Tuesday, 24 May 2016
Certero
Lo ví en sus ojos, el mar enfurecido, la tormenta desatada, el viento gélido y los huesos calados, poco importaba, las rocas trituraban la madera y lo devoraban todo y a todos. Así andaba distraída mi mente cuando paseaba por cubierta. Mis dedos reconociendo lentamente el refinado acabado de tu pasamanos. Inclinado hacia levante, contrastaba mis pensamientos con el apacible despertar del sol en la lejanía. Perezoso pero firme, el astro rey empezaba a asomar por la línea del horizonte. Parece que tendremos otro día estupendo. Ausente, intentaba comprender qué es lo que me hacía estar seguro de que nuestra última aventura no sería sobre aguas afables. Yo, capitán, tú, mi barco, no acabaremos bien, ¿verdad? Te preguntaba mientras sonreía y acariciaba tu carpintería como el amo acaricia el lomo de su fiel podenco. Intentaba responderme mientras observaba tu laborioso artesanado, tu rematada manufactura, tu perfecta arquitectura. Tantos años juntos y la mar y el tiempo que tantas heridas profundas me han dejado en mente y piel, no se han atrevido a ponerte la mano encima. Ni un crujido de tus tablas, ni un solo clavo malintencionado, nada. Ni una señal que me advierta de tus maquinaciones de llevarme al fondo de estas aguas. Sin embargo, así lo planeas. No, tú no fuiste construida para acabar tus días en puerto. Vulnerable, dócil, humillada y despojada de todo lo que fuiste, hasta que tu última tabla sea reasignada a cualquier tarea mundana. Hombres, y su desgarrador sentido del pragmatismo. Dónde quedó el romanticismo, seguro que te preguntas. A doscientos metros bajo la línea de flotación. Y voy contigo a rescatarlo.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
No comments:
Post a Comment