Llegué a esta obra de absoluta casualidad curioseando en uno de los múltiples puestos de una feria del libro hace ya varios años. Primero me llamó la atención por su cubierta, una escena mística y nostálgica como sólo las pinturas 'montañas-y-agua' 山水画 son capaces de reflejar. En este caso se trataba de 'La Luna de Otoño sobre la terraza de Escarcha' 露台秋月 de Yuan Yao 袁耀, una ilustración que invita al lector a detenerse un rato sobre ella e imaginarse aquel mundo lejano en tiempo y distancia. Titulando la misma cubierta nos encontramos 'Liezi, El Libro de la Perfecta Vacuidad'. ¿Cómo no había de comprarme aquel libro?
Al flechazo inicial siguieron varios años de sepultura debajo de otras lecturas hasta que por caprichos del destino volvió a asomar en la mesilla y finalmente fue cuando me decidí a transitarlo.
La obra se compone de:
- una introducción imprescindible, dividida en la evolución histórica del taoísmo y las bases de la doctrina; gracias a ella fui consciente del contexto de esta obra, siendo hasta el momento sólo conocedor únicamente de oídas del Daodejing de Laozi y el Zhuangzi.
- la introducción es seguida por la recopilación glosada en ocho libros de Zhang Zhan (s. III-IV d.C.) de escritos taoístas que datan entre los siglos V a.C-II d.C. Aunque ya se nos advierte de que de esos ocho libros, solo dos son los que con mayor probabilidad corresponden al a obra original (el Yang Zhu y el Shuo fu).
- la recopilación de notas a pie de página de Iñaqui Preciado, por la que le estoy muy agradecido y que son claves para situar los contextos y los conceptos.
Dicho esto, no es una lectura al uso. Los escritos taoístas son fragmentarios y de alguna forma los percibo aleatorios. Entiendo que carezco de un conocimiento profundo del taoísmo que me permita vislumbrar las resonancias entre los textos, pero en la práctica bien pudieran suprimirse algunos o introducirse otros que no notaría diferencia. En este aspecto, hecho en falta quizá una introducción más extensa que aconseje al lector en cómo abordar estos textos, no ya sólo en cada escrito particular, sino cualquiera de los ocho libros que compone la obra. Aunque percibo diferencias entre alguno de los libros (en particular el Yang Zhu, que es donde se recoge con más recurrencia un concepto más hedonista de la vida), desconozco las diferencias que conforman cada libro y a las que debería prestar atención más allá de que históricamente han sido compilados así.
En ausencia de un conocimiento más o menos maduro del taoísmo como es mi caso, aconsejo leer este libro de una forma distendida, sin centrarse necesariamente en un orden de lectura, y disfrutar del cuento/escrito escogido. A priori pueden recordar a cuentos infantiles, que sin embargo nos dejarán reflexionando ante la ausencia de moraleja (en la mayoría de los textos).
Dejo escritos por aquí algunos fragmentos curiosos:
<i>Al día siguiente se presentó con el adivino. Éste, nada más entrar, se marchó descompuesto [...]. Hu zi le explicó: «Acabo de mostrarme ante él sin haber salido aún de mi origen (identificado con mi principio); me he presentado en mi vacío, como algo indefinible, de modo que él no podía saber qué era lo que tenía delante. Me he limitado a imitar a las hierbas que se curvan al viento y al discurrir de las olas. Eso es lo que le ha hecho huir</i>. (Huang Di - El emperador amarillo, 13).
