Friday, 21 November 2025

Japón: Vicente Blasco Ibáñez

 

Tras la buena experiencia con el libro de ‘China’, los tomos de Blasco Ibáñez de cualquiera de los países que tuvo la oportunidad de visitar en su viaje por el mundo me parecen de obligada lectura para el que quiera acercarse a la historia de este o aquel país en una época donde el turismo masivo no había estereotipado y uniformizado las diferentes culturas. Esta vez en Japón, es un auténtico placer leer sus líneas que con una pluma brillante sintetizan en pocas páginas descripciones que habrían de ser inmensas.

 

El contexto histórico durante su visita sitúa a Japón en una etapa de una modernización frenética, con un nacionalismo exaltado, especialmente tras la victoria contra Rusia veinte años atrás que consolidó a Japón como la única nación del mundo no occidental capaz de hacer frente a los imperios europeos. Este nacionalismo que ya asoma a imperialismo, se ha anexionado el reino de Corea  algo más de diez años antes (con asesinato de reina incluido) y está a apenas otros diez años del incidente de Mukden en Manchuria, que será el pretexto que use Japón para la invasión de China. El propio autor ya vaticina el futuro próximo:

-            Pero hay no sé qué en la sonrisa de los pequeños que hace sospechar la oculta y secreta convicción, adquirida en la escuela desde las primeras lecciones, de que el Imperio japonés es el pueblo más superior de la tierra y algún día obtendrá la hegemonía que le pertenece por su origen divino.

-            El Japón siente una cólera sorda, cada vez más grande, al ver que no puede avanzar sin que la mano de alguna de las potencias blancas se apoye en su pecho. ¡Quién sabe si Magallanes, al dar el nombre de Pacífico al mayor de los océanos, inventó, sin saberlo, la más cruel y sangrienta de las ironías de la Historia!

En esta atmósfera, el autor desembarca en Japón, en diciembre de 1923, justo escasos meses después del terremoto devastador que ocurrió en Yokohama, a pocos kilómetros de Tokio, con cientos de miles de muertos.

-            Esta bahía tiene a un lado Tokio, en el centro Yokohama, y al oeste, fuera de su boca, la derruida ciudad de Kamakura. Hace siglos figuró como capital del imperio. Ahora, Kamakura solo interesa por sus viejos templos, perdidos entre la vegetación de bosques y jardines.

 

 

Mitología Japonesa:

-            Los principios de su mitología resultan oscuros y complicados. Vagan en su limbo muchos dioses de historia y atribuciones inciertas. Los primeros conocidos son Izanagui y su esposa Izanami. Este matrimonio de dioses era tan inocente que ignoraba el amor, y fueron dos pájaros los que se lo enseñaron.

-            de su ojo izquierdo nació Amatérasu, la diosa del Sol; de su ojo derecho, el dios de la Luna, y de su nariz, Susanoo, el Hércules de la mitología japonesa, más violento aún que este en sus hazañas guerreras.

-            Del acoplamiento de la hermosa Amatérasu y del agresivo Susanoo descienden los actuales emperadores del Japón.

-            Un nieto de Susanoo y Amatérasu fue el primer Mikado o emperador del Japón que registra la Historia, llamado Jimmuteno.

-            la lista cronológica del Mikado, que ocupa sin ninguna interrupción veintiséis siglos.

-            Los emblemas del emperador japonés son un espejo de mano, un sable y una joya. El espejo de mano es el mismo que los dioses entregaron a Amatérasu para que contemplase su belleza.

-            El Espejo Sagrado y el Sable Sagrado vienen existiendo desde entonces, y cada vez que se proclama un nuevo emperador, la ceremonia más interesante de la entronización es el viaje del monarca a un templo antiguo de Isé, donde están ambos objetos. Ni el mismo emperador logra conocerlos. Queda a solas con ellos, pero no los ve ni los toca. Hace muchos siglos que fueron envueltos en telas de seda, y cada vez que estas envejecen, los sacerdotes añaden por encima otras nuevas, siendo después de tantas renovaciones unos paquetes informes de tejidos, cuyo contenido hay que imaginarse con ayuda de la fe.

-            dios del Trueno y el dios del Viento. En muchos templos japoneses se encuentra a la entrada esta pareja de divinidades de ojos saltones o iracundos, risa feroz, dientes carnívoros y brazos levantados con expresión amenazante. Los colocan para poner el edificio bajo su protección y que no lo devore el fuego o lo destruya el huracán.

-            Kuanon, la diosa de la Misericordia.

-            «Daibutsu» de Kamakura, el más grande y hermoso de todos los Budas. No lo veré más, y es una de las contadísimas obras humanas que hay que guardar en la memoria para decir con orgullo: «Yo lo he visto».

