensaciones,
llamémosle como queramos). Si no que vuelven, otra vez. Otra vez, porque
durante estos seis últimos años, como los cuatro anteriores, ha sido un proceso
iterativo, decreciente con el tiempo, en el que mi retorcido subconsciente me
la exponía de nuevo, en el escaparate de los sueños. De una u otra manera. A
veces, un ligero recuerdo. Un pequeño cameo, nada importante, siempre es
importante. Otras veces, las menos, ella era la protagonista. De los sueños me
acuerdo de pocos. De uno que sí me acuerdo, es relativamente reciente. De
hecho, y no siendo supersticiosos, es bastante sorprendente que lo soñara la
noche del treinta de mayo al uno de junio, siendo el dos su cumpleaños. Cosas
que te dejan, y más tratándose de sueños, pensando. Y soñando. En fin. Nos
encontrábamos en la calle me parece, y ella estaba embarazada y felizmente
emparejada. De nuevo era una mezcla de sensaciones. Por un lado, un sentimiento
de pérdida definitivo, de game over. Por otro, otra vez, un sentimiento de
alivio. De poder seguir con mi vida, de no hay vuelta atrás. Tal como sentí aquel
día de tormenta. Resta decir que, con una mezcla de sensaciones tan inesperada
y tan potente, sueños así me dejan tocado para todo el día. Y por eso, estando
ya en cama como estaba, he decido traspasar la última de las incursiones, a ver
si así, literalmente, me las quito de la cabeza. En este sueño, que además ha
sido largo y repartido en varias escenas, lo que consigo rescatar de mi memoria
era el momento en que estando yo con mi grupo de amigos -con Jose en
particular- me percato que a una distancia no lejana, tampoco cercana,
dejémoslo en interactuable, está ella. Pero es solo un instante, el instante en
que además nuestros ojos se cruzan. Ese instante, y lo recuerdo perfectamente,
se alarga como un chicle. Es un instante en el que mis ojos primero la ven, luego
la reconocen, mi corazón se para, mis pupilas se dilatan, el bello se eriza,
mis ojos reconocen que ella me reconoce, mi corazón no se vuelve a parar porque
ya está parado. Entonces se me ocurre que la mejor opción es apartar la vista,
tirar por la opción de dejarlo pasar, de no querer enfrentarme a la realidad de
volver a encontrarme con ella, de preferir continuar viviendo una vida gris que
despertar de nuevo todas aquellas pasiones y locuras tan familiares diez años
atrás. Recordemos que estamos todavía en ese instante en que nuestros ojos se
cruzan. En el instante siguiente, donde mis ojos apuntan ya hacia otro lado,
soy totalmente consciente de que acabo de cometer la mayor de las cagadas y que
jamás me lo perdonaré y que ella jamás me lo perdonará. Cómo puedo pretender
que somos dos desconocidos. ¿No es, acaso, asumir mi culpabilidad en aquel
supuesto mal indefinido que ha hecho que durante estos últimos seis años no
hayamos tenido ningún tipo de contacto? Y así mi subconsciente lo refleja, y
ella entra en furia. Y desde lo lejos me grita. No soy capaz de recordar qué me
dice exactamente, pero la idea que se me queda en la cabeza es que para ella
soy un cobarde y un miserable. A partir de aquí, el sueño da un giro de guión
espectacular que ni Tarantino pero merece la pena señalar esta parte del sueño como la más trascendental. En la que en un breve
período de tiempo de dos instantes, se vieron reflejados todos mis miedos y mis
miserias. Mi confusión, mi incomprensión de todo, de absolutamente todo. De que
a los veintiocho años, sigo sin saber hacia dónde navega mi barco. Continuando, yo me repliego ante sus agresiones verbales. Impotente. Cómo explicarla.