<i>el que practica la virtud (xian) sin considerarse un hombre virtuoso será estimado por todos allí donde vaya.</i> (Huang Di - El emperador amarillo, 16)
<i>La inteligencia es por naturaleza la misma en los animales y en el hombre. Tienen idéntico deseo de conservar sus vidas, y en esto su inteligencia no va a la zaga de la del hombre. Machos y hembras se aparean y madres e hijos se aman; evitan los llanos desprotegidos y saben refugiarse en las escarpaduras; huyen del frío y buscan el calor, viven agrupados y en grupo se desplazan [...] Fue al aparecer los emperadores y los reyes cuando empezaron a temer al hombre, se dispersaron y vivieron en estado salvaje. En los tiempos recientes, se esconden y huyen para escapar al sufrimiento y la muerte. </i> (Huang Di - El emperador amarillo, 18)
<i>Al término de nueve años, en sus pensamientos y palabras había quedado anulada toda diferencia entre el ser y el no ser, el bien y el mal, con respecto a sí mismo; y también con respecto a los demás. La distinción entre su interior y lo exterior a él había desaparecido. Sus sentidos se fundieron en uno y dejó de servirse de ellos. [...] Tal estado alcanzó y el orden universal ya no tuvo secretos para él.</i> (Zhong Ni: Confucio, 6)
<i>Long Shu le dijo a Wen Zhi «Vuestro arte es prodigioso, ¿podríais curar la enfermedad que me aqueja?». Wen Zhi le respondió: «Vuestros deseos son órdenes para mí. Pero antes, decidme los síntomas de vuestra enfermedad». Long Shu explicó: «No considero algo honroso el elogio de mis conciudadanos ni motivo de vergüenza que el Estado me repruebe. Cuando consigo lo que quiero no me alegro, ni me entristezco si lo pierdo. Vida y muerte me son indiferentes, y lo mismo me da la riqueza que la pobreza. Veo a los demás hombres como cerdos y a mí mismo me veo como a los demás. Vivo en mi casa como viajero en una posada. Considero mi país como territorio extranjero. Ante todo esto ni me motivan cargos y dignidades, ni me asustan castigos o condenas, ni me puede hacer cambiar la idea de encontrar prosperidad, ruina, daños o beneficios, como tampoco nada puede el temor de la pena
o la esperanza de alegría. De modo que no puedo servir a mi soberano, ni entablar amistad con nadie, ni gobernar mi familia, ni controlar a mis siervos y criados. ¿Qué clase de enfermedad es ésta? ¿Cómo se puede remediar?».
Wen Zhi mandó a Long Shu que se pusiera de pie de espaldas a la luz. Él se colocó detrás, frente a la luz, y observó a Long Shu. Al poco dijo: «¡Ay! Veo vuestro corazón y en él un cun cuadrado de vacío. Casi os habéis convertido en un sheng ren. Seis orificios de vuestro corazón están abiertos, sólo uno permanece. Hoy día se tiene por enfermedad la clarividencia de los sheng ren: tal vez sea ésta la explicación de vuestro caso. Mi pobre arte no puede curaros».</i> (Zhong Ni: Confucio, 8)
<i>Nü Wa escogió piedras de los cinco colores para rellenar sus huecos y cortó las cuatro patas de una tortuga gigante para fijar los cuatro límites (bordes del cielo). Posteriormente Gong Gong, al luchar contra Zhuan Xu por el imperio, en un arrebato de cólera, golpeó el monte Bu zhou: uno de los pilares del cielo se quebró y se rompieron los lazos que sujetaban la tierra. A causa de ello el cielo se inclinó hacia el NO y por eso hacia allí se dirigen el sol, la luna y las estrellas; la tierra se hundió en el SE y ésa es la razón de que los cien ríos discurran en esa dirección.</i> (Tang Wen: Preguntas de Tang, 1)