 

Dinastía Japonesa:

-            En los 2.600 años de la historia del Mikado no hay un solo destronamiento. La autoridad de los emperadores disminuye o aumenta según las revueltas intestinas y las coaliciones de sus feudatarios, pero siempre la persona del Mikado es respetada como algo sacro, aunque se la deje en transitorio olvido.

-            La capital más antigua del país fue Osaka, ciudad que figura ahora como el centro más rico y laborioso de la industria japonesa. Pero el Mikado, al vivir en ella, estaba bajo la influencia de los daimios, señores feudales, dueños de las ricas tierras de arroz, que vivían encerrados en sus castillos con tropas de fieles samuráis.

-            Los samuráis eran hidalgos pobres y belicosos que servían a las órdenes de los opulentos daimios. Tenían por emblema la flor del cerezo, «hermosa y de corta duración». […] Los valientes no deben vivir mucho. Todos habían hecho pacto con la muerte y consideraban la vejez como una decadencia vergonzosa.

-            Si creían haber perdido la estima de su señor o de sus camaradas, se abrían el vientre en presencia de ellos, rogando al amigo más íntimo que hiciese volar su cabeza al mismo tiempo con un golpe de uno de los dos sables que todos ellos llevaban en la cintura. Esta ceremonia mortal era el famoso hara-kiri.

-            Los daimios, no obstante su orgullo, jamás osaron suplantar al emperador, por ser este de origen divino, pero con frecuencia pretendieron imponerle su voluntad. El Mikado, para librarse de tal influencia, abandonó Osaka, y el Japón tuvo una segunda capital, que fue Kioto.

-            Para defenderse del feudalismo absorbente de los daimios escogió a uno de ellos, confiriéndole el poder ejecutivo y conservando únicamente su majestad histórica. Esta especie de ministro universal tomó el título de Shogun, que quiere decir «Generalísimo». Él aceptaba todas las responsabilidades, incluso la de los desastres, y de este modo el principio divino del Mikado quedaba fuera de toda discusión.

-            El shogunato, que empezó en el siglo XII y tuvo su apogeo en el xvi, ha durado hasta nuestra época, pues fue destruido en 1808.

-            El Mikado no tuvo que preocuparse en su nueva residencia más que de los asuntos religiosos, y entonces fue cuando la segunda capital japonesa tomó su carácter teocrático y vio levantarse en su recinto los templos más grandes, recibiendo el nombre de Kioto la Santa.

-            Sus aduladores palaciegos los convencieron de que no debían mostrarse nunca en público, por ser personajes de origen divino. En nuestra época, el innovador Mutsu-Hito fue el primer Mikado que se dejó ver por sus súbditos; pero aun actualmente solo muy de tarde en tarde pueden.

-            los shogunes les fue imposible permanecer en una vecindad íntima con el Mikado. Victoriosos en la guerra, poderosos en la paz, habiendo sujetado a los revoltosos daimios, necesitaban tener una corte propia, y se trasladaron a la ciudad de Kamakura, engrandeciéndola durante tres siglos. El Japón tuvo entonces dos capitales: la imperial y religiosa, que era Kioto, y la gubernativa, donde funcionaban las verdaderas autoridades, Kamakura, en la entrada de la bahía que entonces se llamaba de Yedo.

-            Yeyazú, el más grande de los shogunes, que muchos comparan a Pericles por el período glorioso de su gobierno, cerró los puertos del Japón a todos los extranjeros, durando tal medida doscientos cincuenta años.

-            dos grandes muertos, dos shogunes de la dinastía Tukagawa, llamados Yeyasu y Yemitsu, que hicieron la grandeza del Japón. Yeyasu, el más célebre, sujetó para siempre a los señores feudales, abriendo una era de paz y progreso que duró 250 años. Muchos historiadores le llaman «el Pericles japonés». Bajo su gobierno, en el siglo XVI, florecieron los poetas y pintores más notables del país. Estableció relaciones comerciales con los otros pueblos de Asia y las repúblicas mercantiles de Europa.

-            bajo su gobierno se cerró el Japón a los europeos, quedando aislado dos siglos y medio del resto del mundo. También en el período del segundo de los dos Tukagawa se inició la cruel persecución contra el cristianismo, ordenándose horribles suplicios, en los que perecieron tantos misioneros mártires de su fe.

-            avisado Yeyasu, vencedor definitivo del feudalismo, vio un peligro político en la nueva religión. Pretendían emplearla los daimios más rebeldes como un medio para resucitar la guerra. La vanidad patriótica y el excesivo celo religioso de algunos misioneros, que no se recataban en mostrar públicamente su amistad con los rebeldes, aumentaron los recelos del Shogun.

