Tras la buena
experiencia con el libro de ‘China’, los tomos de Blasco Ibáñez de cualquiera
de los países que tuvo la oportunidad de visitar en su viaje por el mundo me
parecen de obligada lectura para el que quiera acercarse a la historia de este
o aquel país en una época donde el turismo masivo no había estereotipado y
uniformizado las diferentes culturas. Esta vez en Japón, es un auténtico placer
leer sus líneas que con una pluma brillante sintetizan en pocas páginas descripciones
que habrían de ser inmensas.
El contexto
histórico durante su visita sitúa a Japón en una etapa de una modernización
frenética, con un nacionalismo exaltado, especialmente tras la victoria contra
Rusia veinte años atrás que consolidó a Japón como la única nación del mundo no
occidental capaz de hacer frente a los imperios europeos. Este nacionalismo que
ya asoma a imperialismo, se ha anexionado el reino de Corea algo más de diez años antes (con asesinato de
reina incluido) y está a apenas otros diez años del incidente de Mukden en
Manchuria, que será el pretexto que use Japón para la invasión de China. El propio
autor ya vaticina el futuro próximo:
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Pero
hay no sé qué en la sonrisa de los pequeños que hace sospechar la oculta y
secreta convicción, adquirida en la escuela desde las primeras lecciones, de
que el Imperio japonés es el pueblo más superior de la tierra y algún día
obtendrá la hegemonía que le pertenece por su origen divino.
-
El
Japón siente una cólera sorda, cada vez más grande, al ver que no puede avanzar
sin que la mano de alguna de las potencias blancas se apoye en su pecho. ¡Quién
sabe si Magallanes, al dar el nombre de Pacífico al mayor de los océanos,
inventó, sin saberlo, la más cruel y sangrienta de las ironías de la Historia!
En esta
atmósfera, el autor desembarca en Japón, en diciembre de 1923, justo escasos
meses después del terremoto devastador que ocurrió en Yokohama, a pocos
kilómetros de Tokio, con cientos de miles de muertos.
-
Esta
bahía tiene a un lado Tokio, en el centro Yokohama, y al oeste, fuera de su
boca, la derruida ciudad de Kamakura. Hace siglos figuró como capital del
imperio. Ahora, Kamakura solo interesa por sus viejos templos, perdidos entre
la vegetación de bosques y jardines.
Mitología
Japonesa:
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Los
principios de su mitología resultan oscuros y complicados. Vagan en su limbo
muchos dioses de historia y atribuciones inciertas. Los primeros conocidos son
Izanagui y su esposa Izanami. Este matrimonio de dioses era tan inocente que
ignoraba el amor, y fueron dos pájaros los que se lo enseñaron.
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de su
ojo izquierdo nació Amatérasu, la diosa del Sol; de su ojo derecho, el dios de
la Luna, y de su nariz, Susanoo, el Hércules de la mitología japonesa, más
violento aún que este en sus hazañas guerreras.
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Del
acoplamiento de la hermosa Amatérasu y del agresivo Susanoo descienden los
actuales emperadores del Japón.
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Un
nieto de Susanoo y Amatérasu fue el primer Mikado o emperador del Japón que
registra la Historia, llamado Jimmuteno.
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la
lista cronológica del Mikado, que ocupa sin ninguna interrupción veintiséis
siglos.
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Los
emblemas del emperador japonés son un espejo de mano, un sable y una joya. El
espejo de mano es el mismo que los dioses entregaron a Amatérasu para que
contemplase su belleza.
-
El
Espejo Sagrado y el Sable Sagrado vienen existiendo desde entonces, y cada vez
que se proclama un nuevo emperador, la ceremonia más interesante de la
entronización es el viaje del monarca a un templo antiguo de Isé, donde están
ambos objetos. Ni el mismo emperador logra conocerlos. Queda a solas con ellos,
pero no los ve ni los toca. Hace muchos siglos que fueron envueltos en telas de
seda, y cada vez que estas envejecen, los sacerdotes añaden por encima otras
nuevas, siendo después de tantas renovaciones unos paquetes informes de
tejidos, cuyo contenido hay que imaginarse con ayuda de la fe.
-
dios
del Trueno y el dios del Viento. En muchos templos japoneses se encuentra a la
entrada esta pareja de divinidades de ojos saltones o iracundos, risa feroz,
dientes carnívoros y brazos levantados con expresión amenazante. Los colocan
para poner el edificio bajo su protección y que no lo devore el fuego o lo
destruya el huracán.
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Kuanon,
la diosa de la Misericordia.
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«Daibutsu»
de Kamakura, el más grande y hermoso de todos los Budas. No lo veré más, y es
una de las contadísimas obras humanas que hay que guardar en la memoria para
decir con orgullo: «Yo lo he visto».
