Ya son tres las semanas que han pasado desde aquella experiencia, no he tenido ocasión de comentarla antes y maldigo la hora pues cada día que pasa, y ya son muchos, el vívido recuerdo se va desvaneciendo. Es una de estas cosas que, que yo sepa, sólo pasan en China. Viaje de fin de semana, ¿a dónde? Pues a dónde va a ser, a un sitio impronunciable que por mucho que te empeñes en recordar el nombre sólo será para volver a intentar memorizarlo más tarde y, por supuesto, a tomar por el ojal, pero eso es así siempre. China no la hicieron pequeña.
Debo parar la historia. Acaba de pasar una anécdota curiosa. He tenido que dejar unos minutos el teclado, mi novia y yo acabamos de dejarlo, justo ahora, entre risas. La misma con la que hice el viaje que aquí describo. Dado que fue ella la que me metió en el viaje y es una chica de la que he aprendido mucho, veía imprescindible hacer este inciso. Lo cierto es que ambos lo veíamos venir, por eso es entre risas. Cosas así no pasan todos los días, viva el sentido del humor.
Prosigo. Para no ser tan malvados con China y arrojarle un poco de luz, que ahora será desconocida pero pronto dejará de serlo, la ciudad a la que fuimos se llamaba Yangcheng 阳城, en la provincia de Shanxi. De unos trescientos mil habitantes, para China una ciudad pequeña, digamos pueblo. Dos horas en tren y tres horas de autobús. Tan lejos no estaba, es que me encanta quejarme. Bueno y qué pasa con el viaje, tanta expectativa y de momento sólo sabemos el nombre, que por cierto no nos suena de nada. Ni os sonará. Si he tenido que ponerme a buscar en las fotos del billete cómo diablos se llamaba el sitio. El sitio, bonito, bonito tampoco se le puede decir. Es cierto que tenía un casco histórico bien conservado, con su muralla y distintas dependencias, precioso, pero saliendo de aquí el resto de la ciudad era bastante omitible. Y por ser omitible la voy a omitir. Al grano. El viaje era gratis, el transporte, el alojamiento y las tres comidas diarias. La razón, según me pude enterar, era porque se pretendía promover el turismo por la región y qué mejor manera, alguien debió pensar, que llevar a extranjeros a zonas donde nunca nadie había visto uno. Y era tal cual. Aparte de un tour organizado por diverentos atractivos turísticos de la zona, el evento principal de esta esperpéntica aventura era un hiking de siete o veinte kilómetros, a elegir. Y es aquí donde me llevé la mayor impresión. Veinte kilómetros, veinte kilómetros completos con gente asombrados de ver a un laowai. Todo un ejército de voluntarios, imagino, distribuidos en espacios de unos veinte metros durante el largo trayecto, con el agua preparada y su botiquín de primeros auxilios. Y dentro de este asombroso despliegue, lo que más me llamaba la atención eran sus caras, sus reacciones. Como si fuéramos famosos, nos decíamos estupefactos. No era la primera vez que veíamos esta actitud de adulación en China, pero esta vez, fue demasiado. Eran las caras de los ancianos, lo que más me inquietaba. Una vez en Pekín, andando solo, se me acercó un joven chino y me preguntó si podría hacerme una foto con su padre. Éste, de avanzada edad, enjuto, con profundas arrugas, igual que su expresión. De Mongolia Interior, me dijo que venía. Me dijo el hijo, el padre obviamente no hablaba media palabra de inglés. Ni falta que le hacía, ni le debió de hacer. En una vida llena de escasezes, de cambios, de guerras, civiles y ajenas. Violenta y combulsa ha sido la historia reciente de China. Y allí de donde venía, el frío implacable del invierno y el horroroso calor seco del verano, no le facilitaría el transcurrir del día. Porque en según que lugares los días no se viven, se sobreviven. En eso pensaba yo cuando me instaban a hacerme la foto. Por supuesto, contesté, con vergüenza. Avergonzado de que la personificación de la dureza de esta vida quiera hacerse una foto conmigo, o con cualquier otro occidental, que sólo he participado en batallas que me dieron ganadas. Este recuerdo se me venía a la mente con cada paso que daba en aquel recorrido organizado, y pronto se quedó enterrado entre nuevas y profundas sensaciones que iba absorbiendo. Cuando observabas que te veía llegar, rápidamente tocaba el hombro de la persona descuidada que tenía a su lado, te señalaba con el dedo y quedaba estupefacto, ambos quedaban. Les sonreías y te devolvían las sonrisas más sinceras que un ser humano puede desenmascarar. Te aplaudían, en coro. Te animaban a continuar, jiayou, gritaban. Alguno chapurreaba alguna palabra del inglés, come on, llegaban a decir. Sobretodo los hijos pequeños, hallo, añadían a veces. Y fotos y fotos y fotos. Y después la meta. Y la entrevista. Y más fotos. Inmersos en un mar de gente, donde la policía a veces había de intervenir para crear espacio. Fue aquí donde se me acerco un chico que ya había visto antes, animando cerca de la meta. Padecía de una enfermedad intuyo cerebral que le afectaba gravemente a la movilidad y a la pronunciación. Me agarró fuerte del brazo y me indicó por signos de hacerse una foto. Intenté transmitirle mi agradecimiento como pude. Eso intenté con todos y cada uno. Increíblemente conmovedor.
Desde entonces he reflexionado mucho sobre este tipo de adoración hacia lo occidental que se profesa aquí en China, tan diferente y opuesta al trato que se le dirige a todo lo oriental desde occidente.
Ambas actitudes del todo inmerecidas. Pensaba mucho cuando pasaba entre los aplausos, entre las sonrisas, si estas personas podrían ser las mismas que en Arabia Saudí se reúnen en la plaza para lapidar a una mujer. Al final todos somos seres humanos. Al final es la falta de criterio. Como se suele decir 'de la palmada en la espalda a la patada en el culo sólo hay un palmo'.
Pero me parecería muy injusto que después de aquel fin de semana donde todos y cada uno de los chinos con los que me crucé fueron de lo más encantadores, acabara mi historia achacando falta de criterio a su actitud. Me es mucho más reconfortante pensar, y a la buena honra de la gente de Shanxi, que la buena naturaleza ha logrado triunfar en aquella región poco conocida de China. Ojalá nuestra presencia allí no les haya dejado indiferentes, mejores personas no creo, pero al menos haberles divertido. En cuanto a mí, es una hermosa experiencia que me acompañará siempre.
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