-            En tiempos de Yemitsu, el segundo Takagawa enterrado en Niko, se ordenó la expulsión de todos los misioneros, la supresión del culto cristiano, y quedaron cerrados los puertos a todo buque que no fuese japonés, aislándose el Imperio del resto de la tierra.

-            Los holandeses fueron los únicos blancos que obtuvieron permiso para hacer un pequeño comercio con el Japón, pero a costa de enormes humillaciones. Vivían acorralados en el exiguo islote de Décima, cerca de Nagasaki, y solo podían traficar después de haber demostrado que no eran cristianos, para lo cual los sometían a varios actos blasfematorios y a otras ceremonias en las que infamaban los más altos símbolos del cristianismo.

-            En 1853, el comodoro Parry, de los Estados Unidos, al frente de una escuadra, exigió al Shogun de entonces que abriese los puertos del Imperio, viéndose este obligado a ceder. Los daimios, guardadores de las tradiciones, se sublevaron contra el gobernante, haciéndolo responsable de la invasión de los extranjeros. Hubo una guerra civil, y el shogunato pereció, después de setecientos años de gobierno. Entonces, el Mikado, que había vivido oscuramente durante siete siglos como una autoridad divina y decorativa, intervino a su vez en la política, dominando a la nobleza y recobrando sus antiguas prerrogativas.

-            Mutsu-Hito, el penúltimo emperador, cuyo reinado duró medio siglo, hizo la más asombrosa de las revoluciones, modernizando el Japón y obligándolo a adoptar en pocos años todas las costumbres y progresos del mundo de Occidente. Este nuevo período, que puede llamarse el de «la resurrección del Mikado», exigía una nueva capital, y fue la enorme ciudad de Yedo la escogida por el progresivo emperador, pero cambiando su nombre. Yedo se llamó Tokio, en honor de Kioto la Santa, que durante siete siglos había sido la residencia del Mikado. To-kio no es más que la palabra Kio-to con una transposición de sílabas.

 

Sobre la religión:

-            Tal abundancia de templos no supone que el pueblo japonés sea extremadamente religioso. Por una contradicción de su carácter complejo, los japoneses son el pueblo de la tierra que posee más templos y al mismo tiempo el de menos religiosidad.

-            Los japoneses de clase superior, los letrados, fueron siempre discípulos de Confucio —como sus maestros los intelectuales chinos—, o sea, racionalistas propensos a la incredulidad, no profesando ninguna de las religiones positivas. El pueblo, en cambio, las venera todas sin establecer entre ellas ninguna diferencia. La verdadera religión original del país fue el culto de los Kamis, de los antepasados, que ha servido de base al moderno sintoísmo.

-            al despojarse el Mikado de su poder político para cederlo a los shogunes, fue extremando su autoridad religiosa en su retiro de Kioto convirtiéndose finalmente en una especie de pontífice, que confirió la dignidad de altos sacerdotes a sus cortesanos.

-            En los tiempos modernos el culto de los Kamis ha ido tomando un carácter más concreto, hasta ser la religión patriótica del sintoísmo, única que respetan verdaderamente los japoneses. Yo he visto reír a familias enteras, regocijadas por los enormes Budas de majestuosa fealdad que existen en los templos de algunas ciudades. Igualmente ríen de muchas creencias antiguas, pero ninguno se permitirá la más ligera broma sobre el altar de los antepasados que cada cual tiene en su casa, ni sobre el sintoísmo, culto de la patria japonesa.

-            El budismo, que penetró en el país a mediados del siglo vi, siguiendo la influencia de la civilización china, se ha corrompido mucho por la avaricia y el lujo de sus sacerdotes, dividiéndose hasta contar treinta y cinco sectas diferentes. Las boncerías o conventos budistas se convirtieron en lugares de prostitución. Muchos de sus templos estaban rodeados hasta hace poco de las llamadas casas de té. Una peregrinación budista era una especie de carnaval, abundante en desenfrenos carnales. Los shogunes tuvieron que reprimir muchas veces los escándalos de los bonzos y los desórdenes provocados por ellos.

-            Al adoptar el Japón en nuestra época los progresos y usos de Occidente, necesitó como medida defensiva resucitar su antigua religión nacional, algo olvidada, y el culto de los Kamis tomó el nombre de sintoísmo.

