Tuesday, 14 June 2016

Fin de semana en Yangcheng

Ya son tres las semanas que han pasado desde aquella experiencia, no he tenido ocasión de comentarla antes y maldigo la hora pues cada día que pasa, y ya son muchos, el vívido recuerdo se va desvaneciendo. Es una de estas cosas que, que yo sepa, sólo pasan en China. Viaje de fin de semana, ¿a dónde? Pues a dónde va a ser, a un sitio impronunciable que por mucho que te empeñes en recordar el nombre sólo será para volver a intentar memorizarlo más tarde y, por supuesto, a tomar por el ojal, pero eso es así siempre. China no la hicieron pequeña.

Debo parar la historia. Acaba de pasar una anécdota curiosa. He tenido que dejar unos minutos el teclado, mi novia y yo acabamos de dejarlo, justo ahora, entre risas. La misma con la que hice el viaje que aquí describo. Dado que fue ella la que me metió en el viaje y es una chica de la que he aprendido mucho, veía imprescindible hacer este inciso. Lo cierto es que ambos lo veíamos venir, por eso es entre risas. Cosas así no pasan todos los días, viva el sentido del humor.

Prosigo. Para no ser tan malvados con China y arrojarle un poco de luz, que ahora será desconocida pero pronto dejará de serlo, la ciudad a la que fuimos se llamaba Yangcheng 阳城, en la provincia de Shanxi. De unos trescientos mil habitantes, para China una ciudad pequeña, digamos pueblo. Dos horas en tren y tres horas de autobús. Tan lejos no estaba, es que me encanta quejarme. Bueno y qué pasa con el viaje, tanta expectativa y de momento sólo sabemos el nombre, que por cierto no nos suena de nada. Ni os sonará. Si he tenido que ponerme a buscar en las fotos del billete cómo diablos se llamaba el sitio. El sitio, bonito, bonito tampoco se le puede decir. Es cierto que tenía un casco histórico bien conservado, con su muralla y distintas dependencias, precioso, pero saliendo de aquí el resto de la ciudad era bastante omitible. Y por ser omitible la voy a omitir. Al grano. El viaje era gratis, el transporte, el alojamiento y las tres comidas diarias. La razón, según me pude enterar, era porque se pretendía promover el turismo por la región y qué mejor manera, alguien debió pensar, que llevar a extranjeros a zonas donde nunca nadie había visto uno. Y era tal cual. Aparte de un tour organizado por diverentos atractivos turísticos de la zona, el evento principal de esta esperpéntica aventura era un hiking de siete o veinte kilómetros, a elegir. Y es aquí donde me llevé la mayor impresión. Veinte kilómetros, veinte kilómetros completos con gente asombrados de ver a un laowai. Todo un ejército de voluntarios, imagino, distribuidos en espacios de unos veinte metros durante el largo trayecto, con el agua preparada y su botiquín de primeros auxilios. Y dentro de este asombroso despliegue, lo que más me llamaba la atención eran sus caras, sus reacciones. Como si fuéramos famosos, nos decíamos estupefactos. No era la primera vez que veíamos esta actitud de adulación en China, pero esta vez, fue demasiado. Eran las caras de los ancianos, lo que más me inquietaba. Una vez en Pekín, andando solo, se me acercó un joven chino y me preguntó si podría hacerme una foto con su padre. Éste, de avanzada edad, enjuto, con profundas arrugas, igual que su expresión. De Mongolia Interior, me dijo que venía. Me dijo el hijo, el padre obviamente no hablaba media palabra de inglés. Ni falta que le hacía, ni le debió de hacer. En una vida llena de escasezes, de cambios, de guerras, civiles y ajenas. Violenta y combulsa ha sido la historia reciente de China. Y allí de donde venía, el frío implacable del invierno y el horroroso calor seco del verano, no le facilitaría el transcurrir del día. Porque en según que lugares los días no se viven, se sobreviven. En eso pensaba yo cuando me instaban a hacerme la foto. Por supuesto, contesté, con vergüenza. Avergonzado de que la personificación de la dureza de esta vida quiera hacerse una foto conmigo, o con cualquier otro occidental, que sólo he participado en batallas que me dieron ganadas. Este recuerdo se me venía a la mente con cada paso que daba en aquel recorrido organizado, y pronto se quedó enterrado entre nuevas y profundas sensaciones que iba absorbiendo. Cuando observabas que te veía llegar, rápidamente tocaba el hombro de la persona descuidada que tenía a su lado, te señalaba con el dedo y quedaba estupefacto, ambos quedaban. Les sonreías y te devolvían las sonrisas más sinceras que un ser humano puede desenmascarar. Te aplaudían, en coro. Te animaban a continuar, jiayou, gritaban. Alguno chapurreaba alguna palabra del inglés, come on, llegaban a decir. Sobretodo los hijos pequeños, hallo, añadían a veces. Y fotos y fotos y fotos. Y después la meta. Y la entrevista. Y más fotos. Inmersos en un mar de gente, donde la policía a veces había de intervenir para crear espacio. Fue aquí donde se me acerco un chico que ya había visto antes, animando cerca de la meta. Padecía de una enfermedad intuyo cerebral que le afectaba gravemente a la movilidad y a la pronunciación. Me agarró fuerte del brazo y me indicó por signos de hacerse una foto. Intenté transmitirle mi agradecimiento como pude. Eso intenté con todos y cada uno. Increíblemente conmovedor.
Desde entonces he reflexionado mucho sobre este tipo de adoración hacia lo occidental que se profesa aquí en China, tan diferente y opuesta al trato que se le dirige a todo lo oriental desde occidente.
Ambas actitudes del todo inmerecidas. Pensaba mucho cuando pasaba entre los aplausos, entre las sonrisas, si estas personas podrían ser las mismas que en Arabia Saudí se reúnen en la plaza para lapidar a una mujer. Al final todos somos seres humanos. Al final es la falta de criterio. Como se suele decir 'de la palmada en la espalda a la patada en el culo sólo hay un palmo'.
Pero me parecería muy injusto que después de aquel fin de semana donde todos y cada uno de los chinos con los que me crucé fueron de lo más encantadores, acabara mi historia achacando falta de criterio a su actitud. Me es mucho más reconfortante pensar, y a la buena honra de la gente de Shanxi, que la buena naturaleza ha logrado triunfar en aquella región poco conocida de China. Ojalá nuestra presencia allí no les haya dejado indiferentes, mejores personas no creo, pero al menos haberles divertido. En cuanto a mí, es una hermosa experiencia que me acompañará siempre.

