Monday, 29 January 2018

Desprendido en el tiempo

Miraba sus manos arrugadas. Era consciente del tiempo cada vez más escaso que terminaría por engullirle en contadas primaveras, si el puño cuenta. Desde una perspectiva infantil y egoísta que le acompañó toda su vida, echaba la culpa año tras año a las nuevas generaciones de su imparable deterioro que le empujaban de manera inexorable al abismo de la muerte. En la linde del pueblo con el bosque, a veinte pasos del camino, se agachó forzosamente y levantó la piedra. Con la mayor sensibilidad que se le puede transmitir a un ser inerte, le estaba eternamente agradecido de su infatigable vigilancia y  protección del tesoro que escondía debajo. Eternamente agradecido, se pensaba. No es otra que una inequívoca sensación de vanidad la que su razón le había llevado a cometer ese desliz. Podré manejar conceptos como tú nunca podrás, pero qué te voy a contar a ti de eternidad, piedra. Con visibles esfuerzos, se levantó con el objeto en la mano. A la luz del sol, aún reflejaba los rayos su superficie pulida. Se trataba de una de las cajetillas de caramelos que su padre acostumbraba a traer de sus viajes cuando pasaba por el aeropuerto. En casa les daban buen uso para guardar todo tipo de bagatelas diminutas, como pilas de reloj o los intercambios de sus coches de juguete. En la tapa se distinguía a la perfección, el que él suponía capitán, un marinero de amarillo chubasquero con su barco pesquero detrás, en tonalidades negras, rojas y blancas. Aquel capitán pescador que se anunciaba como  Fisherman's Friend fue su primera asociación del mundo anglosajón y así es como imaginaría al inglés corriente en su vida diaria, bajo una lluvia constante tanto en mar como en tierra que sólo ese chubasquero amarillo podía hacer soportable. El chubasquero amarillo y una gran hombría si, como su padre, eran capaces de tomarse esos caramelos. Sin embargo, por bien que recordaba sus impresiones infantiles, no conseguía evocar el momento en que enterró aquella caja. No que no se acordara de que la había enterrado, de lo contrario estaríamos ante una situación verdaderamente formidable donde un venerable anciano, paso tras paso sin vacilar un instante, hubiera recorrido los dos kilómetros que separan la linde del bosque de la puerta de su casa, haberse desviado del camino en el punto más apropiado, para continuar con total precisión los metros restantes hasta la piedra que contenía el secreto sin otra opción que aludir a los azares del universo o a los caprichos del destino. No, aquí tenemos a un señor que sabía lo que buscaba. Simplemente no recuerda cuándo vino aquí a esconderlo. No es capaz de reconocer en su memoria algún hecho que pueda abstraerle a una época determinada. Piensa una y otra vez en aquel recorrido de su casa a la linde, si en el transcurso pudo fijarse en algún televisor, algún evento deportivo que puede identificar, alguna noticia. Pero no lo consigue, no es capaz ni de recordar si los televisores eran de plasma o de tubo. Quizá aquel día fuese verano y los vecinos tuvieran las persianas bajadas, quizá por eso no recuerda haberse cruzado con nadie. No es capaz de recordarlo. No estamos hablando aquí de un desliz de meses, estamos hablando de una imprecisión de años, más se asusta el anciano en admitir que puede tratarse incluso de décadas. No es consciente de haberse cruzado con animales, entonces igual ya debía de tener treinta años, que por entonces fue cuando se vendieron las últimas reses. O quizá las reses estaban pastando en los montes, claro, si era verano... Más se frustra el anciano. Piensa en marcas de ropa, en modelos de móviles, pero él siempre fue muy sobrio en gustos y nunca les prestó especial atención. Mi hija si sabía. Recuerda cuando le trajo el nuevo dispositivo, ya es hora de que tires esa chatarra solía decirle. Después de pasar un año en la mesilla donde lo dejó, su nieto se convirtió en el nuevo propietario. Trata de recordar si pudo haber venido aquí antes del fallecimiento de su padre, o el de su madre, o después del de su hija y su nieto. No tiene el menor indicio, ninguna clave. El capitán Fisherman le sigue mirando expectante, sabedor de la respuesta, esperando ansioso a que su interlocutor acierte el enigma. Como en aquel juego de adivinanzas que hacía con su hermano, donde uno debía mantener la respiración hasta que el otro acertaba el color en el que estaba pensando. Fugazmente un destello de esperanza rasga la oscuridad de su desesperación. Recuerda vivamente cuando en uno de esos juegos, él contestó dorado, feliz de haber aprendido el nuevo color gracias precisamente a las cajetillas de los caramelos. Recuerda que la respuesta fue azul, con la dificultad añadida de sus dientes de leche  recién desprendidos. O quizá eran ocasiones diferentes, y qué tiene que ver esto con enterrar la caja. Su ilusión de nuevo se desvanece. Negro otra vez. Frío, frío, como el tacto de la cajetilla recién cogida.  Él capitán desespera por contárselo, pero es un drama tremendo que ni en inglés si quiera pueda decírselo. Mira alrededor, pero todo le parece tan igual, aquí el campo sigue siendo campo. Como el barco negro, rojo y blanco navegando en el océano, el recuerdo vaga por toda la línea cronológica, encajando en cualquier momento. En un desafío a su definición, este recuerdo atemporal no echa ancla en ningún fondeadero. Resignado, devolviendo la cajetilla a su lugar bajo la piedra, el anciano se convence incapaz de evocar el pasado. Ojalá pudiese sospechar el futuro.


No comments:

Post a Comment