-            Un nipón puede ser budista, cristiano y hasta ateo, ejerciendo al mismo tiempo el culto sintoísta. En japonés, shinto significa «camino de los dioses», y el nombre resulta apropiado, pues todos al morir en el Japón emprenden el camino para convertirse en dios. El sintoísmo es la religión de los muertos; pero los muertos japoneses no apartan sus espíritus de la tierra. En las demás religiones, cristianismo, mahometismo, etcétera, que proclaman la inmortalidad del alma, esta, al separarse del cuerpo, va a habitar determinadas regiones, de felicidad o de expiación, celestiales o infernales, lejos de nuestro mundo. Para los japoneses, las almas de los muertos no se alejan de nuestro planeta. Siguen en él, con una existencia invisible para nuestros ojos, pero material, como el aire o como el fuego. Viven alrededor de sus descendientes, les acompañan dentro de sus casas, residen en el altarcito de los antepasados, y el japonés les ofrece arroz y sake, los saluda todas las mañanas y los consulta en momentos graves de su existencia. Cree firmemente que «los muertos mandan» porque son más numerosos que los vivos, y aglomerando sus experiencias saben más que estos.

-            Los templos sintoístas, al tener sacerdocio y culto oficiales, adoptaron poco a poco muchas ceremonias de los bonzos.

-            Yo creo que no se enteran de si el santuario es budista o sintoísta. Para ellos resulta lo mismo. […] basta que cada edificio sea un lugar frecuentado por las gentes desde hace siglos y permitido por el Mikado.

-            No hay japonés que no se considere en el camino que conduce a la divinidad, seguro de que cuando muera sus herederos le rendirán culto en el altar de familia.

-            El primer propagandista del cristianismo que penetró en el Japón fue un español, San Francisco Javier. Al conocer por el marino portugués Mendes Pinto la existencia de este Imperio idólatra y misterioso que acababa de descubrir, el misionero navarro se creyó escogido por Dios para evangelizar dicha tierra.

-            —Nuestros maestros son los chinos. De su país nos han llegado las artes, la literatura, la filosofía, el budismo. No pierda el tiempo predicándonos a nosotros. Vaya a la China, y si convence a las gentes de allá, seguiremos el mismo camino sin necesidad de misioneros. Este consejo hizo honda impresión en San Francisco Javier, y desde entonces solo pensó en la conquista espiritual de la China. Abandonó el Japón, volviendo a las misiones portuguesas de la India, y allí se dedicó al estudio del idioma chino y a reunir amistades para entrar libremente en el vasto Imperio. Pero cuando al fin pudo emprender el viaje a Cantón, tuvieron que desembarcarlo en una de las numerosas islas de la bahía de Hong-Kong, donde murió.

-            cinco grandes fiestas anuales del Japón, llamadas «gosequis». La primera es la del principio de año. Antes correspondía a nuestro primero de febrero, pero el penúltimo emperador, deseoso de unificar la vida de su país con la del Occidente, decretó en 1873 que el año del Japón debía empezar con el nuestro.

-            La segunda fiesta es la de las Muñecas, dedicada a las musmés. La tercera la de las Banderas, y es la fiesta de los muchachos. La cuarta se llama de las Linternas y Lámparas, y tiene por escenario las hermosas noches del verano. La quinta es la de las Crisantemas, y en este día las familias deshojan dichas flores sobre las tazas de té o las copas de sake.

 

Historia de los 47 samurais:

-            suicidaron heroicamente los cuarenta y siete samuráis. Algunos lectores tal vez no conozcan esta historia de honor y de heroísmo, que es para los japoneses algo así como el Romancero del Cid para los españoles. En la primera mitad del siglo xvii, el cortesano Kotsuké, amigo del emperador, después de haber insultado al príncipe Akao, negándose a darle una satisfacción por las armas, consiguió, gracias a su situación influyente de palaciego, que el Mikado condenase a muerte a este príncipe bueno, atribuyéndole un delito del que era inocente. Cuarenta y siete samuráis, compañeros y vasallos fieles del ejecutado, juraron vengarle a costa de la vida si era necesario, y abandonando sus casas, sus esposas e hijos, se dedicaron a preparar y realizar tal designio con una tenacidad inaudita, guardando su secreto durante veinte años. El traidor Kotsuké, sospechando los planes de estos hidalgos que permanecían invisibles, pasó muchísimo tiempo inquieto y en perpetua defensiva, rodeado de un pequeño ejército de guerreros a sueldo y habitando siempre palacios fortificados. Pero al transcurrir veinte años sus desconfianzas se adormecieron, dejó de creer en la existencia de los vengadores, y una noche de invierno, cuando dormía en su palacio, ya mal guardado, vio aparecer a los cuarenta y siete samuráis en torno de su lecho, con sus dos sables atravesados en la cintura, con sus yelmos y corazas que imitaban hocicos de fiera y coseletes de insecto. Sin olvidar las reglas de la cortesía japonesa y con las ceremonias propias del caso, recordaron al traidor sus crímenes y le cortaron luego la cabeza, llevándola a la tumba de Akao, situada en la pagoda que yo visito. Antes se cuidaron de lavarla en una pequeña fuente inmediata a dicho templo. Los cuarenta y siete fueron después en busca de sus jueces y estos los condenaron a muerte, de acuerdo con la ley, pero admirando al mismo tiempo su fidelidad, les concedieron que se matasen ellos mismos abriéndose el vientre. Después de haberse dado el beso de despedida, tomaron asiento en las gradas de la pagoda, cerca de la tumba de su señor, y fueron haciéndose tranquilamente el hara-kiri.

