Monday, 14 August 2017

Virgen

Lena y Timor se levantan de la cama perezosamente. Acaban de hacer el amor. Ya son diez los años desde que Timor recogió la bufanda que  Lena perdió del brazo y seis desde que decidieron mudarse juntos. Ahora viven en un pequeño piso céntrico en Madrid, un tercero, de bonita fachada y luminosas ventanas, una habitación, un baño y un salón-cocina de esos modernos separados por unas encimeras, pero que en esta casa, de acusado desgaste por el paso del tiempo, no deja de conferirle un peculiar y anacrónico aspecto. De exquisita localización, a diez minutos a pie del Retiro, dos minutos de la estación de metro más cercana, en medio del vívido ambiente de la ciudad que apantallado por las gruesas y elegantes ventanas acaba en un continuo pero sosegado rumor, que introduce a los dos amantes el espíritu de la ciudad. Abandonan ambos la habitación, Timor acude al frigorífico para preparar algo ligero que sirva de cena mientras que ella desinteresadamente enciende el televisor y a continuación, corriendo ligeramente la cortina, vigila furtivamente a los transeúntes. Si al contrario de los que allí se encuentran, fuésemos un avispado observador, nos daríamos cuenta de que al otro lado de aquella ventana se sitúa un perfilado cuerpo de exquisitas curvas, pies descalzos, largas piernas y negras bragas de seda parcialmente escondidas bajo una sencilla camiseta blanca de varias veces su talla. Un cuello esbelto conduce a un bello rostro definido por delicadas líneas. Tez blanca y labios rosados, ojos azules enmarcados por largas pestañas bajo rectas y delgadas cejas que de cruzarnos con ellos habríamos de retirar la mirada. Ella disfrutaba de mirar el caminar de la gente, sus actitudes tan diversas, cómo prestaban vívido o casual interés a los escaparates que conformaban la calle. Los coches mejor o peor aparcados, las ventanas, de día algunas abiertas y otras cerradas y de noche algunas adivinaban luces encendidas mientras que otras permanecían apagadas. Intentaba obtener mentalmente patrones de estos actos, patrones que instantáneamente descartaba, pero que le hacían jugar con extrañas y obscuras confabulaciones, acaso el comportamiento de la gente estaba individualmente determinado o por el contrario lo que veía era simplemente una muestra estadística de un comportamiento dictaminado por la sociedad. Así está entreteniendo su mente cuando la emisión del televisor que suena de fondo se interrumpe  para dar paso a un boletín informativo. Última hora, inicia el encabezado. Ataques nucleares en las ciudades de Nueva York, Boston y San Francisco. Otros ataques han sido neutralizados. A la espera de confirmación del presidente de los Estados Unidos y atendiendo al protocolo establecido, se prevén ataques en las principales ciudades de Pekín, Shanghái, Chongching, Shenzhen y Harbin, entre otras. Recuperando de nuevo la consciencia para respirar, Lena no puede creer lo que escucha. Mira instintivamente a Timor buscando comprensión para a continuación darse cuenta que los platos en los que su novio estaba atareado yacen rotos en el suelo y su mirada perdida ante el televisor, ante un mundo oscuro que rasga cruelmente su burbuja de locus amoenus, una horripilante realidad que no sólo amenaza, sino que acababa de destruir sus esperanzas para siempre, rotas las ilusiones por la sensibilidad inexistente de una pantalla de veinticuatro pulgadas. La noticia continúa: Rusia lanza ataques preventivos contra Berlín y Varsovia, rápido despliegue de tropas hacia las fronteras y movimiento de flotas hacia zonas estratégicas. España, miembro de la OTAN, debe preparar las bases aéreas para el aterrizaje y reabastecimiento de bombarderos tácticos y nucleares y las estaciones de escudos antimisiles deben estar en máxima alerta. Se ruega a los civiles por favor acudan a los subterráneos más cercanos y permanezcan allí con las radios encendidas a la espera de nuevas noticias. Ambos continúan paralizados mirando el televisor. Despiertan con los llantos encendidos de niños llevados apresuradamente en los brazos firmes de sus madres, de puertas al cerrarse y de pisadas aceleradas por las escaleras. Entonces Timor se acerca a Lena y con una suavidad majestuosa la envuelve en sus brazos, como si temiera romper la delicada porcelana en que Lena se había convertido. Se miran fijamente, esa mirada que atravesaba los más oscuros secretos y corazones, Timor la mantiene, pues su corazón es de ella y no hay secretos que tuviera que esconder. Ella llora y él tiene que hacer un gran esfuerzo para