Dinastía
Japonesa:
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En
los 2.600 años de la historia del Mikado no hay un solo destronamiento. La
autoridad de los emperadores disminuye o aumenta según las revueltas intestinas
y las coaliciones de sus feudatarios, pero siempre la persona del Mikado es
respetada como algo sacro, aunque se la deje en transitorio olvido.
-
La
capital más antigua del país fue Osaka, ciudad que figura ahora como el centro
más rico y laborioso de la industria japonesa. Pero el Mikado, al vivir en
ella, estaba bajo la influencia de los daimios, señores feudales, dueños de las
ricas tierras de arroz, que vivían encerrados en sus castillos con tropas de
fieles samuráis.
-
Los
samuráis eran hidalgos pobres y belicosos que servían a las órdenes de los
opulentos daimios. Tenían por emblema la flor del cerezo, «hermosa y de corta
duración». […] Los valientes no deben vivir mucho. Todos habían hecho pacto con
la muerte y consideraban la vejez como una decadencia vergonzosa.
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Si
creían haber perdido la estima de su señor o de sus camaradas, se abrían el
vientre en presencia de ellos, rogando al amigo más íntimo que hiciese volar su
cabeza al mismo tiempo con un golpe de uno de los dos sables que todos ellos
llevaban en la cintura. Esta ceremonia mortal era el famoso hara-kiri.
-
Los
daimios, no obstante su orgullo, jamás osaron suplantar al emperador, por ser
este de origen divino, pero con frecuencia pretendieron imponerle su voluntad.
El Mikado, para librarse de tal influencia, abandonó Osaka, y el Japón tuvo una
segunda capital, que fue Kioto.
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Para
defenderse del feudalismo absorbente de los daimios escogió a uno de ellos,
confiriéndole el poder ejecutivo y conservando únicamente su majestad
histórica. Esta especie de ministro universal tomó el título de Shogun, que
quiere decir «Generalísimo». Él aceptaba todas las responsabilidades, incluso
la de los desastres, y de este modo el principio divino del Mikado quedaba
fuera de toda discusión.
-
El
shogunato, que empezó en el siglo XII y tuvo su apogeo en el xvi, ha durado
hasta nuestra época, pues fue destruido en 1808.
-
El
Mikado no tuvo que preocuparse en su nueva residencia más que de los asuntos
religiosos, y entonces fue cuando la segunda capital japonesa tomó su carácter
teocrático y vio levantarse en su recinto los templos más grandes, recibiendo
el nombre de Kioto la Santa.
-
Sus
aduladores palaciegos los convencieron de que no debían mostrarse nunca en
público, por ser personajes de origen divino. En nuestra época, el innovador
Mutsu-Hito fue el primer Mikado que se dejó ver por sus súbditos; pero aun
actualmente solo muy de tarde en tarde pueden.
-
los
shogunes les fue imposible permanecer en una vecindad íntima con el Mikado.
Victoriosos en la guerra, poderosos en la paz, habiendo sujetado a los
revoltosos daimios, necesitaban tener una corte propia, y se trasladaron a la
ciudad de Kamakura, engrandeciéndola durante tres siglos. El Japón tuvo
entonces dos capitales: la imperial y religiosa, que era Kioto, y la
gubernativa, donde funcionaban las verdaderas autoridades, Kamakura, en la
entrada de la bahía que entonces se llamaba de Yedo.
-
Yeyazú,
el más grande de los shogunes, que muchos comparan a Pericles por el período
glorioso de su gobierno, cerró los puertos del Japón a todos los extranjeros,
durando tal medida doscientos cincuenta años.
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dos
grandes muertos, dos shogunes de la dinastía Tukagawa, llamados Yeyasu y
Yemitsu, que hicieron la grandeza del Japón. Yeyasu, el más célebre, sujetó
para siempre a los señores feudales, abriendo una era de paz y progreso que
duró 250 años. Muchos historiadores le llaman «el Pericles japonés». Bajo su
gobierno, en el siglo XVI, florecieron los poetas y pintores más notables del
país. Estableció relaciones comerciales con los otros pueblos de Asia y las
repúblicas mercantiles de Europa.
-
bajo
su gobierno se cerró el Japón a los europeos, quedando aislado dos siglos y
medio del resto del mundo. También en el período del segundo de los dos
Tukagawa se inició la cruel persecución contra el cristianismo, ordenándose
horribles suplicios, en los que perecieron tantos misioneros mártires de su fe.
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avisado
Yeyasu, vencedor definitivo del feudalismo, vio un peligro político en la nueva
religión. Pretendían emplearla los daimios más rebeldes como un medio para
resucitar la guerra. La vanidad patriótica y el excesivo celo religioso de
algunos misioneros, que no se recataban en mostrar públicamente su amistad con
los rebeldes, aumentaron los recelos del Shogun.
