Thursday, 21 September 2017

Sobre el independentismo en Cataluña

Empecé a escribir (de hecho continúo con el draft, que después de terminar este post finalmente borraré) sobre el problema del independentismo en Cataluña. Empecé a escribirlo el quince de enero de este mismo año, a raíz de que en aquel vuelo en particular, Munich-Pekín, de regreso a China, nueve horas donde como ya es habitual padezco total insomnio (Morfeo y yo no cogemos los mismos vuelos), no hacía más que rondarme la cabeza una tremenda indignación con el rifirrafe imprescindible de cada telediario. Una vez puse pie en tierra extranjera, las ganas de desahogarme bajaron al punto de que ya no había necesidad de desahogo ninguno y así fue que abandoné el post en el encabezado, que era básicamente reescribir sobre el Brexit pero con otro nombre. Ocho meses después, tengo un vuelo más tranquilo, Frankfurt-Pekín, con la cabeza ocupada en otras cosas, y sin embargo es aquí, en Pekín, donde se reaparecen los fantasmas. Día tras día Cataluña es noticia en la BBC. ¿Cómo hemos llegado a ésto? Me pregunto. Y ésto ya no es como antes, ahora el tiempo no tiene un carácter disolutivo sino todo lo contrario, una cuenta contrarreloj donde los trenes avanzan de frente. Y de las posibles colisiones, ninguna es satisfactoria para la gente sensata. Pero en este mundo que vivimos ahora, donde primero se opina y luego se reflexiona, sumarse al vagón es una pasada y a muerte con ello. Y así, colisión tras colisión.
Fuera de metáforas, a mí me parece un error. La independencia. Y el gobierno de Rajoy me parece lamentable, lo dejo claro porque en este mundo de blancos y negros, España, paella. Porque así se funciona, las complejidades asustan y las simplezas reconfortan. No hay lugar para los matices. Pero centrándome en la independencia, lo que se plantea ahora mismo como un problema político, no deja de ser un problema filosófico. Ese derecho a la autodeterminación que suena tan bien, qué es eso y hasta qué punto es aplicable. Quiero decir, por recurrente aplicación de este principio y resaltando más las diferencias que las similitudes, imagino que todo acabaría con una península de cincuenta millones de países. Cada cual rey en su trono, porque no los hay dos iguales. Obviamente, ésto no se contempla ni se contemplará, pero sirve como referencia para ver que a falta de sentido común, poner el límite puede ser complicado. Soy conocedor de las diferencias culturales y por supuesto lingüísticas que se dan en varias regiones de España, pero no es condición suficiente, si acaso necesaria, para una ruptura. Desde luego sí es condición necesaria para un movimiento nacionalista, que en ésto el mundo y en particular Europa, no son nuevos y a la luz de los acontecimientos seguimos sin aprender la lección. Lo que quiero decir es que, en este país donde no hay ningún tipo de discriminación hacia los ciudadanos catalanes, considero que no sólo es más pragmático sino a la larga más fortificante, que sumemos juntos a que cada uno, en una lucha estéril por reivindicar una identidad que no se niega, vaya por su lado.
La mala suerte del momento además es que, el gobierno contra el que se levanta el nacionalismo catalán, es un gobierno incapaz, tan desastroso que les hace parecer un movimiento de liberación. Y casi así se les retrata en diversos medios. Pero no hay que equivocarse, que Cataluña no son los Rohingya, ni España, todavía y afortunadamente, es Myanmar. Que en Cataluña no hay más opresión de la que llega a cualquier otro ciudadano a través, por ejemplo del iva cultural o de la corrupción que rige impune. Que España no es sólo su administración. Que independizarse no es librarse de una invasión, sino dar la espalda a aquellos españoles que cantaron en catalán como reacción al franquismo o los que ahora asistimos impotentes a como el gobierno nos avergüenza constantemente. Los movimientos nacionalistas, han sido siempre de naturaleza egoísta, de ahondar en la diferencia y discriminar positiva o negativamente según la etiqueta. Los hechos recientes asustan, un año tras el Brexit debería haber una conciencia más elaborada de lo delicada que es la situación. La Unión Europea con menos de un siglo de antigüedad, si uno no es capaz de entenderla debería al menos recordar lo que fue Europa sin ella: más de dos milenios continuados de guerras. Europa por primera vez estaba limando fronteras, existía un tránsito libre por toda ella como compatriotas y no como enemigos y sin embargo, nuestras generaciones que no conocieron aquellos horrores, olvidamos rápidamente lo volátil que es todo y, con mentalidad ingenua e inmadura, se resucitan aquellos monstruos. Vivimos en un tiempo de integrar y pensar a largo plazo. El mundo ya no sólo es Europa y estas estúpidas divisiones, estas pérdidas de tiempo que no aportan nada porque son ilusiones de una épica elaborada, acabarán saliendo caro.
Sigamos conduciendo esta sociedad corta de miras y profundamente egoísta al suicidio, a base de decisiones coléricas y de cambiar leyes a golpe del fervor del momento para dar por culo a Sócrates. Y así arruinemos toda estabilidad y convivencia que tan difícil es de conseguir y tan fácil es de desbaratar.

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