no quebrarse con ella. Ambos saben lo que tienen que hacer. Esta situación no era inimaginable para ellos, se empezó a esbozar en sus mentes hace dos años, cuando aquellas estúpidas islas, las Spratly y Paracel, fueron el foco de una escalada de tensiones entre las potencias de Estados Unidos y China, cada uno con su propio circo ambulante de portaviones y submarinos. Ya casi  había transcurrido un siglo desde la segunda guerra mundial y desde entonces se había producido una renovación íntegra de generaciones. Ya no quedaba alma viva de aquella ignominiosa época para recordarnos los desastres que derivan cuando los egos de los líderes acompasados por los nacionalismos de sus ciudadanos chocan de frente. La invasión de Taiwán por parte de China hacía tres meses no alentaba a una mejora de la situación y la lluvia nuclear sobre Corea del Norte del mes pasado dejó patente que las bombas atómicas estaban de nuevo sobre la mesa y con ganas de usarse. Así que sería impreciso decir que Lena y Timor no esperaban que esto ocurriese, pero es injusto achacarles que les pillara de sorpresa, por muchas señales que se tengan, es difícil admitir el fin de una vida acomodada. Pero sin duda este boletín de noticias lo anunciaba, estaban en guerra. No en su guerra, por supuesto y no me refiero a España. Miembro de pleno derecho y con los tratados en vigor, España entraba en guerra por la puerta grande, así se lo había ganado perteneciendo a pretenciosas alianzas. Me refiero a Lena y a Timor. En absoluto era su guerra y no pensaban formar parte de ella. El piso en que vivían era su microestado desde el que observaban como cada día, desde el mismo sitio, se distanciaban más y más del mundo que les rodeaba. No comprendían los intereses de los hilos conductores de la sociedad, o mejor dicho, sí los comprendían pero no llegaban a entender cómo tan bajas ambiciones conquistaban el corazón y las pasiones de tal multitud. Timor dijo una vez: Es culpa de la bajeza de sus corazones, de los intereses egoístas y de la envidia al vecino, de no mirarse al espejo y entenderse a uno mismo, entender que lo que se necesita ya se tiene y no se necesita más. Entender que el tiempo es oro y que el oro es una pérdida de tiempo. –Te recuerdo que esta casa se alquila con oro, pero continúa, me encanta cuando te indignas - réplico Lena con una pícara sonrisa, mientras le desabrochaba los pantalones. – Tienes razón, es cierto que puedo sonar cínico. Sin duda la felicidad de cada persona necesita de una solución particular y yo he tenido la suerte de encontrar la mía. Nunca seré capaz de pagar la deuda al mundo por hacerte caer la bufanda aquella vez, por abrirme la puerta a hacerme tuyo. – Y yo soy tuya. Jadeó Lena mientras él le penetraba. Ese mundo de pasión y ternura distaba ahora años luz. Y sin embargo allí están, los dos, uno frente al otro, los mismos que hacía diez minutos pero con los sueños rotos. Se observan los rostros, de repente envejecidos, pero conservando el esplendor y la frescura de una vida bien llevada, el resultado de los años felices que llevan juntos. No lo van a permitir, no van a permitir que terceros por ruines intenciones destrocen lo que tantos bonitos recuerdos han construido, tantas felices vivencias conseguidas. No van a permitir que una insolente onda expansiva arrebate la última palabra de la boca de los amantes y peor aún, no permitirán que los estragos del hambre, la cruel naturaleza humana en tiempos de guerra y el sufrimiento hagan presa de estos bellos cuerpos. No quieren ver el rostro de la guerra, el eterno fracaso de la condición humana. Y en caso de sobrevivir, no quieren tener nada que ver con lo que vendrá después, con el aborto de planeta que resultará entre las cenizas, con los titánicos esfuerzos que harán falta para volver a fertilizar campos y mentes de mismos frutos e ideas mejores. Pasarán siglos hasta que vuelva a haber calles hermosas con elegantes fachadas. Esa será la batalla de otros, de aquellos que estén presentes por no haber tenido la posibilidad de elegir el suicidio o por los que habiéndola tenido consideren que su vida aún puede merecer el intento. No lo consideran así ellos. Timor va al baño y extrae dos cápsulas de cianuro del botiquín. Se dirige a la habitación, se desnuda y se tumba en la cama donde ya se encuentra Lena también desnuda. Fuertemente abrazados se despiden verbalmente y con los corazones. Hacen las paces con el mundo y satisfechos con la vida que han tenido y agradecidos por la oportunidad y la fortuna de haberla vivido, tragan el veneno.

