Lena y Timor
se levantan de la cama perezosamente. Acaban de hacer el amor. Ya son diez los
años desde que Timor recogió la bufanda que Lena perdió del brazo y seis
desde que decidieron mudarse juntos. Ahora viven en un pequeño piso céntrico en
Madrid, un tercero, de bonita fachada y luminosas ventanas, una habitación, un
baño y un salón-cocina de esos modernos separados por unas encimeras, pero que
en esta casa, de acusado desgaste por el paso del tiempo, no deja de conferirle
un peculiar y anacrónico aspecto. De exquisita localización, a diez minutos a
pie del Retiro, dos minutos de la estación de metro más cercana, en medio del
vívido ambiente de la ciudad que apantallado por las gruesas y elegantes
ventanas acaba en un continuo pero sosegado rumor, que introduce a los dos
amantes el espíritu de la ciudad. Abandonan ambos la habitación, Timor acude al
frigorífico para preparar algo ligero que sirva de cena mientras que ella
desinteresadamente enciende el televisor y a continuación, corriendo
ligeramente la cortina, vigila furtivamente a los transeúntes. Si al contrario
de los que allí se encuentran, fuésemos un avispado observador, nos daríamos
cuenta de que al otro lado de aquella ventana se sitúa un perfilado cuerpo
de exquisitas curvas, pies descalzos, largas piernas y negras bragas de seda
parcialmente escondidas bajo una sencilla camiseta blanca de varias veces su
talla. Un cuello esbelto conduce a un bello rostro definido por delicadas
líneas. Tez blanca y labios rosados, ojos azules enmarcados por largas pestañas
bajo rectas y delgadas cejas que de cruzarnos con ellos habríamos de retirar la
mirada. Ella disfrutaba de mirar el caminar de la gente,
sus actitudes tan diversas, cómo prestaban vívido o casual interés a los
escaparates que conformaban la calle. Los coches mejor o peor aparcados, las
ventanas, de día algunas abiertas y otras cerradas y de noche algunas
adivinaban luces encendidas mientras que otras permanecían apagadas. Intentaba
obtener mentalmente patrones de estos actos, patrones que instantáneamente
descartaba, pero que le hacían jugar con extrañas y obscuras confabulaciones,
acaso el comportamiento de la gente estaba individualmente determinado o por el
contrario lo que veía era simplemente una muestra estadística de un
comportamiento dictaminado por la sociedad. Así está entreteniendo su mente
cuando la emisión del televisor que suena de fondo se interrumpe para dar paso a un boletín informativo.
Última hora, inicia el encabezado. Ataques nucleares en las ciudades de Nueva
York, Boston y San Francisco. Otros ataques han sido neutralizados. A la espera
de confirmación del presidente de los Estados Unidos y atendiendo al protocolo
establecido, se prevén ataques en las principales ciudades de Pekín, Shanghái,
Chongching, Shenzhen y Harbin, entre otras. Recuperando de nuevo la consciencia
para respirar, Lena no puede creer lo que escucha. Mira instintivamente a Timor
buscando comprensión para a continuación darse cuenta que los platos en los que
su novio estaba atareado yacen rotos en el suelo y su mirada perdida ante el
televisor, ante un mundo oscuro que rasga cruelmente su burbuja de locus amoenus, una horripilante realidad
que no sólo amenaza, sino que acababa de destruir sus esperanzas para siempre,
rotas las ilusiones por la sensibilidad inexistente de una pantalla de
veinticuatro pulgadas. La noticia continúa: Rusia lanza ataques preventivos
contra Berlín y Varsovia, rápido despliegue de tropas hacia las fronteras y
movimiento de flotas hacia zonas estratégicas. España, miembro de la OTAN, debe
preparar las bases aéreas para el aterrizaje y reabastecimiento de bombarderos
tácticos y nucleares y las estaciones de escudos antimisiles deben estar en
máxima alerta. Se ruega a los civiles por favor acudan a los subterráneos más
cercanos y permanezcan allí con las radios encendidas a la espera de nuevas
noticias. Ambos continúan paralizados mirando el televisor. Despiertan con los
llantos encendidos de niños llevados apresuradamente en los brazos firmes de
sus madres, de puertas al cerrarse y de pisadas aceleradas por las escaleras.
