Habiéndose expresado mi parte visceral, procuro serenarme y comenzamos de nuevo la historia.
Lo he hablado muchas veces con mis amigos, me lo he preguntado muchas veces, por qué tengo esa sensación de que el mal va ganando al bien. Hoy veinticuatro de Junio del dos mil dieciséis, hora de Pekín, he conocido que los resultados al referendum británico de mantenerse o salir de la Unión Europea han sido favorables a la desvinculación de este proyecto común. Yo he sido de una generación que creció bajo sueños prometedores, o a mí me lo parecían. Nacido sólo seis años después de la adhesión de España a la Unión Europea y once años antes de la invención de la moneda única, una unión de verdad, como sólo podía entender cuando era un crío, parecia inevitable a la vez que obvia. Cuando tuve conocimiento del esperanto, hubieron las veces donde soñaba que así como estudiábamos inglés, posiblemente mis hijos o nietos aprenderían este idioma de cohesión cuando fueran al colegio. La culpa de todo esto, a parte de mi inocencia, también la ha tenido el espectacular desarrollo que ha sufrido el mundo tecnológicamente en las últimas décadas. Me era imposible imaginar que si el hombre era capaz de, en tan sólo setenta años, pasar de alzar el vuelo tres metros a llegar a la luna, no seríamos capaces de evitar el hambre en el mundo y acabar con las guerras. Ahora, algo más crecidito, tengo bastante claro que poco tiene que ver el progreso en la ciencia con el progreso de una sociedad. En el primer caso, uno coloca un ladrillo encima de otro. En el segundo, primero se quita el ladrillo y luego ya se pone el otro, si se pone. Dos mil años de historia y para qué, si se siguen cometiendo los mismos errores. Los europeos debemos de ser gilipollas, porque parece que con dos guerras mundiales que sufrimos ayer, todavía no nos ha quedado claro que o bien superamos nuestras diferencias o bien nos extinguimos a ostias. La diferencia ahora es que, en estos tiempos convulsos y vertiginosos, hay nuevos niños en el patio del colegio. Ya no sólo somos Tim, Pierre, Gertrude y los otros cuatro, ahora también están Yin, Yan y Mohammed. Y resulta que Yin tiene un país como cien de los tuyos y Mohammed tiene mucho petróleo. ¿Y tú Tim? ¿Qué juguete te has traído al colegio? ¿Racismo y nacionalismo británico porque Great Britain is the very best, otherwise wouldn't be Great? Pues ala, castigado a la esquina y allí te pudras, pero no porque te lo mando yo, sino porque es lo que te va a pasar. Lo triste es que Tim se ha castigado él solito. Demos gracias que no nos arrastre al resto, pero bueno, en este caso Tim, que siempre ha sido buen marinero, de estos de muchos pendientes, loro al hombro y hasta pata de palo y parche en el ojo, un buen pirata vaya, seguro que se las arregla para mantenerse a flote. Intento evitar empapar el texto con la bilis que me corroe, pues subjetiviza completamente el tema, pero soy incapaz, no siento nada de compasión cuando veo que alguien destruye tan gratuitamente, cerrando las puertas a mi sueños de niño, algo que se ha tardado tanto en construir. Una idea que no entraba en la cabeza de tres generaciones anteriores a la nuestra. Europa unida. No debe haber muchas mejores causas que merezca la pena defender. Sufro de tremenda pena e impotencia, cuando veo a todos estos oportunistas hablar de descohesión maquillándola de mil maneras para que parezca progreso, para que parezca una buena idea. Se lo perdonaría si fuese igual de fácil construir que destruir, pero no lo es. Y esta gente que promueve la ruptura, olvidándose de lo fácil que es hacer apología del odio, morirán, como moriremos todos, pero el desastre de mundo que dejarán a sus espaldas será un nuevo marco de desconfianzas y un foco de renovadas tensiones que llevará de nuevo décadas y un puñado de buenas decisiones, que no abundan, para deshacer este mal. Y por eso, volviendo al inicio del párrafo, sufro de esta tamaña depresión, donde veo que día tras día, las buenas intenciones y los buenos proyectos son dejados brutalmente de lado por una agónica avarica y ciego egoísmo, que no sólo tienen las patas muy cortas, si no que se hunden como ladrillos.
Antes de dar por terminadas las líneas de hoy, me gustaría hacer especial mención a algunas de las voces que han aclamado el resultado del referendum, en particular a Le Penn, Trump, al de Holanda y a toda esa buena gente de ultraderecha con sus argumentos siempre reconfortantes. Especialmente me ha trascendido el ímpetu con el que toda esta gente ha ensalzado la libertad alcanzada y tan merecida por Gran Bretaña, como si estuviésemos hablando de la liberación de Polonia en la Alemania Nazi. Básicamente me encanta cómo se animan los unos a los otros, a destruir este nuestro mapa Europeo, para cuando luego todos tengan su villa particular, así como antes aclamaban la libertad de sus vecinos, pasarán a pasársela por el forro. Condenados hijos de puta.
Mi profundo pesar, he de reconocer, no viene porque el Reino Unido se vaya. En realidad, nunca estuvieron del todo. Es el símbolo que esto trae consigo lo que me preocupa. El precedente, la muestra de que Europa se puede caer a pedazos. Quisiera expresar mis deseos y esperanzas de que todo esto se revierta. Que toda esta crisis de una tregua y renueve la frescuera de un proyecto integrador. Es una desgracia que al final, una idea superior, como es conseguir un continente bajo una misma bandera, esté subyugado a razones económicas, que van y vienen. Ojalá la gente no siga siendo tan ciega de creer que separados nos irá mejor que juntos. Nunca fue así en los miles de años que llevamos, no va a ser así ahora.
Podría escribir mucho más, es tal el romanticismo que siento por este mi pequeño continente. Para mí Europa es una idea que siempre me atrapó desde pequeño, al fin y al cabo, para bien o para mal, Europa ha sido el motor y gran escultor, a base de sangre, del mundo en el que estamos. La idea de una Europa renovada, unida, con gran experiencia en lo que no se debe hacer, que luchaba finalmente por un proyecto tolerante, progresista, visionario, es la que siempre me ha acompañado. Como ave fénix, resurgió de sus cenizas tras la segunda guerra mundial, hito que marcó su punto más bajo e inició una tendencia que apuntaba alto, más alto que nunca. Y ahora desde fuera y, muy lamentablemente, desde dentro la quieren joder. Ojalá el sentido común, la cohesión y entendimiento venzan a las oleadas del miedo y desconfianza. Ojalá nunca me tenga que acordar de los aplausos que acompañaron al Brexit.
Quisiera también expresar que no soy ajeno a que la decisión de partición no es propia de cada británico, siendo de hecho un 48% de los votantes los que abogaban por la permanencia. Sería tema de otra entrada hablar de cómo de justo es que una diferencia de apenas un 2 % marque una cambio tan drástico en el rumbo de un país. Y otro tema a tratar sería cuándo se actualizará la democracia para cerciorarse de que cada uno de los votantes tenemos una mínima preparación para tomar según que decisiones. Porque sinceramente, si al final todos nos volvemos estúpidos, que parece que vamos por ese camino, una dictadura de estúpidos es bastante descorazonadora.
A modo de colofón, me gustaría añadir que si cambiamos las palabras Gran Bretaña por Cataluña y Europa por España, con algún que otro retoque en alguna línea, este texto seguirá siendo, desgraciadamente, igual de válido cuando llegue el momento.
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