Saturday, 29 April 2017

Salvaje

Revienta el cerrojo de un culatazo, prepara la escopeta, rápidamente cruza la puerta y de un vistazo cubre la estancia. Parece que no hay nadie. A su derecha un mueble y sobre él unos recuerdos cubiertos de polvo que le advierten de que esa casa no es la suya. Una taza pintada a mano reza 'felicidades mamá'. La agarra con indiferencia para a continuación estrellarla al otro lado de la estancia. Con expresión divertida extiende el brazo y arroja el resto de objetos violentamente contra el suelo. No parece molestarle extremado alborozo, puede deberse a la parcial sordera que le acompaña desde hace varios años, o simplemente a que su instinto de supervivencia no funciona como en el resto de los mortales. Cómo ha llegado hasta tan lejos, suele preguntarse. Él piensa que es un castigo, justamente él, que le ríe las gracias a la muerte, sigue ahí fuera un día tras otro, en la soledad de este mundo terrible, de este mundo enemigo. Él, que se ha llevado a tantos, que tantas vidas ha segado, no parece que pueda descansar tranquilo, Qué injusticia, él también lo piensa. A veces se plantea lo fácil que sería acelerar la moto y acabarlo todo. Pero sabe que no lo hará,  no es su estilo, aún le quedan cartuchos de escopeta. Adentrándose más en la casa, la habitación se amplía notablemente en una acogedora sala de estar a la derecha separado de una pequeña pero bien organizada cocina a mano izquierda por un tabique a media altura que hace las veces de barra interrumpida por un sencillo pero elegante arco que comunica las dos estancias. Debería centrarse en buscar comida, principalmente latas de conserva, comida deshidratada o algo del estilo que suele encontrarse en los armarios sobre la encimera. Pero él no lo hace, hoy como ayer y como siempre no es un día que le interese sobrevivir. Al igual que los indios de Jerónimo, se alimenta a base de tierra. Obviamente no es posible, no que no la haya comido, sino alimentarse exclusivamente  de ella. Él está más interesado en los muebles de salón. Hambre hace meses que no tiene, pero la sed, esa no la pueda disimular. Sin delicadeza alguna, va abriendo todos los armarios hasta que dando una patada a la mesa café da por finalizada su búsqueda. Vaya mierda de casa. Se dice. Entonces su atención se centra en un espejo de estilo marroquí colgado en frente de él. Hacía tiempo que no observaba su rotro. Tan desfigurado. Con una sonrisa macabra se muestra sus encías desdentadas y su piel tan arrugada. Para ser de los últimos que quedamos en este museo, soy un asco de pieza. Ríe su enfermiza calavera. Invitado por el sofá de diseño, decide acomodarse un rato. Deja el arma sobre la mesa volcada y mira reflexivo el marco del espejo. El salvaje parece acordarse de aquel mundo que hubo antes. Cuando todos los dientes completaban su mandíbula y cuando uno se preocupaba por el espejo que encajaría mejor en el salón. Un individuo de dos diferentes especies. Y sin embargo un chacal será siempre un chacal. Parece melancólico. Dónde está la poesía y la arquitectura. Aquellos compases y las preciosas pinceladas. Tararea por unos instantes el preludio de Bach. Dónde fueron a parar. La ley de la jungla se los comió de un bocado. El espejo le recuerda la decepcionante respuesta a la pregunta que siempre le rondó la cabeza. 'Esto es lo que de verdad somos'. 'Sin maquillaje'. Curiosa forma de hablar esta la de nuestro vaquero. Sin despeinarse acaba de reducir años de trabajosa civilización a una analogía tan superficial. Los godos han cruzado el Danubio y avanzan directos hacia Roma. Ha caído el imperio. Ya no hay muros de Adriano ni nadie que los levante. Y él se encargará personalmente de ello. Es la curiosa manera en que ha decidido dar justificación a su penosa existencia. Otro en su lugar, posiblemente infectado por el germen que debidamente desarrollado acabaría en un renovado intento de levantar algo más digno que guaridas, en crear algo propio que sólo la raza humana puede crear, procuraría reagrupar a un cada vez mayor número de gente, emplazar una nueva aldea donde a base de especialización pudiera crearse de nuevo una sociedad donde el ser humano sea capaz de satisfacer necesidades y aspiraciones más elaboradas que aquellas de los animales. Ese otro, en su lugar, tendería la mano y una cajetilla de tabaco. Él, sin embargo, apuntó su escopeta y gastó otro cartucho. Él considera que se acabaron las oportunidades. Desperezándose, marcha hacia la salida, desde donde se escucha el infernal ruido del motor mal mantenido de su moto. Ni apagarlo si quiera le preocupa.



