<i>Tang volvió a preguntar; «¿Hay diferencia de tamaño entre los seres? ¿Y de longitud? ¿Son semejantes o distintos?». Ge respondió: «Al este de Bo hai, a no sé cuántos millones de li, existe un gran abismo, un enorme valle sin fondo. Se llama Gui xu. Todas las aguas afluyen a él, las aguas de los ocho límites y las nueve ubicaciones (todas las aguas de la tierra), y las de la Vía Láctea. A él todas afluyen sin que su contenido aumente ni disminuya. En medio se encuentran cinco montañas. La primera se llama Dai yu, la segunda Yuan jiao, la tercera Fang hu, la cuarta Ying zhou y la quinta Peng lai. La base de estas montañas tiene una circunferencia de treinta mil li y su cumbre, plana, mide nueve mil li. Aunque son vecinas, están separadas entre sí por una distancia de setenta mil li. Todos los edificios y templos que en ellas hay son de oro y jade; las aves y bestias, todas de colores puros y muy vivos; árboles de perlas y gemas se extienden en frondosos bosques, y las flores y frutos, de exquisito sabor, preservan a quien los come de la vejez y la muerte. Sus habitantes son todos Inmortales y Sabios. Día y noche vuelan con fantástica rapidez para visitarse unos a otros. La base de estas cinco montañas no era estable sino que se desplazaba siguiendo el movimiento y ondulación de las aguas. Los Inmortales y Sabios, molestos, se quejaron al emperador. Éste, temeroso de que las montañas derivaran hasta chocar contra el límite de Occidente y los Sabios perdieran su morada, dio órdenes a Yu Jiang. Éste hizo que quince tortugas gigantes sostuvieran con sus cabezas las cinco montañas. Las quince tortugas, divididas en tres grupos, se relevarían cada sesenta mil años. Así fue cómo las cinco montañas se afirmaron y dejaron de desplazarse. Mas un gigante del país de Long bai, de unas cuantas zancadas se presentó un día en el lugar de las cinco montañas. Se puso a pescar y de una vez capturó seis de las tortugas. Regresó a su país con ellas a la espalda, para utilizar sus caparazones en los ritos adivinatorios. Las montañas Dai yu y Yuan jiao se deslizaron hacia el límite septentrional y se hundieron en el mar. Se contaron por millones los Inmortales y Sabios que debieron emigrar del lugar. El emperador se irritó sobremanera y redujo la extensión del estado de Long bai, así como el tamaño de sus habitantes. Éstos aún medían varias decenas de zhang en tiempos de Fu xi y Shen nong. [...] Al norte de Zhong bei se encuentra un océano: tian chi (el lago celestial). En él vive un pez cuyo tamaño alcanza varios miles de li. Se llama kun. Y también allí habita un pájaro denominado peng, cuyas alas son como nubes colgadas del cielo y un cuerpo como corresponde a semejante envergadura. ¿Quién conoce de la existencia de tales seres? Yu el Grande llegó a verlos. Bo Yi lo supo y les dio un nombre, y Yi Jian oyó hablar de ellos y los registró en sus obras. [...] Aunque las especies son diferentes en forma y fuerza, su naturaleza es equilibrada, no se cambian unos en otros, su vida es completa y suficiente la parte que les corresponde. ¿Cómo, pues, podría yo aplicar un criterio discriminante de grande y pequeño, largo, y corto, semejante y diferente?</i> (Tang Wen: Preguntas de Tang, 2)
<i>Es costumbre en él degollar a los primogénitos recién nacidos para comérselos: dicen que para bien de los hijos siguientes. Cuando muere el abuelo cargan a hombros con la viuda y la abandonan lejos. Explican: «No es posible cohabitar con la esposa de un difunto». Al sur de China está el país de los hombres de Yan. Cuando mueren los padres cortan la carne del cadáver y la tiran y luego entierran los huesos. Y todo esto es tenido por un acto de piedad filial.</i> (Tang Wen: Preguntas de Tang, 7)