-
En
tiempos de Yemitsu, el segundo Takagawa enterrado en Niko, se ordenó la
expulsión de todos los misioneros, la supresión del culto cristiano, y quedaron
cerrados los puertos a todo buque que no fuese japonés, aislándose el Imperio
del resto de la tierra.
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Los
holandeses fueron los únicos blancos que obtuvieron permiso para hacer un
pequeño comercio con el Japón, pero a costa de enormes humillaciones. Vivían
acorralados en el exiguo islote de Décima, cerca de Nagasaki, y solo podían
traficar después de haber demostrado que no eran cristianos, para lo cual los
sometían a varios actos blasfematorios y a otras ceremonias en las que
infamaban los más altos símbolos del cristianismo.
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En
1853, el comodoro Parry, de los Estados Unidos, al frente de una escuadra,
exigió al Shogun de entonces que abriese los puertos del Imperio, viéndose este
obligado a ceder. Los daimios, guardadores de las tradiciones, se sublevaron
contra el gobernante, haciéndolo responsable de la invasión de los extranjeros.
Hubo una guerra civil, y el shogunato pereció, después de setecientos años de
gobierno. Entonces, el Mikado, que había vivido oscuramente durante siete
siglos como una autoridad divina y decorativa, intervino a su vez en la
política, dominando a la nobleza y recobrando sus antiguas prerrogativas.
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Mutsu-Hito,
el penúltimo emperador, cuyo reinado duró medio siglo, hizo la más asombrosa de
las revoluciones, modernizando el Japón y obligándolo a adoptar en pocos años
todas las costumbres y progresos del mundo de Occidente. Este nuevo período,
que puede llamarse el de «la resurrección del Mikado», exigía una nueva
capital, y fue la enorme ciudad de Yedo la escogida por el progresivo
emperador, pero cambiando su nombre. Yedo se llamó Tokio, en honor de Kioto la
Santa, que durante siete siglos había sido la residencia del Mikado. To-kio no
es más que la palabra Kio-to con una transposición de sílabas.
Sobre la
religión:
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Tal
abundancia de templos no supone que el pueblo japonés sea extremadamente
religioso. Por una contradicción de su carácter complejo, los japoneses son el
pueblo de la tierra que posee más templos y al mismo tiempo el de menos
religiosidad.
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Los
japoneses de clase superior, los letrados, fueron siempre discípulos de
Confucio —como sus maestros los intelectuales chinos—, o sea, racionalistas
propensos a la incredulidad, no profesando ninguna de las religiones positivas.
El pueblo, en cambio, las venera todas sin establecer entre ellas ninguna
diferencia. La verdadera religión original del país fue el culto de los Kamis,
de los antepasados, que ha servido de base al moderno sintoísmo.
-
al
despojarse el Mikado de su poder político para cederlo a los shogunes, fue
extremando su autoridad religiosa en su retiro de Kioto convirtiéndose
finalmente en una especie de pontífice, que confirió la dignidad de altos
sacerdotes a sus cortesanos.
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En
los tiempos modernos el culto de los Kamis ha ido tomando un carácter más
concreto, hasta ser la religión patriótica del sintoísmo, única que respetan
verdaderamente los japoneses. Yo he visto reír a familias enteras, regocijadas
por los enormes Budas de majestuosa fealdad que existen en los templos de
algunas ciudades. Igualmente ríen de muchas creencias antiguas, pero ninguno se
permitirá la más ligera broma sobre el altar de los antepasados que cada cual
tiene en su casa, ni sobre el sintoísmo, culto de la patria japonesa.
-
El
budismo, que penetró en el país a mediados del siglo vi, siguiendo la
influencia de la civilización china, se ha corrompido mucho por la avaricia y
el lujo de sus sacerdotes, dividiéndose hasta contar treinta y cinco sectas
diferentes. Las boncerías o conventos budistas se convirtieron en lugares de
prostitución. Muchos de sus templos estaban rodeados hasta hace poco de las
llamadas casas de té. Una peregrinación budista era una especie de carnaval,
abundante en desenfrenos carnales. Los shogunes tuvieron que reprimir muchas
veces los escándalos de los bonzos y los desórdenes provocados por ellos.
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Al
adoptar el Japón en nuestra época los progresos y usos de Occidente, necesitó
como medida defensiva resucitar su antigua religión nacional, algo olvidada, y
el culto de los Kamis tomó el nombre de sintoísmo.
-
Un
nipón puede ser budista, cristiano y hasta ateo, ejerciendo al mismo tiempo el
culto sintoísta. En japonés, shinto significa «camino de los dioses», y el
nombre resulta apropiado, pues todos al morir en el Japón emprenden el camino
para convertirse en dios. El sintoísmo es la religión de los muertos; pero los
muertos japoneses no apartan sus espíritus de la tierra. En las demás
religiones, cristianismo, mahometismo, etcétera, que proclaman la inmortalidad
del alma, esta, al separarse del cuerpo, va a habitar determinadas regiones, de
felicidad o de expiación, celestiales o infernales, lejos de nuestro mundo.