Saturday, 24 September 2016

A la deriva

De vuelta al teclado, con un verano de por medio y sin una insignia aparente que capitanee esta entrada. Una excusa para sumergirme unos minutos en la música de mis cascos y dejar fluir la mente, hay esquinas que empezaban a oxidarse. ¿Qué escribir pues? ¿Qué han sido estos meses pasados? Descubrir rincones que pensaba olvidados, inexistentes. Sentir, esperar, sonreir, sufrir, vivir. Subir y bajar, bajar y subir. Obvias incógnitas e inquietantes obviedades. De nuevo volver al concepto de 'state of mind'. Son muchos los kilos que deben pesar los sentimientos, de otra forma no entendería este dolor de espalda. Incapaz de combatir su huella, como un virus informático que, desatado, ha arrasado todo tipo de software y dejado una carcasa vacía. Iniciando una reconstrucción lenta, poco fiable. Vulnerable. Poniendo a prueba el dicho popular de 'lo que no te mata te hace más fuerte'. La verdad, no me siento más fuerte. Aún así el tiempo está por llegar, con la última palabra. Mientras tanto se sobrevive, y se aprende, supongo.

Friday, 24 June 2016

Europa

Con la ventana y puertas abiertas, la corriente de aire ondea la Union Jack que conservo en mi cuarto. Es un recuerdo de mi beca Erasmus, obviamente no la tengo por mi amor al Reino Unido. No es que le profese odio de ningún tipo, al contrario, admiro sus distinguidas personalidades en los diversos campos de ciencias y humanidades, no se le puede negar su aportación insustituible a la modernización del mundo que habitamos y sería un error reducir este país con su larga historia y protagonismo a el término país de piratas. Sin embargo, tampoco puedo negar mi profundo resentimiento y extenuación de haber tenido que vivir hasta ahora con la idea en mi cabeza de una Europa que se levanta a diario con el miedo de que la señora Gran Bretaña se despierte de mal humor y amenace con irse a menos de que se le revisen los previlegios. Nunca dispuesta a ceder soberanía, a competir con la misma moneda. Por ese lado, bien, portazo, tanto de mi habitación como del Reino Unido. Al menos de ahora en adelante ya dejamos las cosas claras. No queréis ser Europa, pues no lo seáis. A la mierda.

Habiéndose expresado mi parte visceral, procuro serenarme y comenzamos de nuevo la historia.