<i>Al término de la representación, el artista de Ning shi guiñó el ojo e hizo señas a las concubinas que rodeaban al rey. Éste, furioso, quiso ejecutar inmediatamente a Ning shi, quien, presa del pánico, se apresuró a desmontar a su artista para hacerle ver al rey que todo él sólo era cuero y madera, goma y laca, de colores blanco, negro, rojo y azul. El rey lo examinó detenidamente: en su interior había un hígado, una vesícula, un corazón, pulmones, páncreas, riñones, intestinos, estómago; por fuera, huesos, músculos, tendones, articulaciones, así como piel, pelo, dientes y cabellos. Todo ello artificial, pero de una acabada perfección. Al recomponerlo reapareció todo su anterior aspecto. El rey hizo con él una serie de pruebas. Le quitó el corazón y no pudo hablar; le hizo sacar el hígado y ya no podía ver; le quitó los riñones y sus pies se inmovilizaron. Grande fue el contento del rey, que suspiró y exclamó: «¡Qué habilidad la del hombre, que puede igualarse a la misma naturaleza!</i> (Tang Wen: Preguntas de Tang, 14)
<i>Tus éxitos no son resultado de tu inteligencia, igual que los fracasos de Bei Gonz no se deben a su necesidad. Todo eso procede del cielo y no del hombre. Cuando tú te jactas de la riqueza de tu destino y cuando Bei Gonz zi se avergüenza de la riqueza de su virtud, tanto uno como otro sólo demostráis vuestra ignorancia de las leyes de la naturaleza.</i> (Li Ming: Fuerza y destino, 2)
<i>Al que es capaz de ser dueño de sí mismo lo será también de los demás.</i> (Li Ming: Fuerza y destino, 3)
<i>Sheng ren es quien comparte su virtud con los demás, y xian ren el que con los otros comparte sus riquezas.</i> (Li Ming: Fuerza y destino, 4)
<i>Para quien acepta las leyes de la naturaleza ya no existe ni verdad ni error. Para el que confía en su corazón, ya no existe ni lo adverso ni lo favorable. Para el que confía en su naturaleza, ya no existe seguridad ni peligro.</i> (Li Ming: Fuerza y destino, 9)
<i>En Wei vivía un hombre llamado Dong Men Wu. Su hijo murió y él no mostró tristeza alguna. Su administrador le dijo: «No hay en el mundo amor como el que vos teníais a vuestro hijo, y ahora que ha muerto no manifestáis ningún pensar; ¿por qué?». Dong Men Wu le contestó: «Yo antes no tenía hijo, y en ese tiempo no estaba triste; ahora que mi hijo ha muerto la situación es igual que antes que no lo tenía. ¿Qué razón hay para que yo me aflija?».</i> (Li Ming: Fuerza y destino, 14)
<i>Yang Zhu dijo: «Cien años es el límite máximo de la longevidad. No hay uno solo entre mil que a ellos llegue. Y si alguien llegase, casi la mitad de ese tiempo lo ocuparía una infancia necesitada de protección y una vejez confusa que requiere ayuda. El descanso del sueño nocturno y la ociosidad sentida por el día representaría casi otra mitad. Y lo mismo, sufrimiento, enfermedades, penas y sinsabores, pérdidas, fracasos tristezas, y temores. De los diez años que restan, el tiempo transcurrido a gusto y en plena libertad, sin la menor preocupación, apenas alcanzaría la media hora. ¿Qué puede hacer, entonces, el hombre durante su vida? ¿Dónde buscar contento? Sólo queda la belleza y el placer, los sonidos y colores. Mas belleza y placer nunca procuran una satisfacción prolongada y tampoco dura el encanto de colores y sonidos. Además ahí están las prohibiciones y obligaciones que se te imponen con castigos y recompensas, y la fama o las leyes que te empujan o te frenan. Luchas sin descanso por conquistar una efímera fama vacía, te esfuerzas tras una gloria inútil que sobreviva a tu muerte. Solitario, refrenas tus sentidos, preocupado por la moralidad de las tendencias de tu cuerpo. Pierdes vanamente el disfrute supremo del presente, incapaz de sentirte libre en cada instante. ¿Qué diferencia puede haber entre esta vida y la del prisionero cargado de cadenas? Los hombres de la remota antigüedad sabían muy bien que la vida es efímera, que la muerte pronto llega. Por eso se movían a impulsos de una mente libre y no renunciaban a las inclinaciones naturales. Ni dejaban escapar en cada ocasión lo que pudiera agradar al cuerpo. De ahí que no actuaran en busca de la fama. Libres y obedientes a su propia naturaleza, no se oponían a las inclinaciones de los demás seres ni les interesaba la fama tras la muerte. De modo que el castigo carecía para ellos de sentido. Y sin cuidado les tenían fama, jerarquías, y hasta la posibilidad de una larga vida».</i> (Yang Zhu, 2)