Sunday, 5 June 2016

Hasta nuestro próximo encuentro

Recién llegado del aeropuerto, cansado, con muchos pensamientos en la cabeza que, aunque pesen poco, me hunden en el asiento. La habitación hecha un desastre, mochilas y bolsas cubren la cama y suelo y los libros de chino y electromagnetismo desbordan la mesa y este mes que comienza, Ha sido una semana intensa, de mirar de nuevo a Pekín cara a cara. La razón: Jose y veintidós años de caminos conjuntos, de amigos que son hermanos. Mismo colegio durante doce años, mismo instituto durante dos y mismo es el mismo número de calles que nos separan. Bueno, ya no. Ahora son casi once mil kilómetros entre ambos, entre Pekín y Detroit. Mismo es el vuelo que ahora mismo lleva al amigo de vuelta, de vuelta a nuestros nuevos senderos, nuestras nuevas vidas que tan diferentes son de lo que acostumbraban a ser. Ocho días que han servido para relativizar distancias y tiempos, para refrescar memorias y airear ideas. Bajo un nuevo marco, China, totalmente distinto a lo que solía ser, la esencia es la misma, diferente la persepectiva, iguales los ojos. 
Por lo que nos queda por aprender y por nuestro próximo encuentro. Gracias por esta visita.