Lo he hablado muchas veces con mis amigos, me lo he preguntado muchas veces, por qué tengo esa sensación de que el mal va ganando al bien. Hoy veinticuatro de Junio del dos mil dieciséis, hora de Pekín, he conocido que los resultados al referendum británico de mantenerse o salir de la Unión Europea han sido favorables a la desvinculación de este proyecto común. Yo he sido de una generación que creció bajo sueños prometedores, o a mí me lo parecían. Nacido sólo seis años después de la adhesión de España a la Unión Europea y once años antes de la invención de la moneda única, una unión de verdad, como sólo podía entender cuando era un crío, parecia inevitable a la vez que obvia. Cuando tuve conocimiento del esperanto, hubieron las veces donde soñaba que así como estudiábamos inglés, posiblemente mis hijos o nietos aprenderían este idioma de cohesión cuando fueran al colegio. La culpa de todo esto, a parte de mi inocencia, también la ha tenido el espectacular desarrollo que ha sufrido el mundo tecnológicamente en las últimas décadas. Me era imposible imaginar que si el hombre era capaz de, en tan sólo setenta años, pasar de alzar el vuelo tres metros a llegar a la luna, no seríamos capaces de evitar el hambre en el mundo y acabar con las guerras. Ahora, algo más crecidito, tengo bastante claro que poco tiene que ver el progreso en la ciencia con el progreso de una sociedad. En el primer caso, uno coloca un ladrillo encima de otro. En el segundo, primero se quita el ladrillo y luego ya se pone el otro, si se pone. Dos mil años de historia y para qué, si se siguen cometiendo los mismos errores. Los europeos debemos de ser gilipollas, porque parece que con dos guerras mundiales que sufrimos ayer, todavía no nos ha quedado claro que o bien superamos nuestras diferencias o bien nos extinguimos a ostias. La diferencia ahora es que, en estos tiempos convulsos y vertiginosos, hay nuevos niños en el patio del colegio. Ya no sólo somos Tim, Pierre, Gertrude y los otros cuatro, ahora también están Yin, Yan y Mohammed. Y resulta que Yin tiene un país como cien de los tuyos y Mohammed tiene mucho petróleo. ¿Y tú Tim? ¿Qué juguete te has traído al colegio? ¿Racismo y nacionalismo británico porque Great Britain is the very best, otherwise wouldn't be Great? Pues ala, castigado a la esquina y allí te pudras, pero no porque te lo mando yo, sino porque es lo que te va a pasar. Lo triste es que Tim se ha castigado él solito. Demos gracias que no nos arrastre al resto, pero bueno, en este caso Tim, que siempre ha sido buen marinero, de estos de muchos pendientes, loro al hombro y hasta pata de palo y parche en el ojo, un buen pirata vaya, seguro que se las arregla para mantenerse a flote. Intento evitar empapar el texto con la bilis que me corroe, pues subjetiviza completamente el tema, pero soy incapaz, no siento nada de compasión cuando veo que alguien destruye tan gratuitamente, cerrando las puertas a mi sueños de niño, algo que se ha tardado tanto en construir. Una idea que no entraba en la cabeza de tres generaciones anteriores a la nuestra. Europa unida. No debe haber muchas mejores causas que merezca la pena defender. Sufro de tremenda pena e impotencia, cuando veo a todos estos oportunistas hablar de descohesión maquillándola de mil maneras para que parezca progreso, para que parezca una buena idea. Se lo perdonaría si fuese igual de fácil construir que destruir, pero no lo es. Y esta gente que promueve la ruptura, olvidándose de lo fácil que es hacer apología del odio, morirán, como moriremos todos, pero el desastre de mundo que dejarán a sus espaldas será un nuevo marco de desconfianzas y un foco de renovadas tensiones que llevará de nuevo décadas y un puñado de buenas decisiones, que no abundan, para deshacer este mal. Y por eso, volviendo al inicio del párrafo, sufro de esta tamaña depresión, donde veo que día tras día, las buenas intenciones y los buenos proyectos son dejados brutalmente de lado por una agónica avarica y ciego egoísmo, que no sólo tienen las patas muy cortas, si no que se hunden como ladrillos.


Antes de dar por terminadas las líneas de hoy, me gustaría hacer especial mención a algunas de las voces que han aclamado el resultado del referendum, en particular a Le Penn, Trump, al de Holanda y  a toda esa buena gente de ultraderecha con sus argumentos siempre reconfortantes. Especialmente me ha trascendido el ímpetu con el que toda esta gente ha ensalzado la libertad alcanzada y tan merecida por Gran Bretaña, como si estuviésemos hablando de la liberación de Polonia en la Alemania Nazi. Básicamente me encanta cómo se animan los unos a los otros, a destruir este nuestro mapa Europeo, para cuando luego todos tengan su villa particular, así como antes aclamaban la libertad de sus vecinos, pasarán a pasársela por el forro. Condenados hijos de puta.


