La primera edición que leí es la de ‘Colección Biblioteca Nacional de España’ que incluye sólo el capítulo de ‘Dios y el Estado’ del manuscrito de Bakunin junto con sus cartas sobre el Patriotismo. Después leí la edición de ‘Biblioteca Digital’ que sí incluye el manuscrito completo, es decir los capítulos ‘El principio de autoridad’, ‘El principio divino’, ‘Dios y el Estado’ y ‘el principio del Estado’. Ignoro a qué se debe esa selección de la ‘Colección Biblioteca Nacional de España.
La reflexión del autor se puede estructurar en una parte negativa en la que Bakunin rechaza las teorías del idealismo y la teología y una segunda parte positiva en la que postula sus ideas del materialismo, que es la base del anarquismo (concepto no mencionado en esta obra). La parte negativa es mucho más extensa que la parte positiva y en mi opinión ésta es la gran falta del libro. La parte negativa, aunque es interesante, es propia de otros tiempos y en gran medida se me hace repetitiva y generalmente innecesaria. Hay fragmentos que se le escapan de las manos en los que el autor se empantana y recurre a la dialéctica para desmontar ciertas abstracciones como es la idea de Dios que me parece un poco tosco y que denota una carencia de aparato matemático:
<i>Todo ser que fuera infinito como él y distinto de él, le pondría un límite y, por consecuencia, le haría un ser determinado y finito. Al reconocer, pues, el alma inmortal un ser infinito como ella y que no es ella misma, reconócese necesariamente como ser finito. Lo infinito no es realmente tal, sino cuando lo abarca todo y no deja nada fuera de él; [...] Las palabras infinito superior é infinito inferior, implican un absurdo. [...] El infinito que halla algo fuera de sí mismo, encuentra un límite y ya no es tal infinito, así es que dos infinitos que se encuentran, se anulan.</i>
La parte positiva es mucho más breve pero su mayor defecto es que carece de una exposición clara en la que Bakunin defina de una forma pragmática cómo se puede conducir a la humanidad a lo que el autor denomina <i>Era de la fraternidad</i>. De esta parte de gran interés es la definición del concepto de la libertad, que en contraposición a los idealistas, el autor lo define como un estadio exclusivamente alcanzable en sociedad y permite una de las reflexiones más bonitas del libro:
<i>La definición materialista, realista y colectivista de la libertad, completamente opuesta á la de los idealistas, es como sigue: El hombre no es realmente hombre ni llega á tener conciencia de la realización de su humanidad más que en la sociedad, y solamente por la acción colectiva de la sociedad entera; no se emancipa del yugo de la naturaleza exterior sino por el trabajo colectivo ó social, que sólo es capaz de transformar la superficie de la tierra en una morada favorable al desenvolvimiento de la humanidad; sin esta emancipación material, no puede haber emancipación intelectual y moral para nadie.[...] el hombre aislado no puede tener la conciencia de su libertad. Ser libre, para el hombre, significa ser reconocido, considerado y tratado como tal por otro hombre, por todos los hombres que le rodean.[...] La libertad no es, pues, un hecho de aislamiento, sino de reflexión mutua; no de exclusión, sino al contrario, de unión; la libertad de todo individuo no es otra cosa que la reflexión de su humanidad ó de su derecho humano en la conciencia de todos los hombres libres, sus hermanos, sus iguales. [...] No soy humano ni libre sino cuando reconozco la humanidad y la libertad en todos los hombres que me rodean. [...] El gran mérito del Cristianismo consiste en haber proclamado la humanidad de todos los seres humanos, incluyendo las mujeres, la igualdad de todos los hombres ante Dios. Pero, ¿cómo lo ha proclamado? En el cielo, para la vida futura, no para la vida presente y real, no sobre la tierra. </i>
Postulado este concepto de libertad, sólo alcanzable en sociedad, el autor define dos elementos necesarios para conseguirla:
El primer elemento es el desarrollo de las capacidades humanas a través de la educación, la instrucción científica y la prosperidad material. Factores sólo alcanzables en sociedad.
