Miraba sus manos arrugadas. Era
consciente del tiempo cada vez más escaso que terminaría por engullirle en
contadas primaveras, si el puño cuenta. Desde una perspectiva infantil y
egoísta que le acompañó toda su vida, echaba la culpa año tras año a las nuevas
generaciones de su imparable deterioro que le empujaban de manera inexorable al
abismo de la muerte. En la linde del pueblo con el bosque, a veinte pasos del
camino, se agachó forzosamente y levantó la piedra. Con la mayor sensibilidad
que se le puede transmitir a un ser inerte, le estaba eternamente agradecido de
su infatigable vigilancia y protección del tesoro que escondía debajo.
Eternamente agradecido, se pensaba. No es otra que una inequívoca sensación de
vanidad la que su razón le había llevado a cometer ese desliz. Podré manejar conceptos como tú nunca podrás, pero qué te voy a contar a ti de
eternidad, piedra. Con visibles esfuerzos, se levantó con el objeto en la mano.
A la luz del sol, aún reflejaba los rayos su superficie pulida. Se trataba de
una de las cajetillas de caramelos que su padre acostumbraba a traer de sus
viajes cuando pasaba por el aeropuerto. En casa les daban buen uso para guardar
todo tipo de bagatelas diminutas, como pilas de reloj o los intercambios de sus
coches de juguete. En la tapa se distinguía a la perfección, el que él suponía
capitán, un marinero de amarillo chubasquero con su barco pesquero detrás, en
tonalidades negras, rojas y blancas. Aquel capitán pescador que se anunciaba
como Fisherman's Friend fue su primera asociación del
mundo anglosajón y así es como imaginaría al inglés corriente en su vida
diaria, bajo una lluvia constante tanto en mar como en tierra que sólo ese
chubasquero amarillo podía hacer soportable. El chubasquero amarillo y una gran
hombría si, como su padre, eran capaces de tomarse esos caramelos. Sin embargo,
por bien que recordaba sus impresiones infantiles, no conseguía evocar el
momento en que enterró aquella caja. No que no se acordara de que la había
enterrado, de lo contrario estaríamos ante una situación verdaderamente
formidable donde un venerable anciano, paso tras paso sin vacilar un instante,
hubiera recorrido los dos kilómetros que separan la linde del bosque de la
puerta de su casa, haberse desviado del camino en el punto más apropiado, para
continuar con total precisión los metros restantes hasta la piedra que contenía
el secreto sin otra opción que aludir a los azares del universo o a los
caprichos del destino. No, aquí tenemos a un señor que sabía lo que buscaba.
Simplemente no recuerda cuándo vino aquí a esconderlo. No es capaz de reconocer
en su memoria algún hecho que pueda abstraerle a una época determinada. Piensa
una y otra vez en aquel recorrido de su casa a la linde, si en el transcurso
pudo fijarse en algún televisor, algún evento deportivo que puede identificar,
alguna noticia. Pero no lo consigue, no es capaz ni de recordar si los
televisores eran de plasma o de tubo. Quizá aquel día fuese verano y los
vecinos tuvieran las persianas bajadas, quizá por eso no recuerda haberse
cruzado con nadie. No es capaz de recordarlo. No estamos hablando aquí de un
desliz de meses, estamos hablando de una imprecisión de años, más se asusta el
anciano en admitir que puede tratarse incluso de décadas. No es consciente de
haberse cruzado con animales, entonces igual ya debía de tener treinta años,
que por entonces fue cuando se vendieron las últimas reses. O quizá las reses
estaban pastando en los montes, claro, si era verano... Más se frustra el anciano.
Piensa en marcas de ropa, en modelos de móviles, pero él siempre fue muy sobrio
en gustos y nunca les prestó especial atención. Mi hija si sabía. Recuerda
cuando le trajo el nuevo dispositivo, ya es hora de que tires esa
chatarra solía decirle. Después de pasar un año en la mesilla donde lo
dejó, su nieto se convirtió en el nuevo propietario. Trata de recordar si pudo
haber venido aquí antes del fallecimiento de su padre, o el de su madre, o
después del de su hija y su nieto. No tiene el menor indicio, ninguna clave. El
capitán Fisherman le sigue mirando expectante, sabedor de
la respuesta, esperando ansioso a que su interlocutor acierte el enigma. Como
en aquel juego de adivinanzas que hacía con su hermano, donde uno debía
mantener la respiración hasta que el otro acertaba el color en el que estaba
pensando. Fugazmente un destello de esperanza rasga la oscuridad de su
desesperación. Recuerda vivamente cuando en uno de esos juegos, él contestó
dorado, feliz de haber aprendido el nuevo color gracias precisamente a las
cajetillas de los caramelos. Recuerda que la respuesta fue azul, con la
dificultad añadida de sus dientes de leche recién desprendidos. O quizá
eran ocasiones diferentes, y qué tiene que ver esto con enterrar la caja. Su
ilusión de nuevo se desvanece. Negro otra vez. Frío, frío, como el tacto de la
cajetilla recién cogida. Él capitán desespera por contárselo, pero es un
drama tremendo que ni en inglés si quiera pueda decírselo. Mira alrededor, pero todo le parece tan igual, aquí el campo sigue siendo campo. Como el barco negro,
rojo y blanco navegando en el océano, el recuerdo vaga por toda la línea
cronológica, encajando en cualquier momento. En un desafío a su definición, este
recuerdo atemporal no echa ancla en ningún fondeadero. Resignado, devolviendo
la cajetilla a su lugar bajo la piedra, el anciano se convence incapaz de
evocar el pasado. Ojalá
pudiese sospechar el futuro.
No comments:
Post a Comment