Mi profundo pesar, he de reconocer, no viene porque el Reino Unido se vaya. En realidad, nunca estuvieron del todo. Es el símbolo que esto trae consigo lo que me preocupa. El precedente, la muestra de que Europa se puede caer a pedazos. Quisiera expresar mis deseos y esperanzas de que todo esto se revierta. Que toda esta crisis de una tregua y renueve la frescuera de un proyecto integrador. Es una desgracia que al final, una idea superior, como es conseguir un continente bajo una misma bandera, esté subyugado a razones económicas, que van y vienen. Ojalá la gente no siga siendo tan ciega de creer que separados nos irá mejor que juntos. Nunca fue así en los miles de años que llevamos, no va a ser así ahora.

Podría escribir mucho más, es tal el romanticismo que siento por este mi pequeño continente. Para mí Europa es una idea que siempre me atrapó desde pequeño, al fin y al cabo, para bien o para mal, Europa ha sido el motor y gran escultor, a base de sangre, del mundo en el que estamos. La idea de una Europa renovada, unida, con gran experiencia en lo que no se debe hacer, que luchaba finalmente por un proyecto tolerante, progresista, visionario, es la que siempre me ha acompañado. Como ave fénix, resurgió de sus cenizas tras la segunda guerra mundial, hito que marcó su punto más bajo e inició una tendencia que apuntaba alto, más alto que nunca. Y ahora desde fuera y, muy lamentablemente, desde dentro la quieren joder. Ojalá el sentido común, la cohesión y entendimiento venzan a las oleadas del miedo y desconfianza. Ojalá nunca me tenga que acordar de los aplausos que acompañaron al Brexit.

Quisiera también expresar que no soy ajeno a que la decisión de partición no es propia de cada británico, siendo de hecho un 48% de los votantes los que abogaban por la permanencia. Sería tema de otra entrada hablar de cómo de justo es que una diferencia de apenas un 2 % marque una cambio tan drástico en el rumbo de un país. Y otro tema a tratar sería cuándo se actualizará la democracia para cerciorarse de que cada uno de los votantes tenemos una mínima preparación para tomar según que decisiones. Porque sinceramente, si al final todos nos volvemos estúpidos, que parece que vamos por ese camino, una dictadura de estúpidos es bastante descorazonadora.

A modo de colofón, me gustaría añadir que si cambiamos las palabras Gran Bretaña por Cataluña y Europa por España, con algún que otro retoque en alguna línea, este texto seguirá siendo, desgraciadamente, igual de válido cuando llegue el momento.

Tuesday, 14 June 2016

Fin de semana en Yangcheng

Ya son tres las semanas que han pasado desde aquella experiencia, no he tenido ocasión de comentarla antes y maldigo la hora pues cada día que pasa, y ya son muchos, el vívido recuerdo se va desvaneciendo. Es una de estas cosas que, que yo sepa, sólo pasan en China. Viaje de fin de semana, ¿a dónde? Pues a dónde va a ser, a un sitio impronunciable que por mucho que te empeñes en recordar el nombre sólo será para volver a intentar memorizarlo más tarde y, por supuesto, a tomar por el ojal, pero eso es así siempre. China no la hicieron pequeña.

Debo parar la historia. Acaba de pasar una anécdota curiosa. He tenido que dejar unos minutos el teclado, mi novia y yo acabamos de dejarlo, justo ahora, entre risas. La misma con la que hice el viaje que aquí describo. Dado que fue ella la que me metió en el viaje y es una chica de la que he aprendido mucho, veía imprescindible hacer este inciso. Lo cierto es que ambos lo veíamos venir, por eso es entre risas. Cosas así no pasan todos los días, viva el sentido del humor.