<i>Igual es la muerte del sabio benevolente que la del estólido criminal.</i> (Yang Zhu, 3)
<i>[...] ¿en qué debe uno basarse?». Yang Zhu respondió: «En disfrutar de la vida y dar solaz al cuerpo.</i> (Yang Zhu, 5)
<i>Lo que hace al cuerpo sentirse a gusto es el disfrute de la belleza y los buenos manjares, si ello se le niega puede decirse que se pone trabas al propio bienestar. Lo que la voluntad desea es libertad y tranquilidad, y si no puede realizarlo es coartar la propia naturaleza. Todas estas trabas son como feroces tiranos. Eliminar a estos feroces tiranos y esperar alegremente la muerte, un día, un mes, un año, diez años, a eso llamo yo yang sheng. Conservar estos feroces tiranos, reprimirse sin deshacerse de ellos, para alcanzar en una gris tristeza una cierta longevidad, sean cien, mil o incluso diez mil años, a eso yo nunca lo llamaría yang sheng. [...] Una vez muerto, ¡qué más da todo! </i> (Yang Zhu, 7)
<i>Zi Chan fue ministro en Zheng y llegó a controlar el máximo poder del Estado. A los tres años las gentes honradas acataban su voluntad y los malvados temían su severidad. El orden reinaba en Zheng y los soberanos de los Estados vecinos le respetaban. Zi Chan tenía un hermano mayor llamado Gong-sun Chao y un hermano menor llamado Gong-sun Mu. Al mayor le gustaba la bebida y al menor las mujeres. En la casa de Chao se apilaban mil zhong de vino y había montones de levadura. A cien pasos de distancia se percibía el desagradable olor de heces y vinagre. Esclavo del vino, Chao ignoraba la suerte del mundo, ignoraba razones y sentimientos, desatendía la economía doméstica, los deberes del parentesco y las celebraciones familiares tanto las faustas como las infaustas. Hasta una inundación o un incendio, o una espada o lanza amenazadoras, le hubieran pasado desapercibidas. En la parte posterior de la mansión de Mu, el hermano menor, había hasta diez habitaciones llenas de jóvenes y bellas mujeres. Cuando le dominaba la lascivia, se olvidaba de parientes y amigos, cortaba toda relación social y corría a las habitaciones traseras donde pasaba los días y las noches. A los tres meses reaparecía y aun así no del todo satisfecho. Si en la comarca aparecía una hermosa virgen, enseguida intentaba atraerla con regalos o recurriendo a una celestina, y no paraba hasta conseguirla. Esta situación causaba a Zi Chan una permanente tristeza. Fue a visitar en secreto a Deng Xi y le consultó: «Quiao (él mismo) ha oído decir que se debe poner orden en uno mismo para poder influir en la familia, que se debe poner orden en la propia familia para poder influir en el Estado, es decir, que hay que ir de lo más próximo a lo más lejano. Qiao ha actuado en el ámbito del Estado y en él ha puesto orden, pero, en cambio, en la propia familia reina el mayor desorden. ¿Acaso debe invertirse el método? ¿Cómo podría hacer rectificar a mis dos hermanos?, ¡decídmelo, maestro!». Deng Xi le contestó: «Hace tiempo que lo que me acabas de decir me tenía perplejo, pero no quería ser yo el primero en hablar. ¿Por qué no has corregido a tus hermanos a su debido tiempo, hablándoles de la importancia de cuidar la propia naturaleza