Cómo explicarla que lo sacrificaría todo por ella. Que la amo y que por eso la
temo. Porque ella me tiene. Porque ella es la única que me puede destruir. Así
que ante mi inoperancia, Jose sale en mi defensa, marcha hacia ella y le
explica, con habilidad telepática propia de un sueño, todo lo que acabo de
exponer. Que jamás se me ocurriría guardarle rencor, o procesar indiferencia hacia ella. Que durante todos estos años no la he olvidado. Ella escucha todo con
atención sumarísima, lo interioriza y vuelve a mí. Mutuamente damos el problema
por zanjado y nos besamos. Entonces el sueño da un salto en el tiempo y nos
plantamos en lo que creo que era el día de nuestra boda. Yo conozco a sus
padres, a su madre realmente ya la conocía. La madre es un amor, en
contraposición al padre, totalmente decepcionado con la pésima elección de
novio que ha hecho su hija. Y yo planteándome cómo convencer al padre de que no
soy tan basura. Es verdad que me aterra la idea del ala delta y de escalar,
joder si no me gustan ni los parques de atracciones. Pero que hay más cosas en
la vida aparte de eso, hombre. Que ya sé que ellos viven en la montaña, que
para llegar hay que echar treinta minutos por sendero cruzando rocas cuesta
arriba desde la parada de autobús, pero que no tiene de que preocuparse que
aunque ahora llegue sin aliento, en unas cuantas visitas más lo subiré como un
toro. Y bueno, luego el sueño seguía con temas que ya no tenían nada que ver.
Y me pregunto a mí mismo, ahora, diez años después, ¿me
gustaría volverla a ver?, ¿qué pasaría si me la encuentro, qué significa ella
para mí? ¿Es de verdad ella a la que busco, o es su imagen, grabada en mi
memoria, la que me atormenta? Ahora mismo es cierto que no puedo evitar pensar
en la agitación que me causaría cruzarme con ella. Se me viene a la cabeza una
ocasión en la que estaba en la cafetería de la escuela con algunos amigos y
ella se acercó, y amistosamente me acarició el cabello. Se me erizan los pelos
de que pueda recordar con tanta precisión ese momento, que aún tenga tanta
fuerza... Volver a escuchar su voz. Su voz, protagonista de algo, de alguien,
que ha significado tanto para mí... no sé qué pasaría. Si no sintiera nada
sería una decepción, si lo sintiera, un problema. Pero problema parece que ha
vuelto a ser. Quizá sea sólo por el sueño de esta noche, como las otras veces.
Quizá hoy duerma un sueño gris, tranquilo, de los que pasan -y pasan-. Quizá
mañana vuelva a salir del bache, de esta máquina del tiempo. Que por un lado
agradezco, porque me hace sentir vivo. Pero por otro lado me preocupa. Pasión,
¿la recuerdas?, amor, ¿lo conoces?, dolor ¿merece la pena? No creo que ella sea
el problema, en cualquier caso, de aquí a unos meses, no descarto en volverla a
escribir. Por los viejos tiempos.
Este blog, y sobretodo su infrecuente uso, son mi gran
máquina del tiempo. Quien sabe, la próxima vez que regrese para escribir unas
líneas quizá nada de esto tenga sentido.
Dos horas exactas han pasado desde que empecé, las tres y veintiséis
muestra el reloj. Destino he nombrado esta entrada. No por el significado más
obvio, eso sería bajar mucho el nivel. Aun así, no deja de haber cierto destino
en la existencia de este texto. Si no fuera porque el ordenador lo tenía en
suspendido en vez de en apagado, no me habría tomado la molestia de ponerme a
escribirlo y estaría terminándome los últimos capítulos de Moby Dick. Cómo
molan estas pequeñas gilipolleces, esos pequeños instantes, que en cascada te
hacen salir de la rutina y pararte a ver la vida desde la grada. No. El título
venía en contraposición a la película Origen. Origen-Destino. Me ha parecido
adecuado tratándose de sueños. Y tratándose, sobretodo, de eso. De Sueños.
Hasta nuestro próximo encuentro.