Para los japoneses, las almas de los muertos no se alejan de nuestro planeta.
Siguen en él, con una existencia invisible para nuestros ojos, pero material,
como el aire o como el fuego. Viven alrededor de sus descendientes, les
acompañan dentro de sus casas, residen en el altarcito de los antepasados, y el
japonés les ofrece arroz y sake, los saluda todas las mañanas y los consulta en
momentos graves de su existencia. Cree firmemente que «los muertos mandan»
porque son más numerosos que los vivos, y aglomerando sus experiencias saben
más que estos.
-
Los
templos sintoístas, al tener sacerdocio y culto oficiales, adoptaron poco a
poco muchas ceremonias de los bonzos.
-
Yo
creo que no se enteran de si el santuario es budista o sintoísta. Para ellos
resulta lo mismo. […] basta que cada edificio sea un lugar frecuentado por las
gentes desde hace siglos y permitido por el Mikado.
-
No
hay japonés que no se considere en el camino que conduce a la divinidad, seguro
de que cuando muera sus herederos le rendirán culto en el altar de familia.
-
El
primer propagandista del cristianismo que penetró en el Japón fue un español,
San Francisco Javier. Al conocer por el marino portugués Mendes Pinto la
existencia de este Imperio idólatra y misterioso que acababa de descubrir, el
misionero navarro se creyó escogido por Dios para evangelizar dicha tierra.
-
—Nuestros
maestros son los chinos. De su país nos han llegado las artes, la literatura,
la filosofía, el budismo. No pierda el tiempo predicándonos a nosotros. Vaya a
la China, y si convence a las gentes de allá, seguiremos el mismo camino sin
necesidad de misioneros. Este consejo hizo honda impresión en San Francisco
Javier, y desde entonces solo pensó en la conquista espiritual de la China.
Abandonó el Japón, volviendo a las misiones portuguesas de la India, y allí se
dedicó al estudio del idioma chino y a reunir amistades para entrar libremente
en el vasto Imperio. Pero cuando al fin pudo emprender el viaje a Cantón,
tuvieron que desembarcarlo en una de las numerosas islas de la bahía de
Hong-Kong, donde murió.
-
cinco
grandes fiestas anuales del Japón, llamadas «gosequis». La primera es la del
principio de año. Antes correspondía a nuestro primero de febrero, pero el
penúltimo emperador, deseoso de unificar la vida de su país con la del
Occidente, decretó en 1873 que el año del Japón debía empezar con el nuestro.
-
La
segunda fiesta es la de las Muñecas, dedicada a las musmés. La tercera la de
las Banderas, y es la fiesta de los muchachos. La cuarta se llama de las
Linternas y Lámparas, y tiene por escenario las hermosas noches del verano. La
quinta es la de las Crisantemas, y en este día las familias deshojan dichas
flores sobre las tazas de té o las copas de sake.
Historia de los 47 samurais:
-
suicidaron
heroicamente los cuarenta y siete samuráis. Algunos lectores tal vez no
conozcan esta historia de honor y de heroísmo, que es para los japoneses algo
así como el Romancero del Cid para los españoles. En la primera mitad del siglo
xvii, el cortesano Kotsuké, amigo del emperador, después de haber insultado al
príncipe Akao, negándose a darle una satisfacción por las armas, consiguió,
gracias a su situación influyente de palaciego, que el Mikado condenase a
muerte a este príncipe bueno, atribuyéndole un delito del que era inocente.
Cuarenta y siete samuráis, compañeros y vasallos fieles del ejecutado, juraron
vengarle a costa de la vida si era necesario, y abandonando sus casas, sus
esposas e hijos, se dedicaron a preparar y realizar tal designio con una
tenacidad inaudita, guardando su secreto durante veinte años. El traidor
Kotsuké, sospechando los planes de estos hidalgos que permanecían invisibles,
pasó muchísimo tiempo inquieto y en perpetua defensiva, rodeado de un pequeño
ejército de guerreros a sueldo y habitando siempre palacios fortificados. Pero
al transcurrir veinte años sus desconfianzas se adormecieron, dejó de creer en
la existencia de los vengadores, y una noche de invierno, cuando dormía en su
palacio, ya mal guardado, vio aparecer a los cuarenta y siete samuráis en torno
de su lecho, con sus dos sables atravesados en la cintura, con sus yelmos y
corazas que imitaban hocicos de fiera y coseletes de insecto. Sin olvidar las
reglas de la cortesía japonesa y con las ceremonias propias del caso,
recordaron al traidor sus crímenes y le cortaron luego la cabeza, llevándola a
la tumba de Akao, situada en la pagoda que yo visito. Antes se cuidaron de
lavarla en una pequeña fuente inmediata a dicho templo. Los cuarenta y siete
fueron después en busca de sus jueces y estos los condenaron a muerte, de
acuerdo con la ley, pero admirando al mismo tiempo su fidelidad, les
concedieron que se matasen ellos mismos abriéndose el vientre. Después de
haberse dado el beso de despedida, tomaron asiento en las gradas de la pagoda,
cerca de la tumba de su señor, y fueron haciéndose tranquilamente el hara-kiri.