vital y atrayéndoles con la superioridad del decoro y la rectitud (li yi)?». Zi Chan siguió el consejo de Deng Xi. Aprovechando un poco de tiempo libre se fue a visitar a sus hermanos y les dijo: «Lo que hace al hombre superior a los animales es la inteligencia, y lo que hace superior a la inteligencia es el decoro y la rectitud. Aquel en quien se den decoro y rectitud alcanzará la fama y un alto cargo. Pero si actúas movido por tus pasiones, si das rienda suelta a caprichos y apetitos, entonces tu naturaleza vital estará en peligro. Prestad oídos a las palabras de Qiao, y si una mañana os arrepentís esa misma tarde tendréis un cargo bien remunerado». Ellos le respondieron: «Todo eso hace mucho que lo sabemos, como tiempo hace también que nuestra elección fue decidida, ¡de qué íbamos a esperar tus palabras para saberlo! La vida es difícil de encontrar y fácil de alcanzar la muerte, ¿a quién se le puede ocurrir esperar una muerte fácil de alcanzar mientras posee una vida difícil de encontrar? Y eso de apuntar a la superioridad del decoro y la rectitud para brillar entre los hombres, y de refrenar las pasiones naturales en aras de la fama, eso para nosotros es comparable a la muerte. Lo que deseamos es agotar las alegrías de la vida, apurar todos los posibles goces de estos años. Sólo nos preocupa la posibilidad de no poder degustar un buen vino por culpa de un estómago desgastado o de ser incapaces de disfrutar plenamente de las mujeres porque las fuerzas no llegan. Nuestra mala reputación no nos importa ni aflige, ni tampoco el peligro que pueda correr nuestra naturaleza vital. Tú puedes vanagloriarte de tu capacidad para gobernar el Estado, y pretendes con tus discursos turbar nuestro corazón, y atraer nuestra voluntad con el señuelo de gloria y cargos bien remunerados. ¡Cuán rastrero y lamentable proceder! Querernos polemizar también nosotros contigo. Hay quien es hábil para gobernar lo exterior, pero a veces las cosas no se dejan ordenar y él penará por ello. Otros son hábiles para gobernar lo interior (la propia persona), y no por ello las cosas van a caer en el caos, por lo que su naturaleza hallará satisfacción. Tu forma de gobernar lo exterior puede resultar durante un tiempo en el Estado, pero no armoniza con el corazón de los hombres. Nuestro gobierno de la propia persona si se aplicara en el mundo entero desaparecerían los señores y vasallos. Nosotros pensábamos exponerte estos puntos de vista para sacarte del error, y resulta al revés, ¡que eres tú quien nos viene a instruir con esas otras teorías!». Zi Chan, desconcertado, no supo qué responder. Al día siguiente le relató la conversación a Deng Xi. Éste le dijo: «Vivís con zhen ren (hombres auténticos) y no os percatáis de ello. ¿Quién dice que sois inteligente? El orden que reina en Zheng es pura casualidad, en absoluto mérito vuestro».</i> (Yang Zhu, 8)
<i>Cumple tus deseos mientras llega la muerte. Y cuando vayas a morir compórtate igual, sigue el proceso natural y abandónate al no ser. No hay nada que valga la pena, nada que no puedas dejar pasar. ¿A qué, pues, hablar de pronto o tarde en ese espacio intermedio que es la vida del hombre?</i> (Yang Zhu, 10)
<i>Sólo cuando las canas adornen tu cabeza podrás hablar del dao sin error y, con mayor razón, practicarlo.</i> (Shuo Fu: Descifrar el mensaje, 5)
<i>El duque Bai no llegó a comprender a Confucio, y así fue como un día murió en el baño. </i> (Shuo Fu: Descifrar el mensaje, 12)