El segundo elemento es de rebeldía contra la autoridad, tanto divina (<i>mientras tengamos un amo en el cielo, seremos esclavos en la tierra</i>) como humana. La autoridad humana la divide en dos tipos:
La tiranía del Estado: Bakunin persona en el Estado la fuerza bruta y la iniquidad que ha surgido históricamente de la violencia. En sus palabras <i>no hay necesidad de decir que el Estado es el mal, pero un mal históricamente necesario, tan necesario en el pasado, como necesaria será, más tarde ó más temprano, su extinción completa;</i>. El Estado' no convence, si no que impone y <i>el bien, desde el momento en que es impuesto, desde el punto de vista de la verdadera moral, de la moral humana, no divina indudablemente, desde el punto de vista del respeto humano y de la libertad, el bien, repito, se convierte en mal.</i>. Y de aquí el autor deduce una preciosa reflexión: <i>el bien, desde el momento en que es impuesto, desde el punto de vista de la verdadera moral, de la moral humana, no divina indudablemente, desde el punto de vista del respeto humano y de la libertad, el bien, repito, se convierte en mal.</i>
La tiranía social: En mi opinión es otra de las grandes reflexiones de esta obra. Bakunin la define como la autoridad que emana de la influencia natural de la sociedad. Aquella que domina al ser humano por sus hábitos y costumbres, por sus sentimientos y prejuicios, lo que se denominaría opinión pública. Es mucho más poderosa que la tiranía del estado y la única forma posible de rebelarse contra ella es rebelarse contra uno mismo. No es necesariamente perjudicial aunque suele serlo, y es provechosa cuando tiende al desarrollo de la ciencia, de la prosperidad material, de la libertad, de la igualdad y de la solidaridad fraternal. <i>Una rebelión radical contra la sociedad será, pues, tan imposible para el hombre, como una rebelión contra la naturaleza, puesto que, en último término, la sociedad no es otra cosa que la última gran manifestación ó creación de la naturaleza sobre este mundo;</i>
Y de estas tiranías o autoridades se destilan las bases del anarquismo:
<i>Yo recibo y doy, tal es la vida humana. Cada uno es autoridad dirigente y cada uno es dirigido a su vez. Por tanto no hay autoridad fija y constante, sino un cambio continuo de autoridad y de subordinación mutuas, pasajeras y sobre todo voluntarias. [...] Esa misma razón me impide, pues, reconocer una autoridad fija, constante y universal, porque no hay hombre universal, hombre que sea capaz de abarcar con esa riqueza de detalles [...] si una tal universalidad pudiera realizarse en un solo hombre, quisiera prevalerse de ella para imponemos su autoridad, habría que expulsar a ese hombre de la sociedad, porque su autoridad reduciría inevitablemente a todos los demás a la esclavitud y a la imbecilidad.</i>
<i>En una palabra, rechazamos toda legislación, toda autoridad y toda influencia privilegiadas, patentadas, oficiales y legales, aunque salgan del sufragio universal, convencidos de que no podrán actuar sino en provecho de una minoría dominadora y explotadora, contra los intereses de la inmensa mayoría sometida. He aquí en qué sentido somos realmente anarquistas.</i> [Única referencia en todo el manuscrito al anarquismo].
Tras esta introducción de los conceptos, el lector esperaría encontrar una exposición de cómo el autor plantea llevarlos a la práctica, y por un momento así parece que Bakunin se dispone a hacer:
<i>debo mostrar ahora cómo la ciencia real, el materialismo y el socialismo (este segundo término no es más que el justo y el completo desarrollo del primero), precisamente porque toman por punto de partida la naturaleza material y la esclavitud natural y primitiva de los hombres, y que por lo mismo se obligan a buscar la emancipación de los hombres, no fuera, sino en el seno mismo de la sociedad, no contra ella sino por ella, deben aspirar total y necesariamente al establecimiento de la más amplia libertad de los individuos y de la humana moralidad.</i>
Pero justo ahí acaba esa parte del desarrollo sin solución de continuidad. Lo único que encontramos es una breve exposición del papel de la ciencia en la parte del ‘Principio de Autoridad’:
<i>la mayor parte de las leyes naturales inherentes al desenvolvimiento de la sociedad humana, y que son también necesarias, invariables, fatales, como las leyes que gobiernan el mundo físico, no han sido debidamente comprobadas y reconocidas por la ciencia misma. Una vez que hayan sido reconocidas primero por la ciencia y que la ciencia, por medio de un amplio sistema de educación y de instrucción populares, las hayan hecho pasar a la conciencia de todos, la cuestión de la libertad estará perfectamente resuelta. [...] La libertad del hombre consiste únicamente en esto, que obedece a las leyes naturales, porque las ha reconocido él mismo como tales y no porque le hayan sido impuestas exteriormente por una voluntad extraña, divina o humana cualquiera, colectiva o individual. </i>
Una nota al pie que arroja algo más de luz pero de una forma extremadamente vaga (en la edición ‘Colección Biblioteca Nacional de España’):
<i>Esta inteligencia no tendrá ni profesores titulados, ni profetas, ni sacerdotes pero iluminándose con la luz de todos y cada uno, no fundará ni Iglesia nueva ni Estado nuevo, destruirá hasta los últimos vestigios de ese principio fatal y maldito de la autoridad, tanto humana como divina, y dando plena libertad a cada uno, realizará la igualdad, la solidaridad y la fraternidad del género humano.</i>
Y dos fragmento de la carta sobre el patriotismo ‘El Patriotismo fisiológico o natural’:
<i>emplear constantemente la fuerza de voluntad, es decir, el hábito de querer que han desarrollado en nosotros circunstancias imprevistas o independientes de nosotros mismos, en la extirpación de las malas costumbres y en reemplazarlas por buenas. Para humanizar una sociedad entera, es preciso destruir sin piedad todas las causas, todas las condiciones económicas, políticas y sociales que producen en los individuos la tradición del mal, y reemplazarlas por condiciones que tuvieran por consecuencia necesaria engendrar en esos mismos individuos la práctica y el hábito del bien.