Sobre la mujer:
-
La
situación social de cada mujer se conoce por su peinado.
-
Hay
el peinado de las niñas de cinco a siete años; el llamado momo-ware, que es
para las muchachas de diez a quince; el sokuhatsu, que puede llamarse de las
intelectuales, pues solo lo usan las estudiantes y las artistas; el shimada,
que es el de las solteras después de los dieciséis años, y el maru-wage, de las
casadas, que resulta el más abundante en las calles.
-
El
japonés somete a su esposa a un régimen despótico, con arreglo a la tradición,
y esta le obedece en todo, sin la más leve protesta. Es posible entre ellos un
plácido compañerismo, un afecto tranquilo y fraterno, pero no el amor tal como
se ve en novelas y dramas.
-
La
mujer es la esclava del esposo, y este ha tenido la habilidad de moldear
durante siglos y siglos el pensamiento femenino de un modo tan hábil, que la
pobre hembra todavía muestra agradecimiento porque la mantiene al lado de él y
se esfuerza por adivinar su voluntad, cumpliéndola inmediatamente.
-
Vieron
en su infancia cómo su madre se prosternaba ante el padre; aprendieron en el
propio hogar que las mujeres son infinitamente inferiores al hombre, y por eso
acogen con agradecimiento inmenso la menor muestra de consideración que se
dignan darles. El japonés, por su lado, desde los primeros años de su niñez
aprende con el ejemplo de sus mayores que la hembra solo ha venido al mundo
para servir al varón y procurarle placeres materiales. Así se comprende que la
poligamia japonesa haya sido más tranquila y disciplinada que la de los
musulmanes.
-
existe
un código escrito de los deberes de la mujer, que redactó en el siglo XVII un
moralista llamado Kaibara. En él se dice que las mujeres «nacen con los
defectos de la indocilidad, el eterno descontento, la murmuración, los celos y
la escasez de inteligencia», lo que las hace inferiores al hombre, y por ello
es legítimo y oportuno que este las someta a una dirección vigorosa. Según
Kaibara, la mujer no debe tener dioses propios y mirará siempre a su marido
como único dios, adorándole al mismo tiempo que le sirve. El esposo debe ser su
único cielo. Y como si reglamentase las ceremonias de un culto, añade que la
esposa debe vestirse con humildad, adornarse únicamente para inspirar deseos a
su marido,
-
al
adoptar el país los adelantos materiales de Occidente, copiando sus costumbres,
esta constitución tiránica de la familia, dentro de la cual las esposas no son
más que domésticas de clase superior, empieza a modificarse de un modo
alarmante para los guardadores de la tradición.
-
Existen
ya en las altas clases muchas japonesas que no toleran la poligamia, conocen
los celos, expresándolos francamente, y se niegan a continuar la esclavitud
resignada y agradecida de sus abuelas. […] Los esclavos —como dice Brieux (6)—
solo encuentran tolerable su situación mientras viven con seres de su misma
clase, y se consideran desgraciados si ven de cerca a los que gozan de plena
libertad.
-
La
evolución industrial del país contribuye rápidamente a las transformaciones de
la mujer. Esta es ahora obrera en las fábricas, escribe a máquina en las
oficinas, desempeña empleos en almacenes y tiendas, así como en muchas
administraciones del gobierno, y al ganar su vida puede existir
independientemente, sin el apoyo del hombre, que ya no es para ella «el dios
único» recomendado por Kaibara. Si se casan y quedan viudas, no realizarán
seguramente lo que exigía este venerable moralista, «pintarse los dientes de
negro, cortarse los cabellos, afeitarse las cejas, hacerse feas para no
inspirar tentación a ningún otro hombre».
-
Los
motivos de divorcio son numerosísimos en el Japón, y entre ellos figuran «que
la esposa no obedezca las órdenes de la suegra; que muestre celos del marido;
que se enfade con él, profiriendo palabras descorteses». Si tales motivos
rigiesen en los demás países, inútil es decir que ya estarían disueltos casi
todos los matrimonios de la tierra.
-
penúltimo
emperador, que tantas reformas hizo en medio siglo de reinado, para dar un
aspecto moderno a su país, tuvo que prohibir por una ley, en 1870, que los
padres siguieran vendiendo sus hijas a las traficantes del Yoshiwara.
Sobre las
geishas:
-
la
geisha, cada vez menos numerosa y más decadente, que es la bailarina y la
música de los lugares de diversión.