Tuesday, 24 May 2016

Certero

Lo ví en sus ojos, el mar enfurecido, la tormenta desatada, el viento gélido y los huesos calados, poco importaba, las rocas trituraban la madera y lo devoraban todo y a todos. Así andaba distraída mi mente cuando paseaba por cubierta. Mis dedos reconociendo lentamente el refinado acabado de tu pasamanos. Inclinado hacia levante, contrastaba mis pensamientos con el apacible despertar del sol en la lejanía. Perezoso pero firme, el astro rey empezaba a asomar por la línea del horizonte. Parece que tendremos otro día estupendo. Ausente, intentaba comprender qué es lo que me hacía estar seguro de que nuestra última aventura no sería sobre aguas afables. Yo, capitán, tú, mi barco, no acabaremos bien, ¿verdad? Te preguntaba mientras sonreía y acariciaba tu carpintería como el amo acaricia el lomo de su fiel podenco. Intentaba responderme mientras observaba tu laborioso artesanado, tu rematada manufactura, tu perfecta arquitectura. Tantos años juntos y la mar y el tiempo que tantas heridas profundas me han dejado en mente y piel, no se han atrevido a ponerte la mano encima. Ni un crujido de tus tablas, ni un solo clavo malintencionado, nada. Ni una señal que me advierta de tus maquinaciones de llevarme al fondo de estas aguas. Sin embargo, así lo planeas. No, tú no fuiste construida para acabar tus días en puerto. Vulnerable, dócil, humillada y despojada de todo lo que fuiste, hasta que tu última tabla sea reasignada a cualquier tarea mundana. Hombres, y su desgarrador sentido del pragmatismo. Dónde quedó el romanticismo, seguro que te preguntas. A doscientos metros bajo la línea de flotación. Y voy contigo a rescatarlo.

Tuesday, 1 March 2016

Las confabulaciones de Morfeo

Estas palabras que hoy traigo, vienen de lejos y desde hace varios días. Hace una semana, exactamente, en Jerantut, Malasia. Un pueblo de carretera, modesto, feo, a caballo entre Kuala Lumpur y la selva de Taman Negara. Lo cierto es que la ubicación no es importante, tampoco lo es el tiempo, pues es sabido que los sueños nos alcanzan allá y cuando se lo propongan. Durmiendo, claro.
Tampoco es cierto que traiga hoy las palabras, hoy las escribo. Fue hace una semana cuando, tras la súbita lucidez concebida tras el despertar, me obligué a mi mismo a, dado que por aquel entonces me era imposible discurrir nada elaborado, tomar unas pequeñas anotaciones que me permitieran desarrollar el meollo del asunto cuando dispusiera de medios. Hoy los dispongo. Y del tiempo también.

Aún no dejan de sorprenderme la impredecibilidad y complejidad de los sueños, nunca dejarán de hacerlo. Hace falta al menos un universo para que exista un universo,  pero sólo hace falta una mente para reconstruir un universo equivalente, igual o diferente, a todos los efectos. Con sus leyes, con sus espacios ocupados y vacíos, con los cantos de los pájaros y con sus hombres y mujeres haciendo sus tareas mundanas. Con sus transcursos diversos y accidentados. Con sus entramados de película. Recuerdo un sueño de hará unos diez años donde aprendía la definición de una palabra, aunque al despertar no tardé en ser conocedor de que la definición era completamente errónea. Ajenos al hecho de lo incorrecta que fuese la propia acepción, el acto de aprender en un sueño, que el cerebro disponga de una palabra que no conocías su significado y proponga su propia definición y tú, como sujeto del sueño, la aprendas, es cuanto menos kafkiano. Aprendiendo exclusivamente de ti mismo, mal, pero aprendiendo. Recurriendo a la definición de 'aprender' y a la ecuación de continuidad de la mecánica de fluidos que viene a decir que 'no puede salir más de lo que entra', llegamos rápidamente a una contradicción. Si la aprendo de mí mismo, es que ya la sabía, pero no era así para mi yo consciente. El subconsciente diremos pues. Ese gran saco que con nosotros nació, recoge todo lo que percibimos y lo va enterrando bajo una gruesa capa de polvo. Pero ni etiquetando este gran enigma que son los sueños bajo el término de la subconsciencia podemos obviar la complejidad intrínseca que acarrea. Sin ir más lejos, me vienen a la cabeza todas esas situaciones en las que me encuentro hablando con diversas personas y ellas, con sus voces y comportamientos tan profesionalmente conseguidos, son capaces de sorprenderme con sus respuestas. Son capaces de negarme lo que quiero. Soy tan vulnerable e ínfimo en mi propio universo. Para rizar el rizo, un sueño que data de este pasado mes, superó de nuevo mi umbral del asombro. Un sueño dentro de otro sueño, siendo consciente en este último de que estaba soñando, no así en el primero. Y pasar varias veces del primero al segundo, hasta que, sorpresa, despierto ya por fin, confuso, en el mundo habitual. Así son los sueños. Un largo etcétera al que todos podemos aportar incidencias de variopinto proceder.