El socialismo, como trataré de demostrar en la continuación de estos artículos, el socialismo, repito, poniendo en el lugar de la justicia política, jurídica y divina la justicia humana, reemplazando el patriotismo por la solidaridad universal de los hombres, y la competencia económica por la organización internacional de una sociedad completamente fundada sobre el trabajo, podrá únicamente poner fin a esa manifestación brutal de la animalidad humana que se llama la guerra.</i>
Mi opinión después de leer este manuscrito, es que la obra contiene unas reflexiones tremendamente lúcidas y necesarias. Nadie con sentido común no podría estar de acuerdo en gran parte de las ideas que aquí se plantean en rechazo a la autoridad, bien sea la ficticia autoridad divina o la real humana.
La gran falta es sin duda en que se quedan en eso, en reflexiones muy idealistas y sin ninguna propuesta de cómo puede avanzar la sociedad hacia este último estadio de fraternidad, más allá de una instrucción en la ciencia y la extirpación de las malas costumbres por las buenas, pero que carece de cualquier sugerencia práctica, más allá de la rebelión. ¿Y después de la rebelión qué? ¿Qué tipo de organización ha de esperarse, qué es eso de la organización internacional de una sociedad fundada sobre el trabajo? ¿Cómo definimos las buenas costumbres? Son ideas interesantes y atractivas pero que carecen de un cuerpo realista.
En cualquier caso, no puedo evitar sentir vaga nostalgia, seguramente idealizada, de aquella época en la que el debate político de las naciones incluía estas ideas donde grupos nada despreciables de personas se sentían inspirados en mayor o menor grado por estos manifiestos, dando incluso su vida por ellos. El debate de la libertad a día de hoy, quizás más necesario que nunca con la irrupción de las IAs, no puede estar más lejos y más en pañales. Es realmente frustrante, que en una sociedad mucho más alfabetizada que la de antes no haya debates serios sobre cómo queremos organizar la sociedad y hacia dónde queremos ir. ¿Tan difícil es rescatar estos manifiestos y de forma sosegada y sensata, reabramos el debate y procuremos construir sobre ellos? Claro que es difícil, solo una miopía manifiesta podría justificar que los estados modernos no sean capaces de tomar medidas contra hechos palmarios como el genocidio de Israel o el cambio climático. ¿Cómo vamos a discutir sobre conceptos abstractos como el papel de la autoridad?
Otras reflexiones interesantes del libro:
<i>busquemos solamente la luz humana, la sola que puede ilustrarnos, emanciparnos, emanciparnos, hacernos dignos y dichosos, y que no es en el principio de la historia sino a su fin, donde se la ve, y sentemos que el hombre en su desenvolvimiento histórico, ha partido de la animalidad para llegar de más en más a la humanidad. No miremos, pues, nunca atrás, siempre adelante, porque adelante está nuestro sol y nuestra salvación; y si nos es permitido mirar alguna vez atrás, es sólo para comprobar lo que hemos sido y no volver jamás a serlo, lo que hemos hecho, y no volverlo a hacer nunca.</i>
O ésta sobre la tendencia habitual del ser humano en caer en la credulidad:
<i>no estaremos en condiciones de atacarla en las profundidades mismas del ser humano, donde ha nacido, y, condenados una lucha estéril, sin salida y sin fin, deberemos contentamos siempre con combatirla sólo en la superficie, en sus innumerables manifestaciones, cuyo absurdo, apenas derribado por los golpes del sentido común, renacerá inmediatamente bajo una forma nueva no menos insensata. En tanto que persista la raíz de todos los absurdos que atormentan al mundo, la creencia en Dios permanecerá intacta, no cesará de echar nuevos retoños. Es así como en nuestros días, en ciertas regiones de la más alta sociedad, el espiritismo tiende a instalarse sobre las ruinas del cristianismo. [...] debemos forzarnos en comprender la génesis histórica de la idea de Dios, la sucesión de las causas que desarrollaron produjeron esta idea en la conciencia de los hombres. Podremos decirnos y creernos ateos: en tanto que no hayamos comprendido esas causas, nos dejaremos dominar más o menos por los clamores de esa conciencia universal de la que no habremos sorprendido el secreto; y, vista la debilidad natural del individuo, aun del más fuerte ante la influencia omnipotente del medio social que lo rodea, corremos siempre el riesgo de volver a caer tarde o temprano, y de una manera o de otra, en el abismo del absurdo religioso.