-
La
geisha ha representado siempre para el padre de familia japonés la poesía de la
vida, lo imprevisto y complicado que hace sufrir y proporciona deleite al mismo
tiempo; en una palabra, el amor.
-
la
geisha no fue nunca una prostituida. Su verdadera misión es divertir a los
comensales con su belleza y sus palabras.
Sobre las flores:
-
japonés
abarca en su veneración todas las flores, dedicando mayor predilección a las de
los árboles, casi inadvertidas en otros países, que a las de los arbustos, más
conocidas y apreciadas en el Occidente. Cuando al iniciarse la primavera
florecen los cerezos, se organizan fiestas de un extremo a otro del Japón, que
duran mientras existe dicha flor. Al pie de los árboles se congregan las
muchedumbres para presenciar el Miyaco-Odori, la «Danza de los Cerezos», y
estas romerías dan motivo a un consumo enorme de sake,
-
Antes
de la fiesta de los cerezos ha sido la de los ciruelos, en realidad la primera
del año, pues dichos árboles florecen cuando las nieves empiezan a fundirse.
-
En
mayo es la fiesta de las peonias, que no son aquí inodoras, como en el resto de
la tierra, gracias a los floricultores nipones que consiguieron darles un
ligero perfume de rosa. Después son festejadas las glicinas de largos racimos,
y las azaleas, que abundan mucho en los campos. En el curso del verano dedican
su alegre glorificación a los iris, a los lotos, y al empezar el otoño se
celebra la fiesta de la flor que pudiéramos llamar nacional, pues simboliza al
Japón en el resto del mundo, la crisantema, de infinitas variedades.
-
En
los ramilletes japoneses figuran como delicados componentes la flor del
melocotonero, del peral, del ciruelo, del albaricoquero. Estas flores son
infecundas; no contienen la esperanza de ningún fruto. Nacieron simplemente
para lucir una belleza virgen y jamás conocerán la procreación.
Curiosidades:
-
El
Japón se reconoce discípulo de la China; de ella tomó sus primeras lecciones de
civilización y su arte copió mucho tiempo el de los chinos.
-
Dos
defectos físicos y sus remedios inventados por el hombre blanco, los ha
aceptado el japonés de la clase media como adornos personales: la miopía y la
caries dental.
-
El
japonés, cuando quiere expresar su afecto o su admiración, no conoce el miedo
al ridículo, que tanto cohíbe y enfría la exterioridad de nuestros sentimientos.
-
Japón,
en su vida histórica, solo ha tenido tres colores: el negro, usado en las
ceremonias palatinas por el emperador y sus cortesanos y que las clases
elevadas guardan aún; el rojo, que fue el de la nobleza media, y el azul, usado
por la burguesía y el pueblo.
-
El
Japón, que en realidad no es rico, sostiene un ejército y una flota enormes,
necesitando invertir en el mantenimiento de tales fuerzas tres cuartas partes
de sus ingresos. Le preocupan más sus medios ofensivos y defensivos que el
ornato y la higiene de sus ciudades.
-
Syusei
Tokuda, el gran novelista del Japón.
-
El
japonés constituye su familia bajo la dirección indiscutible de sus padres, que
lo casan sin tomarse la molestia de consultar su opinión.
-
La
lengua japonesa no tiene palabras para insultar a un enemigo ni para expresar
obscenidades. Todo su diccionario es un manual de buena educación.
-
Las
actrices inspiran más entusiasmo aún que los actores. Pero el lector sabe que
en el Japón los papeles femeninos son desempeñados por jovenzuelos.
-
El té
japonés, consumido enteramente en el país, es más fuerte que el chino, de un
sabor áspero y silvestre.
-
Para
engrandecerse tuvo que batallar con la China, desorganizada y poco propensa a
la guerra. Su único enemigo importante fue la Rusia de los zares, podrida hasta
la médula por la inmoralidad administrativa, debilitada por el odio popular, y
teniendo que mantener ejércitos casi en el lado opuesto del planeta, sin otro
medio de comunicación que el Transiberiano, ferrocarril incompleto, de vía
única.
-
la
famosa isla de Myajima, la Arcadia japonesa, un pedazo de tierra «donde nadie
nace y nadie muere» […] Aguas adentro, un tori enorme hunde sus dos columnas de
madera en la superficie tranquila, que refleja su imagen. Es tal vez el pórtico
más hermoso del Japón por su emplazamiento marítimo.
-
llamaron
a la China Imperio del Sol Poniente, ya que por el lado de esta nación
continental descendía y se ocultaba el astro diurno.
Sobre Niko:
-
Niko,
la Sagrada Montaña de Niko, el monumento fúnebre más suntuoso y artístico que
posee el Japón.
-
«Quien
no ha visto Niko —dice un refrán japonés—, que no use la palabra “maravilla”.»
-
Puerta
del Día, obra famosa en todo el Japón, que puede considerarse como lo mejor de
la Montaña Sagrada.
