Estas
palabras que hoy traigo, vienen de lejos y desde hace varios días. Hace una
semana, exactamente, en Jerantut, Malasia. Un pueblo de carretera, modesto,
feo, a caballo entre Kuala Lumpur y la selva de Taman Negara. Lo cierto es que
la ubicación no es importante, tampoco lo es el tiempo, pues es sabido que los
sueños nos alcanzan allá y cuando se lo propongan. Durmiendo, claro.
Tampoco
es cierto que traiga hoy las palabras, hoy las escribo. Fue hace una semana
cuando, tras la súbita lucidez concebida tras el despertar, me obligué a mi
mismo a, dado que por aquel entonces me era imposible discurrir nada elaborado,
tomar unas pequeñas anotaciones que me permitieran desarrollar el meollo del
asunto cuando dispusiera de medios. Hoy los dispongo. Y del tiempo también.
Aún
no dejan de sorprenderme la impredecibilidad y complejidad de los sueños, nunca
dejarán de hacerlo. Hace falta al menos un universo para que exista un
universo, pero sólo hace falta una mente para reconstruir un universo
equivalente, igual o diferente, a todos los efectos. Con sus leyes, con sus
espacios ocupados y vacíos, con los cantos de los pájaros y con sus hombres y
mujeres haciendo sus tareas mundanas. Con sus transcursos diversos y
accidentados. Con sus entramados de película. Recuerdo un sueño de hará unos
diez años donde aprendía la definición de una palabra, aunque al despertar no
tardé en ser conocedor de que la definición era completamente errónea. Ajenos
al hecho de lo incorrecta que fuese la propia acepción, el acto de aprender en
un sueño, que el cerebro disponga de una palabra que no conocías su significado
y proponga su propia definición y tú, como sujeto del sueño, la aprendas, es
cuanto menos kafkiano. Aprendiendo exclusivamente de ti mismo, mal, pero
aprendiendo. Recurriendo a la definición de 'aprender' y a la ecuación de
continuidad de la mecánica de fluidos que viene a decir que 'no puede salir más
de lo que entra', llegamos rápidamente a una contradicción. Si la aprendo de mí
mismo, es que ya la sabía, pero no era así para mi yo consciente. El
subconsciente diremos pues. Ese gran saco que con nosotros nació, recoge todo
lo que percibimos y lo va enterrando bajo una gruesa capa de polvo. Pero ni
etiquetando este gran enigma que son los sueños bajo el término de la
subconsciencia podemos obviar la complejidad intrínseca que acarrea. Sin ir más
lejos, me vienen a la cabeza todas esas situaciones en las que me encuentro
hablando con diversas personas y ellas, con sus voces y comportamientos tan
profesionalmente conseguidos, son capaces de sorprenderme con sus respuestas.
Son capaces de negarme lo que quiero. Soy tan vulnerable e ínfimo en mi propio
universo. Para rizar el rizo, un sueño que data de este pasado mes, superó de
nuevo mi umbral del asombro. Un sueño dentro de otro sueño, siendo consciente
en este último de que estaba soñando, no así en el primero. Y pasar varias
veces del primero al segundo, hasta que, sorpresa, despierto ya por fin,
confuso, en el mundo habitual. Así son los sueños. Un largo etcétera al que
todos podemos aportar incidencias de variopinto proceder.
Sin
embargo, aunque lo previamente expuesto rondaba mi cabeza buscando un momento
de compasión para concederle un billete de salida, el principal motivo de que
hoy me encuentre ante el teclado fue el sueño de la noche del 22 de febrero. No
es nada fascinante, aunque ella si lo debía ser. Era ella. Es ella. Eso es lo
que pensé cuando me desperté, entre la profunda frustración,
confusión y concentración para procurar recordar lo máximo y poder
transcribirlo al futuro. La prueba de que sí existe. Lamentablemente, las
sensaciones no se pueden congelar y conservar para su posterior estudio. Fue
esa la razón por la que me devané los sesos por intentar almacenar lo máximo
que pudiera de aquellos irreales instantes. Percatándome de cómo segundo a
segundo cada momento del sueño iba haciéndose añicos, me afané por retener las
palabras 'es posible'. De los restos del naufragio, apenas se ha salvado mucho.
No recuerdo ni su cara, el pelo era largo, castaño oscuro. Alrededor de un
metro setenta y para restringir con total precisión las posibilidades a un
puñado de personas, llevaba vaqueros. La situación era casual, en un bar con
sus amigas, a las que tampoco identifiqué. De la situación, amén de una
distendida charla en la mesa, sólo recuerdo una ligera discusión con ella hacia
el final del sueño. Nunca me había sentido así con nadie. Nunca había sentido
semejante conexión, semejante tranquilidad. Por fin el alma podía descansar. En
el propio sueño, era consciente sin saberlo de que era aquello lo que buscaba,
y que lo tenía, que era posible. Que es posible. Al margen de lo que la
vida depare, esa sensación que siempre sospeché, que siempre quise tener, pude
sentirla, ergo puedo sentirla.
No
soy de los que acuden a dobles sentidos y explicaciones metafísicas. Ni
pretendo prostituir algo tan puramente mío de tan pésima manera. Sin embargo,
me siento satisfecho de interpretar mi sueño de la manera que más me conviene,
pues, y con pocas cosas puedo asegurar con completa certeza lo siguiente como
lo hago ahora, para eso es mío. Es agradable y reconstituyente que tu propia
cabeza te de pistas de lo que realmente ambicionas. Es fácil abandonarse a un
nuevo proyecto, a una rutina y olvidarse de las pasiones más irracionales.
Morfeo sabe lo que hace, cuando te coge y te suelta ante un nuevo enigma, donde
tu yo más espiritual, habrá de resolver el misterio recurriendo a su verdadera
naturaleza.
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