Sin embargo, aunque lo previamente expuesto rondaba mi cabeza buscando un momento de compasión para concederle un billete de salida, el principal motivo de que hoy me encuentre ante el teclado fue el sueño de la noche del 22 de febrero. No es nada fascinante, aunque ella si lo debía ser. Era ella. Es ella. Eso es lo que pensé cuando me desperté, entre la profunda frustración, confusión y concentración para procurar recordar lo máximo y poder transcribirlo al futuro. La prueba de que sí existe. Lamentablemente, las sensaciones no se pueden congelar y conservar para su posterior estudio. Fue esa la razón por la que me devané los sesos por intentar almacenar lo máximo que pudiera de aquellos irreales instantes. Percatándome de cómo segundo a segundo cada momento del sueño iba haciéndose añicos, me afané por retener las palabras 'es posible'. De los restos del naufragio, apenas se ha salvado mucho. No recuerdo ni su cara, el pelo era largo, castaño oscuro. Alrededor de un metro setenta y para restringir con total precisión las posibilidades a un puñado de personas, llevaba vaqueros. La situación era casual, en un bar con sus amigas, a las que tampoco identifiqué. De la situación, amén de una distendida charla en la mesa, sólo recuerdo una ligera discusión con ella hacia el final del sueño. Nunca me había sentido así con nadie. Nunca había sentido semejante conexión, semejante tranquilidad. Por fin el alma podía descansar. En el propio sueño, era consciente sin saberlo de que era aquello lo que buscaba,  y que lo tenía, que era posible. Que es posible. Al margen de lo que la vida depare, esa sensación que siempre sospeché, que siempre quise tener, pude sentirla, ergo puedo sentirla.

No soy de los que acuden a dobles sentidos y explicaciones metafísicas. Ni pretendo prostituir algo tan puramente mío de tan pésima manera. Sin embargo, me siento satisfecho de interpretar mi sueño de la manera que más me conviene, pues, y con pocas cosas puedo asegurar con completa certeza lo siguiente como lo hago ahora, para eso es mío. Es agradable y reconstituyente que tu propia cabeza te de pistas de lo que realmente ambicionas. Es fácil abandonarse a un nuevo proyecto, a una rutina y olvidarse de las pasiones más irracionales. Morfeo sabe lo que hace, cuando te coge y te suelta ante un nuevo enigma, donde tu yo más espiritual, habrá de resolver el misterio recurriendo a su verdadera naturaleza.

Monday, 30 November 2015

No aquí

Últimos pasos hasta la orilla. La estrechez del río no hace justicia a su largo recorrer. Allá desde las colinas, más lejos parece. Debe llover mucho, no podría ser de otra forma que las praderas fueran tan verdes. Extraño lugar, el cielo apunta un color escarlata y alguna estrellas se desvelan desde su infinita distancia. No hay bruma alrededor, la inmensidad es apabullante, mi soledad una consecuencia. Doblo las rodillas, me inclino sobre el agua e introduzco la mano en ella. El río pronto resuelve la interferencia, entrando ambos en delicada simbiosis. Mis dedos descansan a la vez que me transmiten sensaciones de otra realidad, de un rápido fluir, vagos y lejanos recuerdos, provenientes de las colinas. Rápido es el encuentro y rápida es la despedida. Hasta más ver, no en esta vida claro. Una ligera brisa despierta, celosa del discurrir del río, abraza mi cuerpo. El tiempo para, no lo hace el viento, no lo hace el agua. Inspiro fuerte, intento atraparlo todo, quiero purificar el alma, pero no es así como funciona. ¿De dónde vienes y, ahora que me conoces, a dónde irás? El viento, obviamente no pronuncia palabra. Tampoco las esperaba. El silencio es su respuesta, su condena y su salvación. Voy a todos los lugares y a ninguno, los mismos de los que vengo. Voy o no voy a donde quieres que vaya, pero cuando tu no estés, no iré y no volveré, ya no seré. Vuelve a fluir el tiempo. Siento sus ojos, azules o verdes, depende de la luz, eso me dijo. En la otra orilla, su pelo trenzado hasta la altura de las caderas. Siempre fui fiel apasionado de su pelo, tan bien cuidado, tan bien esculpido, y ella siempre lo supo. Sus pies se deslizan sobre el suelo, su cabello sobre su piel y sus pestañas sobre sus ojos. Su tez pálida, como su cuerpo esbelto, resaltan si cabe en la curiosa gama cromática del escenario. Aquí nos juntamos pues, aquí yo soy perfecto, aquí tú eres perfecta. Sólo aquí seremos felices.