-
El de
los Monos es célebre por tres animales de esta especie que figuran en su
frontón. Uno se tapa los oídos, otro los ojos, y el tercero hace un ademán de
silencio, indicando con tales posturas que no debemos escuchar, ver ni hablar
cosas que propaguen el mal.
-
en el
fondo de la última se alza la más grande de las pagodas, el «Esplendor de
Oriente», sin ninguna imagen divina. Solo tiene una mesa para las ofrendas a
los antepasados, pero toda ella es de oro. ¡Siempre el oro!
Sobre Kioto:
-
Visitamos
las grandes pagodas en nuestras primeras correrías por Kioto. Esta ciudad es la
capital del budismo en el Japón, y tal vez ninguna del Extremo Oriente siente
como ella la influencia de dicho culto religioso.
-
Hubo
una época en que llegó a tener 3.893 templos y santuarios dedicados al citado
culto.
-
El
número actual tal vez sea inferior en muy poco. A esto hay que añadir 2.500
templos y santuarios del culto sintoísta. Con razón los japoneses han llamado
siempre a esta ciudad Kioto la Santa.
-
el
Mikado vivió siete siglos en esta ciudad, sin mezclarse para nada en el
gobierno del país, enteramente confiado a los shogunes, e interviniendo solo en
los asuntos religiosos.
-
El
ensanche de la ciudad y de los jardines públicos ha invadido una parte del
antiguo dominio imperial. Pero todavía las actuales residencias del Mikado
llenan un área considerable.
-
La
entronización se celebra siempre en Kioto, y la corte abandona momentáneamente
para tal ceremonia el palacio imperial de Tokio.
-
En el
centro de esta ciudad imperial, siempre silenciosa o infranqueable dentro del
corazón de Tokio, está el templo de Jimmuteno, primer ascendiente de la
dinastía.
-
Visito
el Gran Palacio donde se celebran las coronaciones, situado en el centro de
Kioto, y el Palacio de Verano, no menos grande, que se extiende en las afueras.
Sobre Nara:
-
Nara
es la ciudad más antigua del Japón, la primera que habitaron los Mikados en una
época casi fabulosa,
-
Uno
de los personajes de la mitología japonesa vino a Nara montado en un gran
ciervo, y desde entonces la ciudad mira con simpatía a los animales de esta
especie. El Parque Sagrado de Nara tiene siempre una población de venados, que
se renueva hace más de mil años, sin cambiar de sitio. En la actualidad son
unos setecientos los que trotan por sus senderos confiadamente, saliendo al
encuentro de los transeúntes, para toparles con un testuz suave, si no les
ofrecen algo de comer.
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estos
venados que recuerdan la cabalgadura del dios viajero les dan en el país el
nombre de «kokos».
Sobre Osaka:
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Osaka
es la ciudad más populosa del Japón, después de Tokio.
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Aquí
están las grandes manufacturas de la sedería japonesa y todos los centros de la
industria moderna del país.
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Kobé,
que es en realidad el puerto de Osaka.
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En
Osaka se vive ya muy lejos del antiguo Japón, visto en los libros y las
estampas.
Sobre Corea:
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Es el
príncipe heredero de Corea, que va a pasar una temporada en la capital del país
regido en otro tiempo por sus ascendientes. Esto de príncipe heredero no es más
que un título. Nada puede ya heredar, pues el reino de Corea se lo anexionó
definitivamente el Japón en 1910.
-
los
cortesanos del príncipe de Corea y al mismo tiempo sus guardianes. El príncipe
vive sometido al Mikado, y perdió todo crédito en su antiguo reino, pero nadie
puede adivinar el porvenir, y montando la guardia junto al heredero sin
herencia, velan por la seguridad del Japón
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Corea
y Seúl son nombres que solo usamos los blancos y desconocen los coreanos. El
verdadero nombre de Corea para los del país es Chosen, y Seúl se llama en
coreano Keijo.
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En
los numerosos siglos que duró el régimen de los emperadores, el vastísimo país
amarillo se tituló Imperio de Enmedio. Admitían que el Japón fuese el país del
Sol Naciente, pero ellos no podían ser el del Sol Poniente, pues veían
descender a este más allá de sus dominios, en tierras desconocidas. Colocado
entre el Imperio del Sol Naciente y el Imperio de Enmedio, tomó el reino de
Corea el título que le quedaba disponible, y se llamó Cho-sen, que significa
«Mañana Tranquila» o «Mañana Fresca».
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Este
reino de la Mañana Tranquila es uno de los lugares del Extremo Oriente que más
tardaron en recibir la visita de los blancos. Marco Polo, que estuvo en tantos
pueblos del Asia del Este, no pasó nunca por Corea. El primero que penetró en
el país fue un jesuita español, el padre Gregorio de Céspedes, en 1594, pero no
pudo ir más allá de los alrededores de Fusan, donde nos hallamos nosotros
ahora. Ningún pueblo asiático fue tan cruel como este en la persecución de los
misioneros cristianos. Los martirios de Corea resultan los más espantosos de
todos.