Prosigo. Para no ser tan malvados con China y arrojarle un poco de luz, que ahora será desconocida pero pronto dejará de serlo, la ciudad a la que fuimos se llamaba Yangcheng 阳城, en la provincia de Shanxi. De unos trescientos mil habitantes, para China una ciudad pequeña, digamos pueblo. Dos horas en tren y tres horas de autobús. Tan lejos no estaba, es que me encanta quejarme. Bueno y qué pasa con el viaje, tanta expectativa y de momento sólo sabemos el nombre, que por cierto no nos suena de nada. Ni os sonará. Si he tenido que ponerme a buscar en las fotos del billete cómo diablos se llamaba el sitio. El sitio, bonito, bonito tampoco se le puede decir. Es cierto que tenía un casco histórico bien conservado, con su muralla y distintas dependencias, precioso, pero saliendo de aquí el resto de la ciudad era bastante omitible. Y por ser omitible la voy a omitir. Al grano. El viaje era gratis, el transporte, el alojamiento y las tres comidas diarias. La razón, según me pude enterar, era porque se pretendía promover el turismo por la región y qué mejor manera, alguien debió pensar, que llevar a extranjeros a zonas donde nunca nadie había visto uno. Y era tal cual. Aparte de un tour organizado por diverentos atractivos turísticos de la zona, el evento principal de esta esperpéntica aventura era un hiking de siete o veinte kilómetros, a elegir. Y es aquí donde me llevé la mayor impresión. Veinte kilómetros, veinte kilómetros completos con gente asombrados de ver a un laowai. Todo un ejército de voluntarios, imagino, distribuidos en espacios de unos veinte metros durante el largo trayecto, con el agua preparada y su botiquín de primeros auxilios. Y dentro de este asombroso despliegue, lo que más me llamaba la atención eran sus caras, sus reacciones. Como si fuéramos famosos, nos decíamos estupefactos. No era la primera vez que veíamos esta actitud de adulación en China, pero esta vez, fue demasiado. Eran las caras de los ancianos, lo que más me inquietaba. Una vez en Pekín, andando solo, se me acercó un joven chino y me preguntó si podría hacerme una foto con su padre. Éste, de avanzada edad, enjuto, con profundas arrugas, igual que su expresión. De Mongolia Interior, me dijo que venía. Me dijo el hijo, el padre obviamente no hablaba media palabra de inglés. Ni falta que le hacía, ni le debió de hacer. En una vida llena de escasezes, de cambios, de guerras, civiles y ajenas. Violenta y combulsa ha sido la historia reciente de China. Y allí de donde venía, el frío implacable del invierno y el horroroso calor seco del verano, no le facilitaría el transcurrir del día. Porque en según que lugares los días no se viven, se sobreviven. En eso pensaba yo cuando me instaban a hacerme la foto. Por supuesto, contesté, con vergüenza. Avergonzado de que la personificación de la dureza de esta vida quiera hacerse una foto conmigo, o con cualquier otro occidental, que sólo he participado en batallas que me dieron ganadas. Este recuerdo se me venía a la mente con cada paso que daba en aquel recorrido organizado, y pronto se quedó enterrado entre nuevas y profundas sensaciones que iba absorbiendo. Cuando observabas que te veía llegar, rápidamente tocaba el hombro de la persona descuidada que tenía a su lado, te señalaba con el dedo y quedaba estupefacto, ambos quedaban. Les sonreías y te devolvían las sonrisas más sinceras que un ser humano puede desenmascarar. Te aplaudían, en coro. Te animaban a continuar, jiayou, gritaban. Alguno chapurreaba alguna palabra del inglés, come on, llegaban a decir. Sobretodo los hijos pequeños, hallo, añadían a veces. Y fotos y fotos y fotos. Y después la meta. Y la entrevista. Y más fotos. Inmersos en un mar de gente, donde la policía a veces había de intervenir para crear espacio. Fue aquí donde se me acerco un chico que ya había visto antes, animando cerca de la meta. Padecía de una enfermedad intuyo cerebral que le afectaba gravemente a la movilidad y a la pronunciación. Me agarró fuerte del brazo y me indicó por signos de hacerse una foto. Intenté transmitirle mi agradecimiento como pude. Eso intenté con todos y cada uno. Increíblemente conmovedor.
Desde entonces he reflexionado mucho sobre este tipo de adoración hacia lo occidental que se profesa aquí en China, tan diferente y opuesta al trato que se le dirige a todo lo oriental desde occidente.
Ambas actitudes del todo inmerecidas. Pensaba mucho cuando pasaba entre los aplausos, entre las sonrisas, si estas personas podrían ser las mismas que en Arabia Saudí se reúnen en la plaza para lapidar a una mujer. Al final todos somos seres humanos. Al final es la falta de criterio. Como se suele decir 'de la palmada en la espalda a la patada en el culo sólo hay un palmo'.
Pero me parecería muy injusto que después de aquel fin de semana donde todos y cada uno de los chinos con los que me crucé fueron de lo más encantadores, acabara mi historia achacando falta de criterio a su actitud. Me es mucho más reconfortante pensar, y a la buena honra de la gente de Shanxi, que la buena naturaleza ha logrado triunfar en aquella región poco conocida de China. Ojalá nuestra presencia allí no les haya dejado indiferentes, mejores personas no creo, pero al menos haberles divertido. En cuanto a mí, es una hermosa experiencia que me acompañará siempre.