 

Sobre la mujer:

-            La situación social de cada mujer se conoce por su peinado.

-            Hay el peinado de las niñas de cinco a siete años; el llamado momo-ware, que es para las muchachas de diez a quince; el sokuhatsu, que puede llamarse de las intelectuales, pues solo lo usan las estudiantes y las artistas; el shimada, que es el de las solteras después de los dieciséis años, y el maru-wage, de las casadas, que resulta el más abundante en las calles.

-            El japonés somete a su esposa a un régimen despótico, con arreglo a la tradición, y esta le obedece en todo, sin la más leve protesta. Es posible entre ellos un plácido compañerismo, un afecto tranquilo y fraterno, pero no el amor tal como se ve en novelas y dramas.

-            La mujer es la esclava del esposo, y este ha tenido la habilidad de moldear durante siglos y siglos el pensamiento femenino de un modo tan hábil, que la pobre hembra todavía muestra agradecimiento porque la mantiene al lado de él y se esfuerza por adivinar su voluntad, cumpliéndola inmediatamente.

-            Vieron en su infancia cómo su madre se prosternaba ante el padre; aprendieron en el propio hogar que las mujeres son infinitamente inferiores al hombre, y por eso acogen con agradecimiento inmenso la menor muestra de consideración que se dignan darles. El japonés, por su lado, desde los primeros años de su niñez aprende con el ejemplo de sus mayores que la hembra solo ha venido al mundo para servir al varón y procurarle placeres materiales. Así se comprende que la poligamia japonesa haya sido más tranquila y disciplinada que la de los musulmanes.

-            existe un código escrito de los deberes de la mujer, que redactó en el siglo XVII un moralista llamado Kaibara. En él se dice que las mujeres «nacen con los defectos de la indocilidad, el eterno descontento, la murmuración, los celos y la escasez de inteligencia», lo que las hace inferiores al hombre, y por ello es legítimo y oportuno que este las someta a una dirección vigorosa. Según Kaibara, la mujer no debe tener dioses propios y mirará siempre a su marido como único dios, adorándole al mismo tiempo que le sirve. El esposo debe ser su único cielo. Y como si reglamentase las ceremonias de un culto, añade que la esposa debe vestirse con humildad, adornarse únicamente para inspirar deseos a su marido,

-            al adoptar el país los adelantos materiales de Occidente, copiando sus costumbres, esta constitución tiránica de la familia, dentro de la cual las esposas no son más que domésticas de clase superior, empieza a modificarse de un modo alarmante para los guardadores de la tradición.

-            Existen ya en las altas clases muchas japonesas que no toleran la poligamia, conocen los celos, expresándolos francamente, y se niegan a continuar la esclavitud resignada y agradecida de sus abuelas. […] Los esclavos —como dice Brieux (6)— solo encuentran tolerable su situación mientras viven con seres de su misma clase, y se consideran desgraciados si ven de cerca a los que gozan de plena libertad.

-            La evolución industrial del país contribuye rápidamente a las transformaciones de la mujer. Esta es ahora obrera en las fábricas, escribe a máquina en las oficinas, desempeña empleos en almacenes y tiendas, así como en muchas administraciones del gobierno, y al ganar su vida puede existir independientemente, sin el apoyo del hombre, que ya no es para ella «el dios único» recomendado por Kaibara. Si se casan y quedan viudas, no realizarán seguramente lo que exigía este venerable moralista, «pintarse los dientes de negro, cortarse los cabellos, afeitarse las cejas, hacerse feas para no inspirar tentación a ningún otro hombre».

-            Los motivos de divorcio son numerosísimos en el Japón, y entre ellos figuran «que la esposa no obedezca las órdenes de la suegra; que muestre celos del marido; que se enfade con él, profiriendo palabras descorteses». Si tales motivos rigiesen en los demás países, inútil es decir que ya estarían disueltos casi todos los matrimonios de la tierra.

-            penúltimo emperador, que tantas reformas hizo en medio siglo de reinado, para dar un aspecto moderno a su país, tuvo que prohibir por una ley, en 1870, que los padres siguieran vendiendo sus hijas a las traficantes del Yoshiwara.

 

Sobre las geishas:

-            la geisha, cada vez menos numerosa y más decadente, que es la bailarina y la música de los lugares de diversión.