Entonces Timor se acerca a Lena y con una suavidad majestuosa la envuelve en
sus brazos, como si temiera romper la delicada porcelana en que Lena se había
convertido. Se miran fijamente, esa mirada que atravesaba los más oscuros
secretos y corazones, Timor la mantiene, pues su corazón es de ella y no hay
secretos que tuviera que esconder. Ella llora y él tiene que hacer un gran
esfuerzo para no quebrarse con ella. Ambos saben lo que tienen que hacer. Esta
situación no era inimaginable para ellos, se empezó a esbozar en sus mentes
hace dos años, cuando aquellas estúpidas islas, las Spratly y Paracel, fueron
el foco de una escalada de tensiones entre las potencias de Estados Unidos y
China, cada uno con su propio circo ambulante de portaviones y submarinos. Ya
casi había transcurrido un siglo desde
la segunda guerra mundial y desde entonces se había producido una renovación
íntegra de generaciones. Ya no quedaba alma viva de aquella ignominiosa época
para recordarnos los desastres que derivan cuando los egos de los líderes
acompasados por los nacionalismos de sus ciudadanos chocan de frente. La
invasión de Taiwán por parte de China hacía tres meses no alentaba a una mejora
de la situación y la lluvia nuclear sobre Corea del Norte del mes pasado dejó
patente que las bombas atómicas estaban de nuevo sobre la mesa y con ganas de
usarse. Así que sería impreciso decir que Lena y Timor no esperaban que esto
ocurriese, pero es injusto achacarles que les pillara de sorpresa, por muchas
señales que se tengan, es difícil admitir el fin de una vida acomodada. Pero
sin duda este boletín de noticias lo anunciaba, estaban en guerra. No en su
guerra, por supuesto y no me refiero a España. Miembro de pleno derecho y con
los tratados en vigor, España entraba en guerra por la puerta grande, así se lo
había ganado perteneciendo a pretenciosas alianzas. Me refiero a Lena y a Timor.
En absoluto era su guerra y no pensaban formar parte de ella. El piso en que
vivían era su microestado desde el que observaban como cada día, desde el mismo
sitio, se distanciaban más y más del mundo que les rodeaba. No comprendían los
intereses de los hilos conductores de la sociedad, o mejor dicho, sí los
comprendían pero no llegaban a entender cómo tan bajas ambiciones conquistaban el
corazón y las pasiones de tal multitud. Timor dijo una vez: Es culpa de la
bajeza de sus corazones, de los intereses egoístas y de la envidia al vecino,
de no mirarse al espejo y entenderse a uno mismo, entender que lo que se
necesita ya se tiene y no se necesita más. Entender que el tiempo es oro y que
el oro es una pérdida de tiempo. –Te recuerdo que esta casa se alquila con oro,
pero continúa, me encanta cuando te indignas - réplico Lena con una pícara
sonrisa, mientras le desabrochaba los pantalones. – Tienes razón, es cierto que
puedo sonar cínico. Sin duda la felicidad de cada persona necesita de una
solución particular y yo he tenido la suerte de encontrar la mía. Nunca seré
capaz de pagar la deuda al mundo por hacerte caer la bufanda aquella vez, por
abrirme la puerta a hacerme tuyo. – Y yo soy tuya. Jadeó Lena mientras él le
penetraba. Ese mundo de pasión y ternura distaba ahora años luz. Y sin embargo
allí están, los dos, uno frente al otro, los mismos que hacía diez minutos pero
con los sueños rotos. Se observan los rostros, de repente envejecidos, pero
conservando el esplendor y la frescura de una vida bien llevada, el resultado
de los años felices que llevan juntos. No lo van a permitir, no van a permitir
que terceros por ruines intenciones destrocen lo que tantos bonitos recuerdos
han construido, tantas felices vivencias conseguidas. No van a permitir que una
insolente onda expansiva arrebate la última palabra de la boca de los amantes y
peor aún, no permitirán que los estragos del hambre, la cruel naturaleza humana
en tiempos de guerra y el sufrimiento hagan presa de estos bellos cuerpos. No
quieren ver el rostro de la guerra, el eterno fracaso de la condición humana. Y
en caso de sobrevivir, no quieren tener nada que ver con lo que vendrá después,
con el aborto de planeta que resultará entre las cenizas, con los titánicos
esfuerzos que harán falta para volver a fertilizar campos y mentes de mismos
frutos e ideas mejores. Pasarán siglos hasta que vuelva a haber calles hermosas
con elegantes fachadas. Esa será la batalla de otros, de aquellos que estén
presentes por no haber tenido la posibilidad de elegir el suicidio o por los
que habiéndola tenido consideren que su vida aún puede merecer el intento. No
lo consideran así ellos. Timor va al baño y extrae dos cápsulas de cianuro del
botiquín. Se dirige a la habitación, se desnuda y se tumba en la cama donde ya
se encuentra Lena también desnuda. Fuertemente abrazados se despiden
verbalmente y con los corazones. Hacen las paces con el mundo y satisfechos con
la vida que han tenido y agradecidos por la oportunidad y la fortuna de haberla
vivido, tragan el veneno.
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