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En
nuestros tiempos se disputaron este reino decadente la China, Rusia y el Japón.
El Imperio chino, gobernado por los soberanos manchúes, que procedían de los
límites de la Corea, era el dominador. Pero el Imperio del Sol Naciente,
deseando esparcir su exceso de población en el suelo asiático, había puesto sus
ojos en el país de la Mañana Tranquila.
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Con
el pretexto de libertar a los coreanos de la «tiranía china», hizo la guerra al
Imperio de Enmedio en 1894, obligándolo a que reconociese la independencia de
Corea. Después, como los rusos pretendían influir en la política de este país,
hizo la guerra a Rusia en 1902, y la batió, siempre por defender la
independencia de la pobre Corea. Y en 1910, para que nadie pudiese atentar más
contra la tal independencia, se anexionó simplemente la península coreana,
declarándola colonia japonesa. Pocas veces se ha visto en la Historia tanta
generosidad aparente encubriendo una hipocresía tan cínica.
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Corea
es un país de rudos inviernos, y sus habitantes no poseen la dureza de los
japoneses para arrostrar el frío. Los coreanos han tomado de los chinos su
sistema de calefacción. Todas las viviendas, por míseras que sean, tienen un
subterráneo de piedra, donde se encienden hogueras que envían su calor a través
del piso de tablas. Para poder calentarse durante numerosos siglos, los
coreanos han cortado primeramente los troncos de sus bosques, y al fin
arrancaron sus raíces. Los japoneses, al menospreciar a estos amarillos que
viven bajo su dominación, dicen que el fuego fue para los coreanos lo que el
opio para los chinos. El placer del calor los adormeció, mientras su país iba
decayendo.
-
En
Ginebra los señores de la Sociedad de Naciones lo han escuchado muchas veces
con aire distraído. ¡Pedir que el Japón renuncie a la Corea, cuando ya la posee
hace años y guarda en su propia casa, como un esclavo feliz, al último heredero
de sus reyes! Que se contente con esta única presa es lo que desean las otras
potencias.
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En lo
que se refiere a la ayuda de los Estados Unidos, tal vez se vea usted obligado
a esperar un poquito más, querido doctor. Antes de exigir al Japón que devuelva
a Corea su independencia, los señores de Washington tendrán que ocuparse de
otros dos países que se llaman Puerto Rico y Filipinas.
La obra tiene
pasajes auténticamente literarios:
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Tú ya
no eres joven, bien lo sabes; pero como todos los imaginativos, procuras
olvidarlo y te empeñas en trastornar los períodos fijos de la vida, prolongando
los entusiasmos, las ilusiones y las credulidades pasionales de los veinte años.
-
Si a
lo menos pudiéramos conseguir viajando el olvido de nuestras penas!… Pero
acuérdate de Horacio: «La negra preocupación monta a la grupa del jinete». Por
eso, según el poeta latino, aunque te instales en el buque más veloz y navegue
sin descanso por todos los mares, las mismas cosas que te afligen aquí irán
contigo alrededor del planeta.
-
Deseo
ver razas, costumbres y ciudades distintas de esta Europa, cuyos pueblos,
monótonamente unificados, solo se diferencian por el odio que inspira la
vanidad patriótica, por la guerra y la política.
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Podrás
apreciar el aspecto exterior de los pueblos; no alcanzarás a poseer el más leve
destello de su alma. ¿Para qué cansarte por tan mediocre resultado?...
-
»El
artista necesita ver una parte de la verdad. El resto de la verdad lo adivina
por inducción, y las torres afiligranadas que levanta con su fantasía son casi
siempre más fuertes y duraderas que los edificios de mazacote, escrupulosamente
cimentados, que construye la grisácea realidad.
-
Admiro
el enorme esfuerzo realizado por un pueblo que hace medio siglo vivía en su
Edad Media y se asimiló en tan corto espacio de tiempo todos los progresos
materiales realizados por el resto de la humanidad. Admiro su buena educación y
me asombra igualmente su disciplina, que le permitió cambiar de un modo casi
instantáneo sus pensamientos,
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Los
japoneses, que son el pueblo más cortés de la tierra, no reconocen obstáculos
cuando se proponen la realización de un deseo. Estos hombrecitos risueños y
amantes de las flores consideran la muerte como un accidente sin importancia.
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Sobre
estas tierras misteriosas, ocultas en la oscuridad, se mataron miles y miles de
hombres hace veintidós años, y el mundo olvidó ya tan espantosa carnicería.
Nuevas matanzas humanas han borrado su recuerdo. Y así continuará la historia
del hombre, al que llaman el más inteligente de los animales.
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