-            La geisha ha representado siempre para el padre de familia japonés la poesía de la vida, lo imprevisto y complicado que hace sufrir y proporciona deleite al mismo tiempo; en una palabra, el amor.

-            la geisha no fue nunca una prostituida. Su verdadera misión es divertir a los comensales con su belleza y sus palabras.

 

Sobre las flores:

-            japonés abarca en su veneración todas las flores, dedicando mayor predilección a las de los árboles, casi inadvertidas en otros países, que a las de los arbustos, más conocidas y apreciadas en el Occidente. Cuando al iniciarse la primavera florecen los cerezos, se organizan fiestas de un extremo a otro del Japón, que duran mientras existe dicha flor. Al pie de los árboles se congregan las muchedumbres para presenciar el Miyaco-Odori, la «Danza de los Cerezos», y estas romerías dan motivo a un consumo enorme de sake,

-            Antes de la fiesta de los cerezos ha sido la de los ciruelos, en realidad la primera del año, pues dichos árboles florecen cuando las nieves empiezan a fundirse.

-            En mayo es la fiesta de las peonias, que no son aquí inodoras, como en el resto de la tierra, gracias a los floricultores nipones que consiguieron darles un ligero perfume de rosa. Después son festejadas las glicinas de largos racimos, y las azaleas, que abundan mucho en los campos. En el curso del verano dedican su alegre glorificación a los iris, a los lotos, y al empezar el otoño se celebra la fiesta de la flor que pudiéramos llamar nacional, pues simboliza al Japón en el resto del mundo, la crisantema, de infinitas variedades.

-            En los ramilletes japoneses figuran como delicados componentes la flor del melocotonero, del peral, del ciruelo, del albaricoquero. Estas flores son infecundas; no contienen la esperanza de ningún fruto. Nacieron simplemente para lucir una belleza virgen y jamás conocerán la procreación.


Curiosidades:

-            El Japón se reconoce discípulo de la China; de ella tomó sus primeras lecciones de civilización y su arte copió mucho tiempo el de los chinos.

-            Dos defectos físicos y sus remedios inventados por el hombre blanco, los ha aceptado el japonés de la clase media como adornos personales: la miopía y la caries dental.

-            El japonés, cuando quiere expresar su afecto o su admiración, no conoce el miedo al ridículo, que tanto cohíbe y enfría la exterioridad de nuestros sentimientos.

-            Japón, en su vida histórica, solo ha tenido tres colores: el negro, usado en las ceremonias palatinas por el emperador y sus cortesanos y que las clases elevadas guardan aún; el rojo, que fue el de la nobleza media, y el azul, usado por la burguesía y el pueblo.

-            El Japón, que en realidad no es rico, sostiene un ejército y una flota enormes, necesitando invertir en el mantenimiento de tales fuerzas tres cuartas partes de sus ingresos. Le preocupan más sus medios ofensivos y defensivos que el ornato y la higiene de sus ciudades.

-            Syusei Tokuda, el gran novelista del Japón.

-            El japonés constituye su familia bajo la dirección indiscutible de sus padres, que lo casan sin tomarse la molestia de consultar su opinión.

-            La lengua japonesa no tiene palabras para insultar a un enemigo ni para expresar obscenidades. Todo su diccionario es un manual de buena educación.

-            Las actrices inspiran más entusiasmo aún que los actores. Pero el lector sabe que en el Japón los papeles femeninos son desempeñados por jovenzuelos.

-            El té japonés, consumido enteramente en el país, es más fuerte que el chino, de un sabor áspero y silvestre.

-            Para engrandecerse tuvo que batallar con la China, desorganizada y poco propensa a la guerra. Su único enemigo importante fue la Rusia de los zares, podrida hasta la médula por la inmoralidad administrativa, debilitada por el odio popular, y teniendo que mantener ejércitos casi en el lado opuesto del planeta, sin otro medio de comunicación que el Transiberiano, ferrocarril incompleto, de vía única.

-            la famosa isla de Myajima, la Arcadia japonesa, un pedazo de tierra «donde nadie nace y nadie muere» […] Aguas adentro, un tori enorme hunde sus dos columnas de madera en la superficie tranquila, que refleja su imagen. Es tal vez el pórtico más hermoso del Japón por su emplazamiento marítimo.

-            llamaron a la China Imperio del Sol Poniente, ya que por el lado de esta nación continental descendía y se ocultaba el astro diurno.

 

Sobre Niko:

-            Niko, la Sagrada Montaña de Niko, el monumento fúnebre más suntuoso y artístico que posee el Japón.

-            «Quien no ha visto Niko —dice un refrán japonés—, que no use la palabra “maravilla”.»

-            Puerta del Día, obra famosa en todo el Japón, que puede considerarse como lo mejor de la Montaña Sagrada.

