Saturday, 16 December 2017

El cisne dorado

Se agolpan en largas colas previas al control de seguridad. Ruido, mucho ruido. Niños gritando, padres, adultos y jóvenes. Ligeros empujones reflejan la impaciencia del público por pasar el control y poder fotografiarse con el cartel publicitario para más tarde acceder a través de la puerta correspondiente a la grada asignada. Hace frío fuera, está bien entrado el invierno y abruma ver el hastío de gente con sus aparatosos abrigos, principalmente plumas de conocidas marcas. Se ven muchas zapatillas, la mayoría además de colores llamativos a juego con absolutamente nada. Otras personas optan por una apariencia más glamurosa, o un intento. Ellas pintadas como puertas y tacón de diez centímetros que a cada paso anuncia al apache que se prepare para zafarrancho. Ellos con estrambóticos peinados y camisas con motivos asemejan la elegancia de una cabra. Acuden todos ellos a ver la nueva representación del afamado grupo de baile alemán 'die Monocoque-Flugzeuge'. Empezaron como tantos otros promocionándose en diversas plataformas digitales y no fue hasta su exitosa coreografía 'Dance out of the box' cuando, previa viralización, pasaron a ser ampliamente conocidos. Diversas productoras no tardaron en contactar con ellos y finalmente una de las más solventes les lanzó a los escenario de medio mundo. 'El cisne dorado' es la obra gestada para esta temporada y tras un mes de preparación en el más absoluto silencio mediático, las expectativas son enormes y el aforo: completo. Y no decepcionan. El espectáculo es abrumador, no es difícil intuir porqué ha sido la puesta en escena más cara de toda la historia del espectáculo. En el escenario, sistemas hidráulicos crean gigantescos saltos de agua estupendamente diseñados para que no cortocircuiten el entramado de cables y sistemas de potencia que permite el despliegue de luces, gases criogénicos y fuegos de colores que emulan las más dicharacheras fantasías. Y sobre este titánico montaje, una coreografía muy elaborada sorprende con movimientos atrevidos y combinaciones vertiginosas, expertos funambulistas y formidables cables de nylon quitan el aliento al público entregado. Autoinvitados al espectáculo de luz y sonido, éstos toman selfies a la vez que jalean como un enjambre enfervorecido. La grada tintinea al ritmo que pulsa la pantalla del móvil para capturar el momento y que se quede, lamentablemente, capturado mas no vivido. A través de los dispositivos electrónicos, la exhibición ofrece la posibilidad de hacer una valoración a tiempo real de cada elemento de la actuación. En este gesto magnánimo y democrático, las masas no dudan en hacer de la república imperio y juzgan como déspotas lo que se ofrece ante sus ojos. Finalizado el espectáculo y todavía embriagados por la orgía para todos los públicos que acaban de presenciar, los espectadores satisfechos comentan bajo la euforia intrusiva las grandezas del evento. Echando mano una vez más de sus aparatos digitales escriben comentarios de lo más generosos en todo tipo de red, blog, servicios de mensajería y demás plataformas. De la manera menos educada posible se dirigen hacia la salida, eufóricos de haber sido partícipes de esta obra maestra.
Dos avenidas y catorce calles hacia las afueras, en el modesto y decadente auditorio de un denostado barrio de peores presencias, Odette sufre por última vez el inocente pero a la vez implacable error de Siegfried. Pocos aplauden, pocos hay y algunos bostezan, escasos lloran. Odette llora, si al menos fuese cierto, si pudiera ser un cisne toda su vida...





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