Saturday, 14 November 2015

Boulevard Voltaire

Boulevard Voltaire, it is one of yesterday’s terrorist attack sites. More than two centuries ago most of Europe was living under dark times brought by the oppression of the Catholic Church in conjunction with the absolutist monarchies. What Europe didn’t know by then is that this dark period was going to be taken to its end by some enlightening minds. It was Rousseau, Diderot and Montesquieu. It was Voltaire. It was the Paris of the eighteenth century where such concepts as the well-known ‘liberté, egalité, fraternité’, the separation of powers, the separation of the religion from the state, the freedom of speech, the freedom of religion, were being taken into debate. And it worked, it worked in France and from there it was spread to the rest of Europe. They created what we know now as a modern state. We owe them too much. But basically what we owe them is to keep what they reasoned. Although nowadays highly underestimated and undervalued, is our duty as free men not to forget our freedom. There are some people that want to take us two centuries back but fortunately people from all over the world are on the same side against this major problem.

Our freedom was built in Paris; our soul is built with Paris.

Sunday, 8 November 2015

Tierra a la vista

Cuatro meses de inactividad ya me parecían pocos que los he convertido en un año. Si el cambio de aquellos cuatro meses fuera cuantificable, este año se saldría de escala. Leo las palabras que dejé atrás, en exactamente el mismo escritorio hará poco más de un año. No he conocido máquina del tiempo más efectiva, hacia el pasado. Un vistazo a las diferentes líneas y rápidamente recuerdo con total exactitud mi efusividad y optimismo con  los que las escribía, con los que las pensaba. Me llama la atención también la lucided del momento, cómo era consciente de ciertas preocupaciones presentes y futuras y cómo hoy en día sigo presentándolas batalla con las mismas herramientas que ya describí. Un año en mar abierto.
Sigo en China y así parece que va a ser durante los tres o cuatro próximos años. Ésto hace un año no lo contemplaba, hace dos no lo intuía y hace tres no lo comprendería. Aunque pueda paracer que la transición ha cogido un carácter de progresión exponencial puedo afirmar con cierta seguridad que no son previsibles grandes variaciones en mi modus vivendi en los años siguientes. No puede decirse que este enunciado sea especialmente revelador, pero interiormente es reconocer el fin del océano infinito. Se atisban ya las orillas que aguardan al velero que, aun no a la deriva, si dejó la tierra firme para adentrarse en las incertidumbres de lo que el horizonte aguardase. Es mi fortuna disponer de luminosos faros y estrellas polares, facilita mucho el gobierno del barco.
Ha sido un año de conocer y conocerse, de viajar y de sentir, de reír y de entristecerse. Llorar. Mucho. Lágrimas dulces y lágrimas amargas.
Son sus historias, son sus vivencias, son sus países, son sus lenguas. Son muchas caras y algunas de ellas son, además, mucho.
Ha sido un año de decisiones, fáciles y menos fáciles. Un año de poner a prueba lo que soy y lo que me gustaría ser. Un año donde el concepto integridad ha sido diariamente discutido. Ser fiel a uno mismo. Ya lo insinúe hace un tiempo, nada nuevo bajo el Sol.

Y así seguirá siendo, seguir aprendiendo de lo que acontezca, no relajar los valores y actuar en concordancia. Aunque se escuche de fondo 'tierra a la vista' el viaje continúa.