-            El de los Monos es célebre por tres animales de esta especie que figuran en su frontón. Uno se tapa los oídos, otro los ojos, y el tercero hace un ademán de silencio, indicando con tales posturas que no debemos escuchar, ver ni hablar cosas que propaguen el mal.

-            en el fondo de la última se alza la más grande de las pagodas, el «Esplendor de Oriente», sin ninguna imagen divina. Solo tiene una mesa para las ofrendas a los antepasados, pero toda ella es de oro. ¡Siempre el oro!

 

Sobre Kioto:

-            Visitamos las grandes pagodas en nuestras primeras correrías por Kioto. Esta ciudad es la capital del budismo en el Japón, y tal vez ninguna del Extremo Oriente siente como ella la influencia de dicho culto religioso.

-            Hubo una época en que llegó a tener 3.893 templos y santuarios dedicados al citado culto.

-            El número actual tal vez sea inferior en muy poco. A esto hay que añadir 2.500 templos y santuarios del culto sintoísta. Con razón los japoneses han llamado siempre a esta ciudad Kioto la Santa.

-            el Mikado vivió siete siglos en esta ciudad, sin mezclarse para nada en el gobierno del país, enteramente confiado a los shogunes, e interviniendo solo en los asuntos religiosos.

-            El ensanche de la ciudad y de los jardines públicos ha invadido una parte del antiguo dominio imperial. Pero todavía las actuales residencias del Mikado llenan un área considerable.

-            La entronización se celebra siempre en Kioto, y la corte abandona momentáneamente para tal ceremonia el palacio imperial de Tokio.

-            En el centro de esta ciudad imperial, siempre silenciosa o infranqueable dentro del corazón de Tokio, está el templo de Jimmuteno, primer ascendiente de la dinastía.

-            Visito el Gran Palacio donde se celebran las coronaciones, situado en el centro de Kioto, y el Palacio de Verano, no menos grande, que se extiende en las afueras.

 

Sobre Nara:

-            Nara es la ciudad más antigua del Japón, la primera que habitaron los Mikados en una época casi fabulosa,

-            Uno de los personajes de la mitología japonesa vino a Nara montado en un gran ciervo, y desde entonces la ciudad mira con simpatía a los animales de esta especie. El Parque Sagrado de Nara tiene siempre una población de venados, que se renueva hace más de mil años, sin cambiar de sitio. En la actualidad son unos setecientos los que trotan por sus senderos confiadamente, saliendo al encuentro de los transeúntes, para toparles con un testuz suave, si no les ofrecen algo de comer.

-            estos venados que recuerdan la cabalgadura del dios viajero les dan en el país el nombre de «kokos».


Sobre Osaka:

-            Osaka es la ciudad más populosa del Japón, después de Tokio.

-            Aquí están las grandes manufacturas de la sedería japonesa y todos los centros de la industria moderna del país.

-            Kobé, que es en realidad el puerto de Osaka.

-            En Osaka se vive ya muy lejos del antiguo Japón, visto en los libros y las estampas.

 

Sobre Corea:

-            Es el príncipe heredero de Corea, que va a pasar una temporada en la capital del país regido en otro tiempo por sus ascendientes. Esto de príncipe heredero no es más que un título. Nada puede ya heredar, pues el reino de Corea se lo anexionó definitivamente el Japón en 1910.

-            los cortesanos del príncipe de Corea y al mismo tiempo sus guardianes. El príncipe vive sometido al Mikado, y perdió todo crédito en su antiguo reino, pero nadie puede adivinar el porvenir, y montando la guardia junto al heredero sin herencia, velan por la seguridad del Japón

-            Corea y Seúl son nombres que solo usamos los blancos y desconocen los coreanos. El verdadero nombre de Corea para los del país es Chosen, y Seúl se llama en coreano Keijo.

-            En los numerosos siglos que duró el régimen de los emperadores, el vastísimo país amarillo se tituló Imperio de Enmedio. Admitían que el Japón fuese el país del Sol Naciente, pero ellos no podían ser el del Sol Poniente, pues veían descender a este más allá de sus dominios, en tierras desconocidas. Colocado entre el Imperio del Sol Naciente y el Imperio de Enmedio, tomó el reino de Corea el título que le quedaba disponible, y se llamó Cho-sen, que significa «Mañana Tranquila» o «Mañana Fresca».

-            Este reino de la Mañana Tranquila es uno de los lugares del Extremo Oriente que más tardaron en recibir la visita de los blancos. Marco Polo, que estuvo en tantos pueblos del Asia del Este, no pasó nunca por Corea. El primero que penetró en el país fue un jesuita español, el padre Gregorio de Céspedes, en 1594, pero no pudo ir más allá de los alrededores de Fusan, donde nos hallamos nosotros ahora. Ningún pueblo asiático fue tan cruel como este en la persecución de los misioneros cristianos. Los martirios de Corea resultan los más espantosos de todos.