Eso fue de una audacia y un absurdo inauditos, el verdadero escándalo de la fe, el triunfo de la tontería creyente sobre el espíritu, para las masas; y para algunos, la ironía triunfante de un espíritu fatigado, corrompido, desilusionado y disgustado de la investigación honesta y seria de la verdad; la necesidad de aturdirse y de embrutecerse, necesidad que se encuentra a menudo en los espíritus extenuados: Credo quod absurdum. Creo lo absurdo; y no creo sólo lo absurdo; creo precisamente y sobre todo en ello porque es absurdo. Es así como muchos espíritus distinguidos y esclarecidos de nuestros días creen en el magnetismo animal, en el espiritismo, en las mesas móviles -y ¿por qué ir tan lejos?-: creen en el cristianismo, en el idealismo, en Dios.</i>
Divertida reducción al absurdo del Dios cristiano:
<i>Es singular este Dios de los cristianos. Crea al hombre de manera que puede y debe pecar y caer. Teniendo Dios entre sus atributos infinitos la omnisciencia, no podía ignorar, al crear al hombre, que éste caería. Y puesto que lo sabía, el hombre debía caer, porque de otro modo hubiera dado un mentís insolente a la omnisciencia divina. ¿A qué se nos habla entonces de la libertad humana? Sólo existe fatalidad. Obediente a esta pendiente fatal que por otra parte, el más sencillo padre de familia habría podido prever en el lugar del buen Dios, el hombre cae: y he aquí que la divina perfección cae en una terrible cólera, en una cólera tan ridícula como odiosa: Dios no maldice solamente a los transgresores de su rey, sino a toda la descendencia humana, aun a la que no existía todavía y que, por consecuencia, estaba inocente del pecado de nuestros primeros padres; y no contento con esta injusticia irritante, maldice también a ese mundo armónico que era de igual modo inocente, y lo transforma en un receptáculo de crímenes y de horrores, en una perpetua carnicería. Después, esclavo de su propia cólera y de la maldición pronunciada por él mismo contra los hombres y el mundo, contra su propia creación, y acordándose un poco tarde de que era un Dios de amor, ¿Qué hizo? No es bastante haber ensangrentado el mundo con su cólera, y este Dios sanguinario vierte la sangre de su hijo único; lo inmola bajo el pretexto de reconciliar al mundo con su divina majestad. ¡Y si hubiera conseguido algo con esto! Pero no: el mundo continuó tan ensangrentado como antes de la redención. De donde resulta claramente que el Dios de los cristianos, como todos los Dioses que le han precedido, es un Dios tan impotente, como cruel y tan absurdo como malvado.</i>
Otras citas:
<i>un ignis fatuus que ni calienta ni ilumina.
En cuanto a la universalidad de un error, no prueba más que una cosa: la similitud, si no la perfecta identidad de la naturaleza humana en todos los tiempos y bajo todos los climas.
la ciencia es la brújula de la vida, pero no es la vida. [...] la ciencia tiene por misión única esclarecer la vida, no gobernarla.
La vida es fugitiva, pasajera, pero también palpitante de realidad y de, individualidad, de sensibilidad, de sufrimientos, de alegrías, de aspiraciones, de necesidades y de pasiones.
hasta que, en fin, en la segunda mitad del siglo XVIII reaparece de nuevo a la luz del día, levantando atrevidamente la bandera del ateísmo y del materialismo.</i>
Deístas: que cree en la exiostencia de un Dios, pero no en las enseñanzas de ninguna religión específica.
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