Sunday, 5 June 2016

Hasta nuestro próximo encuentro

Recién llegado del aeropuerto, cansado, con muchos pensamientos en la cabeza que, aunque pesen poco, me hunden en el asiento. La habitación hecha un desastre, mochilas y bolsas cubren la cama y suelo y los libros de chino y electromagnetismo desbordan la mesa y este mes que comienza, Ha sido una semana intensa, de mirar de nuevo a Pekín cara a cara. La razón: Jose y veintidós años de caminos conjuntos, de amigos que son hermanos. Mismo colegio durante doce años, mismo instituto durante dos y mismo es el mismo número de calles que nos separan. Bueno, ya no. Ahora son casi once mil kilómetros entre ambos, entre Pekín y Detroit. Mismo es el vuelo que ahora mismo lleva al amigo de vuelta, de vuelta a nuestros nuevos senderos, nuestras nuevas vidas que tan diferentes son de lo que acostumbraban a ser. Ocho días que han servido para relativizar distancias y tiempos, para refrescar memorias y airear ideas. Bajo un nuevo marco, China, totalmente distinto a lo que solía ser, la esencia es la misma, diferente la persepectiva, iguales los ojos. 
Por lo que nos queda por aprender y por nuestro próximo encuentro. Gracias por esta visita.

Tuesday, 24 May 2016

Certero

Lo ví en sus ojos, el mar enfurecido, la tormenta desatada, el viento gélido y los huesos calados, poco importaba, las rocas trituraban la madera y lo devoraban todo y a todos. Así andaba distraída mi mente cuando paseaba por cubierta. Mis dedos reconociendo lentamente el refinado acabado de tu pasamanos. Inclinado hacia levante, contrastaba mis pensamientos con el apacible despertar del sol en la lejanía. Perezoso pero firme, el astro rey empezaba a asomar por la línea del horizonte. Parece que tendremos otro día estupendo. Ausente, intentaba comprender qué es lo que me hacía estar seguro de que nuestra última aventura no sería sobre aguas afables. Yo, capitán, tú, mi barco, no acabaremos bien, ¿verdad? Te preguntaba mientras sonreía y acariciaba tu carpintería como el amo acaricia el lomo de su fiel podenco. Intentaba responderme mientras observaba tu laborioso artesanado, tu rematada manufactura, tu perfecta arquitectura. Tantos años juntos y la mar y el tiempo que tantas heridas profundas me han dejado en mente y piel, no se han atrevido a ponerte la mano encima. Ni un crujido de tus tablas, ni un solo clavo malintencionado, nada. Ni una señal que me advierta de tus maquinaciones de llevarme al fondo de estas aguas. Sin embargo, así lo planeas. No, tú no fuiste construida para acabar tus días en puerto. Vulnerable, dócil, humillada y despojada de todo lo que fuiste, hasta que tu última tabla sea reasignada a cualquier tarea mundana. Hombres, y su desgarrador sentido del pragmatismo. Dónde quedó el romanticismo, seguro que te preguntas. A doscientos metros bajo la línea de flotación. Y voy contigo a rescatarlo.