<i>El duque Mu, enojado, llamó a Bo Yue y le dijo: «¡Un verdadero desastre! Vuestro recomendado para buscar caballos ni siquiera sabe distinguir el color del pelaje o el sexo del animal, ¿cómo va a poder descubrir un caballo superior?» Bo Yue suspiró profundamente y dijo al duque: «¡Hasta ese punto ha llegado! Es la prueba de que su talento es infinitamente superior al mío. Lo que Gao observa es la naturaleza de los seres: capta su esencia y prescinde de sus accidentes, estudia el fondo y prescinde del exterior. Sólo mira lo que debe mirar y no mira lo que no debe mirar. Sólo observa lo que tiene que observar y deja a un lado lo que no tiene que observar. Ese método de Gao para observar las cosas es mucho más importante que el simple arte de descubrir buenos caballos». Llegó el caballo y, en efecto, era un caballo superior.</i> (Shuo Fu: Descifrar el mensaje, 16)
<i>Niu Que era un da ru (gran letrado confuciano) que vivía en Shang di. Un día que viajaba a Han da tropezó con unos bandidos en Ou sha. Le despojaron de todas sus ropas y le quitaron el carruaje y los bueyes. Niu Que se marchó caminando. Se le veía alegre, sin sombra de pesar o tristeza. Los bandidos fueron tras él y le preguntaron la razón de su actitud. Él les dijo: «Un hombre superior no pone en peligro su persona por causa de aquélla que sirven para conservarla». Los bandidos dijeron: «¡Ah! ¡Se trata de un sabio! —acto seguido consultaron entre sí—: Si ese sabio va a ver al príncipe de Zhao, y empiezan a ocuparse de nosotros, es seguro que nos encontraremos en grave peligro. Es mejor matarle». Le alcanzaron, pues, y le dieron muerte.
Un hombre de Yan se enteró de lo sucedido y reuniendo a todo su clan les aconsejó: «Si os encontráis con salteadores no se os ocurra comportaros como Niu Que, el de Shang di». Todos aceptaron la recomendación. Al poco tiempo uno de sus hermanos menores se dirigió a Qin. En las cercanías del paso fronterizo fue interceptado por unos bandidos. Recordando la recomendación de su hermano, se resistió violentamente. No pudo con ellos y cuando los bandidos se alejaban corrió detrás y les suplicó le devolvieran lo que le habían robado. Furiosos le dijeron: «¡Demasiado hemos hecho perdonándote la vida! Y ahora tú no dejas de seguimos y vas a hacer que nos descubran. Siendo como somos bandidos, ¿qué se nos da el ser benevolentes?». Y entonces le mataron y también a los cuatro o cinco hombres que le acompañaban.</i> (Shuo Fu: Descifrar el mensaje, 20)
<i>Yu era uno de los hombres más ricos de Liang. Su casa nadaba en la abundancia: oro y ricas telas, así como objetos de gran valor en cantidad incalculable. Un día dio una fiesta en su mansión, situada en la calle principal. Músicos y vino, y en el piso superior se organizó una partida de dados. En el momento en que pasaba por la calle un grupo de espadachines, en el piso superior un jugador al lanzar los dados y ganar la partida rompió a reír y, al mismo tiempo, un milano que volaba sobre la calle dejó caer una rata muerta que alcanzó a los espadachines. Éstos comentaron entre sí: «Dura ya mucho tiempo la riqueza y la alegría de Yu, quien, encima, se muestra despectivo con los demás. ¡Nunca le hemos ofendido y ahora él nos humilla con esta rata podrida! Si no vengamos esta ofensa, nadie en el mundo nos tendrá por valientes. Unamos nuestras fuerzas y nuestras voluntades y con todos nuestros camaradas podremos, sin lugar a dudas, destruir la casa de Yu». Todos los miembros del grupo estuvieron de acuerdo. Llegada la noche del día señalado se reunió un gran número de hombres armados y asaltaron la mansión de Yu. Quedó totalmente destruida.</i> (Shuo Fu: Descifrar el mensaje, 21)
<i>Considerar la acción de dar de comer como un acto de bandidaje porque procede de un bandido es perder el sentido de la diferencia entre nombre y realidad.</i> (Shuo Fu: Descifrar el mensaje, 22)
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