-            En nuestros tiempos se disputaron este reino decadente la China, Rusia y el Japón. El Imperio chino, gobernado por los soberanos manchúes, que procedían de los límites de la Corea, era el dominador. Pero el Imperio del Sol Naciente, deseando esparcir su exceso de población en el suelo asiático, había puesto sus ojos en el país de la Mañana Tranquila.

-            Con el pretexto de libertar a los coreanos de la «tiranía china», hizo la guerra al Imperio de Enmedio en 1894, obligándolo a que reconociese la independencia de Corea. Después, como los rusos pretendían influir en la política de este país, hizo la guerra a Rusia en 1902, y la batió, siempre por defender la independencia de la pobre Corea. Y en 1910, para que nadie pudiese atentar más contra la tal independencia, se anexionó simplemente la península coreana, declarándola colonia japonesa. Pocas veces se ha visto en la Historia tanta generosidad aparente encubriendo una hipocresía tan cínica.

-            Corea es un país de rudos inviernos, y sus habitantes no poseen la dureza de los japoneses para arrostrar el frío. Los coreanos han tomado de los chinos su sistema de calefacción. Todas las viviendas, por míseras que sean, tienen un subterráneo de piedra, donde se encienden hogueras que envían su calor a través del piso de tablas. Para poder calentarse durante numerosos siglos, los coreanos han cortado primeramente los troncos de sus bosques, y al fin arrancaron sus raíces. Los japoneses, al menospreciar a estos amarillos que viven bajo su dominación, dicen que el fuego fue para los coreanos lo que el opio para los chinos. El placer del calor los adormeció, mientras su país iba decayendo.

-            En Ginebra los señores de la Sociedad de Naciones lo han escuchado muchas veces con aire distraído. ¡Pedir que el Japón renuncie a la Corea, cuando ya la posee hace años y guarda en su propia casa, como un esclavo feliz, al último heredero de sus reyes! Que se contente con esta única presa es lo que desean las otras potencias.

-            En lo que se refiere a la ayuda de los Estados Unidos, tal vez se vea usted obligado a esperar un poquito más, querido doctor. Antes de exigir al Japón que devuelva a Corea su independencia, los señores de Washington tendrán que ocuparse de otros dos países que se llaman Puerto Rico y Filipinas.

 

La obra tiene pasajes auténticamente literarios:

-            Tú ya no eres joven, bien lo sabes; pero como todos los imaginativos, procuras olvidarlo y te empeñas en trastornar los períodos fijos de la vida, prolongando los entusiasmos, las ilusiones y las credulidades pasionales de los veinte años.

-            Si a lo menos pudiéramos conseguir viajando el olvido de nuestras penas!… Pero acuérdate de Horacio: «La negra preocupación monta a la grupa del jinete». Por eso, según el poeta latino, aunque te instales en el buque más veloz y navegue sin descanso por todos los mares, las mismas cosas que te afligen aquí irán contigo alrededor del planeta.

-            Deseo ver razas, costumbres y ciudades distintas de esta Europa, cuyos pueblos, monótonamente unificados, solo se diferencian por el odio que inspira la vanidad patriótica, por la guerra y la política.

-            Podrás apreciar el aspecto exterior de los pueblos; no alcanzarás a poseer el más leve destello de su alma. ¿Para qué cansarte por tan mediocre resultado?...

-            »El artista necesita ver una parte de la verdad. El resto de la verdad lo adivina por inducción, y las torres afiligranadas que levanta con su fantasía son casi siempre más fuertes y duraderas que los edificios de mazacote, escrupulosamente cimentados, que construye la grisácea realidad.

-            Admiro el enorme esfuerzo realizado por un pueblo que hace medio siglo vivía en su Edad Media y se asimiló en tan corto espacio de tiempo todos los progresos materiales realizados por el resto de la humanidad. Admiro su buena educación y me asombra igualmente su disciplina, que le permitió cambiar de un modo casi instantáneo sus pensamientos,

-            Los japoneses, que son el pueblo más cortés de la tierra, no reconocen obstáculos cuando se proponen la realización de un deseo. Estos hombrecitos risueños y amantes de las flores consideran la muerte como un accidente sin importancia.

-            Sobre estas tierras misteriosas, ocultas en la oscuridad, se mataron miles y miles de hombres hace veintidós años, y el mundo olvidó ya tan espantosa carnicería. Nuevas matanzas humanas han borrado su recuerdo. Y así continuará la historia del hombre, al que llaman el más inteligente de los animales.

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